lunes, 12 de mayo de 2014

LA ENFERMERA










Fue comenzando el verano. Ya no tenía clases ni curro ni nada concreto que hacer. Pasar de estar todo el día ocupada a aquel estado contemplativo me dejó algo noqueada. Aquellos días estuve como ausente. No tenía ganas de hacer nada de lo que habitualmente hago. Las tardes iban cayendo una tras otra mientras lo esperaba sin hacer ninguna cosa. Había días que me los pasaba enteros paseando desnuda por la casa, masturbándome en el baño, en la cama, tendida en el suelo, probando nuevos modos o fantasías distintas, experimentando con mi cuerpo mientras a través de la ventana me llegaban los graznidos de las gaviotas y el sonido del océano rompiendo contra el rompeolas. Siempre he pensado que el olor del mar me pone cachonda, que el aroma del aire adobado de algas y salitre me revuelve la sangre y provoca a mis células a la lascivia.

Cuando él llegaba lo asaltaba y nos poníamos a follar como posesos. Fue una buena racha. Me pasaba el día caliente y él siempre estaba dispuesto. Follábamos en la cocina, en el baño, en un sofá, contra el mueble de la entrada, tirados por el pasillo, en cualquier sitio donde nos pillara el calentón.

Uno de aquellos días me acordé de que tenía una de las batas del laboratorio relegada al fondo del armario porque me quedaba algo estrecha. Mi amiga M. me había hecho el favor de entallarla porque me gustan más así, pero se había pasado un pelín y la dejé allí olvidada porque no podía trabajar tan “apretada”.

Estuve revolviendo el armario y allí estaba solitaria, blanquita, entalladita... Me la probé. Me quedaba realmente bien, resaltaba mis curvas, pero, efectivamente, no creo que hubiera podido ir así al trabajo sin que alguien se me hubiera echado encima. Pensé que faltando un par de botoncitos que dejaran mi escote al descubierto y subiéndola hasta el muslo quedaría estupenda. Rebusqué en un cajón de la mesilla y mis medias blancas estaban intactas. Saqué un liguero blanco también y un sujetador con encaje que apretaba mis tetas contra el último botón de aquella bata sobresaliendo mi pecho del escote. Perfecto.

Solo me faltaban los zapatos. Aunque los zuecos del laboratorio pudieran darle un aspecto más auténtico a mi atuendo no me parecieron nada sexys, pero no tenía zapatos blancos. Me decidí por unos taconazos rojos que hacía años que no usaba porque es realmente una tortura caminar con ellos, pero pensé que merecía la pena un poco de “sacrificio”.

Me dirigí al baño en busca de mi botiquín de primeros auxilios que tiene una provocadora cruz roja encima de la tapa. Hice recuento de lo que había que me pudiera servir aunque nada más fuera para asustar. Saqué algunas cajas de medicamentos y metí algunos de mis juguetes,  lubricante...no sabía qué iba a usar pero supuse que el hecho de que yo abriera aquella caja y mi amante la encontrara llena de chismes susceptibles de ser usados con él le haría sentirse confuso y deliciosamente sorprendido.

Me di una ducha, me vestí y le esperé dispuesta a ser la mejor enfermera del mundo.

Cuando él llegó y me vio de esa guisa se quedó impresionado:

- Guaaaa, pero ¿esto qué es? Jajajaja, eres la caña, ¡te has vestido de enfermera! Joder estás…estás…muy…no sé, joder ¡estás para comerte!

Me quedé mirándole muy seria, sin tener en cuenta sus comentarios y muy metida en mi papel le escruté:

- Creo que ha venido usted para la revisión. Tiene usted muy mala cara... Haga el favor de pasar, desnúdese y túmbese en la camilla que tengo que examinarle, por favor.




Por supuesto, me hizo caso, de hecho no recordaba haber visto a nadie desvestirse tan rápidamente. Me excitó ver como se desnudaba con prisas, arrastrando sus pantalones hasta el suelo, sacándose el calzado poniendo un pie contra el talón del otro, quitándose la camisa de cualquier manera. Su cuerpo se exponía ante mí como un trofeo. Me parecía que realizara sus gestos a cámara lenta, inflándose sus triceps al elevar los brazos, endureciendo los abdominales al echarse hacia atrás, respirando tan fuerte que podía oírle, mi boca estaba seca y percibía mi coño abriéndose, caliente, oloroso, encendido.

