domingo, 26 de enero de 2014

LAS TANTAS






Son las tantas de la mañana, la noche me abate con su pesadumbre, mis ojos son madejas de letras y letras, metáforas donde me busco, descripciones en las que me hundo, comparaciones donde hallo el modo de explicarme, exageraciones que ensalzan la puta realidad, una vez y otra. Creo haberme embutido en un túnel del deseo donde doy vueltas y vueltas, una y otra vez, buscando lo mismo en situaciones diferentes, buscándome a mí misma o quizá buscándote a ti. Pero me enredo, me bloqueo de ti y de mis ganas. Asistida por mi intuición selecciono todo y tecleo “Supr”. Ojalá todo fuera tan sencillo, tan puñeteramente claro como ese “Supr”, ojalá pudiera borrar tan fácilmente otros aspectos de mi vida. Hay que tirar lo que no vale. Es ley. Aparto el teclado de un manotazo como si fuera una pesadilla pegajosa. Me recuesto en mi sofá. Bascula como una maldita mecedora en un vaivén tan sugerente como cierto ¿no es adorable mecerse sobre la nada?




Te dibujo en mi baño. Desde la ducha te sonrío, entreabro la puerta mientras el vapor difumina mi cuerpo. Sé que deseas tomar mis caderas al asalto, pero te hago un gesto para que te detengas. Mi pulso se acelera, mi pecho sube y baja endemoniadamente y mis ojos azules (o verdes o grises) no se apartan de tus ojos.



Te pienso sin querer, constantemente, te imagino acompañándome mientras escribo, o leo o sueño, me estorbas de un modo extraño y certeramente placentero. Me recreo en mi impudicia contigo y me hago más y más guarra a tu lado. Te zorreo. Caes, incesante, en mis pensamientos y me dejo llevar por la fatalidad de pensarte. Casi puedo sentir tus dientes abrasándome los pezones, casi puedo notar el calor de la punta de tus dedos acariciando levemente mi piel, aproximándose a ella, quemándome con tu contacto. Pero no quiero que me toques todavía. Solo quiero que me mires y mirarte. Solo por el placer de ver como se hincha mi lascivia, como va creciendo dentro de mis venas, como infla mi carne y me diluye la sangre forzándola a bullir, caliente. Hay sensaciones en mí que no comprendo, es la manera en que te siento increíblemente tierno, adorablemente duro, algo de ti me desnuda y me pervierte, algo de ti me libera y me esclaviza, algo de ti que termina apretándome y licuándome el coño, algo que aún no sé qué es pero que espero desvelar con mis besos, con mi cuerpo, con mi jodida voluntad.




Cierro los ojos y dejo que tus besos se conviertan en un mordisco de lujuria, tus manos me recorren la cintura y terminan apretándome el culo, me gusta la caricia de tus labios en el cuello. Me empujas bajo el agua de la ducha, necesito tu cuerpo húmedo y duro y me lo das, joder, sí, me lo das todo. Te arrodillas a mis pies y recoges mi cuerpo como una copa que fueras a beberte, tu boca besa mi sexo, lo escanea, te pierdes en mis labios y mi sexo. Noto el tacto mágico de tu lengua en el coño, ahondando en mi agujero, investigándome el coño con perspicacia, abriéndome de flores y de gusto. Decir a estas alturas •te deseo” es apenas una sospecha de mis ganas. 



 Mi mano hace tu trabajo y el sofá oscila mientras me follas en la ducha con la lengua. Mis dedos profundizan en el dolor inmenso del placer, en ese apetito frondoso y exuberante que me crece entre las piernas, mientras me has dado la vuelta, me has mordido el cuello levemente. El agua de la ducha aporrea mi cabeza y siento una tormenta dentro, una tormenta de fuego y agua que proviene de tu boca y de tu polla que me está rozando el culo. Puedo apreciar la presión de tus dedos en mis caderas, el tacto tibio de tu pecho en mi espalda y la magnífica dureza de tu verga rozándome las nalgas. Me acaricias el vientre y los pezones, me tiemblan las piernas y entonces me penetras desde atrás, y yo siento tu polla rotunda dividiéndome, haciéndome sentir reconstruida, como si hasta entonces una parte de mí hubiera estado ausente y tú pudieras completar esa ausencia. Froto mi clítoris con mi mano mientras tú te aporreas contra mi culo, el agua nos pervierte y nos hace más animales, más caníbales, más primarios. Nos movemos a golpes de lascivia, tu pelvis choca con mi culo en una mecánica perfecta provocando venéreos ruidos. Frotas tus labios en mi cuello como si quisieras alcanzarme los gemidos y parece que vayas a engullirlos con la boca. Te siento tú, muy puto, muy salido, muy entregado, muy esforzado, azuzas mis quietudes y acaricias mis temblores.






