domingo, 22 de septiembre de 2013

ESTALLAR









Cada vez que me acuerdo de sus labios siento una punzada de placer. También un poco de dolor. Le echo de menos. Echo de menos sus labios. Echo de menos esa forma de entregarse a mí, de hacerse mío, de esforzarse en hacerme feliz… de insistir en hacerme sentir.

A las siete y cuarto he subido calle arriba. Mezclada entre la gente me ha dado por pensar cuantos de ellos estarían en ese momento deseando a alguien tal y como yo lo deseaba a él, cuántos estarían follando como locos en un rato sintiéndose tocados por la suerte, cuántos desearían colmar de placer a otro ser humano o dejar su huella en otro como algo vivido e importante tal y como yo lo deseaba en ese momento. No me llegaba la hora de encontrarme con él. He sentido una pequeña brisa acariciándome los labios, el sol entibiaba tímidamente mi escote, una gota de agua ha impactado en mi mejilla y se ha deslizado hacia mi cuello con una sensualidad casi cruel… y entonces me he dejado poseer por ese espíritu placentero y lascivo.

Quizá se han juntado mis ganas y las suyas para crear algo nuevo a lo que no puede llamársele deseo sino otra cosa. No sé cómo. Algo que te atrapa, o que agarras y no puedes dejar escapar. Algo que eres  y no eres tú.

Igual por eso ha salido así. Ha sido extraordinario. Una bomba. Un estallido. Una deflagración.

El momento justo antes de abrir la puerta he sentido un click en mi cabeza. No pensaba más que en sacarle la piel a tiras, en comérmelo a mordiscos, en que me follara con todo el furor que un hombre pueda poner en una mujer.

Su beso caliente se ha enredado conmigo, me he dejado caer en ese primer beso rindiéndome a un vicio irrefrenable y con toda mi energía esperando diluirse en nuestra lujuria.
Cuanto más me follaba más ganas tenía de él. Insaciable, incansable, duro. Todo el tiempo, duro.

Debería haber un verbo más adecuado para lo que he sentido en ese cuarto, en esa cama con él. Sus dedos suaves se deslizaban en mi coño como una caricia rápida y candente. Movía mis caderas al ritmo de su hambre. Su olor a lascivia ha inundado mi pelo durante un par de días. Su olor a macho desatado. Su polla entrando y saliendo de mi boca, desapareciendo en ella por completo, sus exclamaciones de gusto, sus gotas preseminales me han abierto por completo. He adorado sentir su polla rozando mi garganta, sintiendo su placer derramándose sobre mí, abriendo mis poros al poder de los sentidos. Y es que lo he sentido así, como un golpe, como un disparo alcanzándome…

Estaba como loca. La sangre se agolpaba en los labios de mi coño y no llegaba a mi cabeza. Mi cuerpo se ha estremecido incontables veces en numerosos orgasmos. Sus dedos parecían haberse hecho para mí, amoldándose a mí y a mi placer. Su boca en mi boca, o lamiendo ávidamente mis pezones, mi piel entera, su lengua dilatando mi sexo, haciendo girar mi clítoris, bordeando mi agujero o lamiéndome el culo, lubricándome, turbándome, logrando que me retorciera de gusto.

La habitación estaba rotulada por una cenefa de espejos que le daban un toque jodidamente hortera, pero me ha puesto tremendamente cachonda verme reflejada en ellos, estuviera donde estuviera. Y sabía que él también se volvía literalmente loco cada vez que levantaba la mirada y se veía follándome así.

Su boca en mis pezones, tirando de ellos, provocándome pellizcos de electricidad en mi cabeza, pasando su lengua vigorosa por ellos una y otra vez, envolviéndome de esas cosquillas mágicas que vinculan mis pechos a mi coño y mi coño a mi columna. Abrazándome en placer. Derritiéndome.

Su mirada fascinada ante el espectáculo de mi raja abierta y dispuesta para él, tocándome para él, gozándome para él ante sus ojos abiertos y eufóricos. Su mano apretando su verga, masturbándose para mí. Los dos convulsos, los dos vertidos y trastornados por la fiebre que hacía inflamarse a nuestros cuerpos.