Me encantó verificar que ya estaba duro como una piedra pues al quitarse el calzoncillo su polla dio un salto zarandeándose. Se tumbo y se quedó mirándome expectante.

Me acerqué a él con muchísima malicia y cogí su rabo con dos dedos moviéndolo de un lado a otro como si lo estuviera observando.

-  Uy uy me parece que tiene usted una inflamación aguda.
- Sí, enfermera, ya lo creo, estoy fatal, va a tener que hacer usted algo para aliviarlo.
- Haga el favor de callarse mientras le miro porque me distrae y así no puedo explorarle.

Se quedó callado ante mi muestra de superioridad, pero mientras yo sostenía su verga entre mis dedos él movía ligeramente la pelvis.

- ¿Le duele aquí? – pregunté fingiendo una voz inocente.
- Mucho – contestó él sin dejar de mirarme.

Agarré su polla con firmeza pero suavemente, y comencé a pajearle despacio, lento, muy lento, tirando de la piel, dejando salir su prepucio. Dejé mi lengua fuera, la boca abierta, mi saliva se vertió sobre su glande. Lubriqué su polla. Él cerró los ojos y se dejó hacer. Sabía que deseaba que la metiera en mi boca pero no lo hice. Luego fui subiendo la intensidad de su paja. Fui más deprisa. Su polla más dura. Yo más deprisa, más, un poco más. Le noté cerdísimo. Un poco más. Mi mano iba tan deprisa que estuvo a punto de correrse. Me detuve.

Sabía que la situación le turbaba y me alegré de que me siguiera el juego. Sobre todo porque podía observar a cada momento lo febril que se estaba poniendo. No tenía ni idea de qué le iba a hacer, en realidad, ya le daba lo mismo.

Me separé un poco de él, me abrí el escote y dejé mis tetas al aire. Él no dejaba de mirarme. Comencé a tocarme las tetas de manera obscena, las cogía entre mis manos y las acercaba a mi boca dejando caer saliva sobre ellas, luego las embadurnaba y seguía sobándolas. Me senté en una silla que había dejado cerca, subí mi falda y coloqué una pierna más alta para que pudiera observar mi coño desde donde estaba. Estoy segura de que la visión de mis muslos aprisionados por los ligueros y  mi coño al aire le puso malísimo.

- Enfermera, enfermera
- ¿Sí?
- Voy a levantarme, quiero…
- ¡No, no, no, debe quedarse ahí, quietecito o tendré que llamar a seguridad! - le dije con voz condescendiente
- Está bien, no me moveré

Yo seguí tocándome descaradamente las tetas, la cintura, las caderas, el coño. Saqué el dildo más grande del botiquín y lo metí en mi agujero. Entraba y salía con facilidad, cadenciosamente, provocando en él un efecto hipnótico. Lo sacaba y metía lentamente mientras él observaba mis gestos, mi boca entreabierta, mis pezones duros, mi sexo acuoso. Volví a pararme.

Me acerqué de nuevo hasta él. Cuando toqué su piel me pareció que sufría escalofríos, pero no dijo nada. Me coloqué entre sus piernas y dispuse su polla entre mis tetas. Dejé que mi saliva cayera sobre su rabo, abría mi boca y escupía sobre ella, muy guarra, muy muy guarra. Él movía las caderas y su polla se deslizaba entre mis hermosas y húmedas tetas. Sacaba la lengua y se la ofrecía, más y más. Era todo un espectáculo el movimiento casi sincronizado entre su polla y mis tetas, arriba y abajo, expandiéndonos, carnales y viciosos. Volvía a sacar la lengua y rozaba su capullo con ella. Luego me incorporé un poco, le mamé hasta bien adentro y otra vez entre mis pechos; y así hasta que me pareció que podría correrse. De nuevo me contuve.

- Bien, ahora haga el favor de darse la vuelta.
- Bufff, estoy muy muy salido, venga siéntate aquí.
- Le he dicho que haga el favor de darse la vuelta, no quisiera tener que repetírselo.