Nos hemos vuelto locos. Me follaba a todo meter. Conmigo. Contra mí. Reventándome de gusto, a toda máquina. Su polla sin parar ni un momento. Se corría. Pero la polla seguía como un mástil. Poderoso, radiante, formidable.

Estábamos poseídos por la lujuria. Me follaba a todo meter.  Me corría una y otra vez, me corría a borbotones, quería parar y no quería. Y cada vez que tratábamos de detenernos mi cuerpo y el suyo temblaban al permanecer pegados y volvían nuevamente a ese combate único del frenesí. Como si fuéramos una reacción química. Se ha vuelto a correr y me he mezclado en sus suspiros, en esa manera salvaje de echar el aire cuando se ve agarrado por su orgasmo, con ese modo tan sublime de gemir. Maravilloso.

Después, otra vez, sus dedos dentro de mí, en mi boca, en mi coño, en mi culo. Me ha abierto el culo como nadie. Con sus dulces dedos haciendo caramelo conmigo. Entrando, saliendo blandamente. Acariciando como nadie. Dulce y entregado. Fuera de sí. Trastornándome. Lamiendo. Llenándome de él.
Su polla penetrando lentamente mi agujero. Delicado, lento, suave. He sentido todo su rabo entrando en mi culo, como una perversa caricia. Y esa misma caricia se ha hecho más rápida, más enérgica. Toda su fuerza dentro de mí, empapado en sudor, haciéndome sudar a mí. Matándome. Rompiéndome. He sentido su lujuria en su rabo, sus ganas de partirme en dos, sus ganas de hacerme gritar. He sentido como su verga me sostenía y me abría en un orgasmo bestial. He gritado, me ha hecho temblar de gusto, lo sentía desde el tronco de su polla, como si me encontrara con él en ese roce, excesiva, delirante. Todo mi cuerpo se ha entregado a él y a mis reacciones. Todo mi cuerpo flameado por su polla durísima. Se ha vuelto a correr…






Pero no hemos parado, las horas han ido cayendo sobre nosotros sin que pudiéramos sentirlas, envueltos de deseo y más deseo. Convirtiéndonos ambos en un organismo en movimiento… Él se venía a mi sexo y yo besaba sus cojones, comiendo su polla, emergiendo en mi coño, derramándonos uno y otro en cada nuevo gozo. Yo inagotable y él insaciable. Él sobre mí o yo sobre él. Meneándome arriba y abajo como una posesa, mientras me agarraba las tetas y su polla enloquecía al ritmo frenético de mis caderas.

Cuando ya nos íbamos he tenido que volver a acostarme porque me sentía desmayada. Me sentía flotando en una dimensión insólita. Como si mi cuerpo no pudiera despegarse de esa delicia de sentirse a través de su tacto. Como si hubiera encontrado algo increíblemente hermoso entre ese espacio que quedaba entre su piel y mi roce. La cabeza me daba vueltas. Su olor emergiendo de mis poros aún después de ducharme. El sonido de sus gemidos pegados a mis sienes. El latido de su polla derramado en mi sexo, él entero vaciándose… (¿Cuántas veces han sido?)

Después he sentido un dolor difuminado en las piernas, en los brazos, un dolor impreciso en mi culo, un pequeña pena en mi coño, y una quemazón inmensa al borde de mis labios.

Y es que no voy a poder dejar de echar de menos sus labios en mis besos, ni esa forma dulce de comerme el coño, ni la urgencia y la fuerza con que se agita dentro de mí, ni su ternura, ni su polla, ni sus ganas, ni esa manera suya de hacer que le sienta y que su sabor deje huella en mí.

No voy a poder dejar de echar de menos esa forma de hacerme explotar...reventar, de hacerme pedazos, trozos de mí y de él flotando en algún espacio perdido en esa nube donde me pienso…estallar, estallar.


1 comentario:

  1. Bufffff......eso sí es estallar y no los fuegos artificiales xD mola cuando te pasas horas y horas y pierdes la noción del tiempo... es como entrar en un estado de semiconsciencia donde toda tú eres carne, fluído y placer. ;)

    besazos, mi "cuentista" preferida

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