Suspiró profundamente pero se dio la vuelta. Coloqué mis manos sobre su espalda y amasé su cuerpo mientras pegaba mi cuerpo al suyo. Me senté sobre su culo y hacía mover el mío al tiempo rozándome contra él. Soltó un gruñido de gusto y yo continué con mi trabajo. Le besé la espalda, le mordí los hombros, me revolvía sobre él con movimientos sinuosos notando como cada vez estaba más y más cerdo. Fui bajando despacito, beso a beso hasta su culo, le lamí las nalgas y profundicé hacia su ano, sus gemidos me estaban volviendo loca. Levanto el culo como una puta dispuesta para ser follada y yo le comí el culo con auténtica complacencia, agarré su polla y le pajee mientras tanto. Me puso frenética mantenerle en aquella postura entre humillante y suplicante, me puso totalmente fuera de mí, me pareció que entraba en otra dimensión donde solo cabía nuestra libídine y nosotros.




Entonces, de repente, él se dio la vuelta, se levantó, con cierta violencia me agarró por un brazo, puso una mano sobre mi espalda, me inclinó y me abrió las piernas.

- Déjate de juegos ya, no puedo más, voy a follarte, zorra.

Me sonreí. Y note su rabo ardiendo en mi coñito. Entró hasta el fondo de mí. Sin remilgos. Me folló sin parar, metiendo y sacando todo el largo de su polla, dándose el gusto. Me dio un azote y mi cuerpo se crispaba de lascivia. Me dio otro azote, me follaba y me azotaba. Entonces paró. Sus jadeos me ponían, si cabe, más frenética, más fuera de mí. Me acarició el culo. Me lo beso. Me lo comió. Sus labios fueron chorreando por mis nalgas hasta caer en mi ano. Sentí algo más allá de la lujuria, algo que hace que me contraiga por dentro como un trapo estrujado y vaya goteando mi vicio lenta pero certeramente, cada momento más intenso, cada instante más feroz, más rápido. Su lengua me empapó de placer. Lamía de mi coño como un gatito hambriento. Y sentí ese puterío agitándome por dentro, algo misterioso y sublime al mismo tiempo. Me lubricó bien el culo con cada beso, morreándose con mi oscuridad. Después metió un dedo en mi culo y se dedicó a mi coño.

Lo palpaba con la lengua en amplias lenguaradas, una y otra vez, me follaba con ella, metiéndola y sacándola de mi coñito como a golpes. Yo me sentía estremecer con cada gesto. Luego se dedicó a mi clítoris por entero mientras me penetraba con su dedo. Me corrí bañada en sus babas, tiritando con cada sacudida de mi orgasmo, mi culo se contraía alrededor de su dedo y gritaba su nombre sin poder evitarlo. Toda yo era un temblor.

Volvió a follarme. Metió su verga nuevamente en mi sexo, dando golpes contra mi culo, agarrándome por las caderas para ayudarse en sus embestidas.

- Vamos, zorra, haz que me corra ¿ves como me pones de loco, hostia?
- Sí, sí, vamos, dámelo, dame tu lechita, échamela toda donde más te guste que me muero por sentirla




Me puso tan cachonda oír sus embates contra mi culo que a punto estuve de volver a correrme. Siguió follandome hasta que le oí detrás de mí:

- Me voy a correr, me voy a correr…bufff

Y entre gruñidos dejó caer sobre mi culo su lefa traslúcida, templada, espesa. Adoré su cuerpo y sus ganas. Se dejó caer sobre mí, agotado y feliz, me besó el cuello y me apartó el pelo de la cara. Yo musité algo que no recuerdo. Vi uno de mis zapatos rojos tirados por el suelo y un poco más allá el botiquín con mis otros juguetes. Me sonreí.

- Creo que la próxima vez debería ser yo quien le ponga la inyección…



4 comentarios:

  1. Me gusta mucho este artículo, hay un crescendo que va subiendo la temperatura y me encanta que hayan azotes. Enhorabuena

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  2. Todo un clásico del fetichismo sexual, pero... Laura... me gudtán mucho más estos relatos que has hecho con estilo onírico... surrealista... del estilo de "malditismo" por ejemplo.

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  3. Es cierto... es un "clásico"... Pero, ¿qué cojones?: si es un "clásico" será porque funciona, porque enciende la imaginación, porque nos pone la cercanía del deseso mientras estamos postrados, indefensos, en una camilla.

    Por cierto, aprovecho la ocasión para pedir que se compensen de una p. vez los recortes en Sanidad... en Educación... y en Dependencia.

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  4. ¿Quién manda aquí?.
    Otra vez lo atas....

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