No puedo dominarme la ternura, me creces por dentro como una hiedra trepadora. Mi mano sigue frotándome el coño como si no tuviera otro propósito en la vida. Si dejo de temblar apenas me detengo y sigo, sigo pensándote como una autómata, como una beata entregada a la plegaría de correrse con tu nombre. Me vuelves a dar la vuelta y el agua no deja de caer. Me hago agua, soy agua. Me arrodillo y ajustas tu polla en mi boca. Es una delicia poder sentirte de este modo, te miro a los ojos y sonríes. Sí, sonríes como un chiquillo a quien le fueran hacer su primera mamada. Algo confuso pero impetuosamente deseoso. En el fondo todos tenéis un poco esa cara antes de que os la coman, esa mirada entre expectantes y esperanzados. Yo también te sonrío. Sé lo que quiero, y sé lo que quieres tú, así que, además del agua, me baña una certeza. Mi lengua resbala por tu rabo, palpo, indago, experimento, curioseo con la lengua, con la forma de presionar más o menos con los labios, me mantengo atenta a tus sensaciones, si prefieres más presión, más rapidez, más profundidad. Te engullo. Literal. Te trago hasta los huevos. Me alimento de tu rabo y paladeo tus gemidos y tus ganas. No hay nada más exquisito para mis oídos que oírte gruñir de esa manera. Me restriego ardorosamente el coño, quiero más, más de ti, de todo tú y no encuentro el modo de alcanzarlo.





Sigo entregada al arte de comerte la polla. Porque hay una sola forma perfecta de hacerlo y quiero encontrarla. Mi boca degusta tu sabor, tu olor, tu suavidad, tu forma de moverte, de gozarte, de enseñarme lo que gozas y yo lo hago contigo. Me emputezco con tanto frenesí que te adivino, sé que estás a punto de correrte. Te lo pido. “Dámelo” , dame tu leche, tu gusto, tu placer, tu corrida, dámela que quiero comérmelo todo, todo tú masticado por mi necesidad de gozarte; y me llenas de vida y esperma, tu semen se derrama sobre mis labios y mi pelo mojado, y mi coño destila agua, jugo y ganas.




Mi sofá no deja de columpiarse, tengo los dedos encharcados con los fluidos de mi vicio, son las tantas, me he corrido dos veces, sigo caliente y me voy a la cama con la sensación de que esta avaricia va a llenarme el cuerpo de hambre y secreciones, de cuentos y ardores, de sueños, de ti, quién sabe de qué, son las tantas, te pienso y solo quiero sentirme viva.





sábado, 18 de enero de 2014

EL MIRADOR






Desde este insulso mirador observo pasar bolsas de plástico, hojas secas, papeles arrugados, piernas hinchadas, mujeres henchidas, pasos dramáticos, abuelos místicos. Gente. Sonrisas pocas, que ya se ríen de sobra los “otros”. (Esos otros para quienes somos tan nimios como accesorios) La tristeza del mundo no son sus dramas, es su jodida apatía, su falta de pasión, su poca consciencia para sentirse vivo. Ahora.

 Todavía tengo en mis pezones el ardor de sus mordiscos, su boca hambrienta de mujer y de ternura. No necesito mucho más para ser feliz. Quizá esta sea la maldición que me persigue, poder sentirme a mí y a él. Me dice que exagero. Pero mi piel me grita desde dentro en ese instante, como si golpeara de gozo desde mi epidermis. Su lengua bordea las líneas rugosas de mi ano y humecta mis entrañas de luz y felicidad. Percibo mi cuerpo meciéndose en esta dulzura orgánica, en esta vitalidad tan imbatible, le oigo gruñir y su aliento inflama mi culo a bocanadas de él.

 Aún me recreo en el sabor salobre de sus huevos y exhalo su aroma a tierra removida en terrones. Todavía me tiemblan las piernas y me arden los riñones y puedo sentir la caricia fría del chirimiri encrespándome los rizos y oír un silencio hueco en mi pecho mientras la lluvia escurre gotas desde las hojas, sacudiéndolas sobre el techo de la furgoneta.

 Del mismo modo que siento la presión de su peso en mis rodillas y las maravillosas sacudidas de su pelvis removiendo mis nalgas, percibo el alboroto de mis gemidos asomándose a mi boca y el cálido salpicar de su esperma sobre mi espalda, todavía, cuando cierro los ojos, me siento magnífica y brutalmente hermosa.

 Creo que le gusta que sea tan puta. Creo que le gusta y le asusta. Seguramente la gente no sabe qué hacer con mi excedida excitación, con mi inflamada vitalidad, con mi extrema manera de sentirlo todo, quizá les impresiona y les confunde porque tal vez no sienten del mismo modo que yo cómo alguien se abre entero y te dice: toma. A veces, sin saberlo ellos mismos. Descubro su cuerpo y su deseo como una revelación, o como algo tan natural como asombroso, los siento gotear sobre mí como una fruta que hubiera exprimido con los dedos.

 A mí también me asusta él, porque adoro su olor a tierra mojada, a campo, a raíces. Me gusta el modo en que me escucha y calla y parece que mastica lo que digo. Me asusta su coherencia y su falta de miedo porque me gusta demasiado. Me gusta el modo en que me abraza, me acaricia, me cuenta mentiras que ambos conocemos o me azota las nalgas porque se lo pido o mete los dedos en mi culo y me habla de mi cuerpo como si estuviera recitando a Rimbaud. Y, joder, me gusta porque mientras estoy con él no soy feliz pero tampoco soy ese animal lanzándole dentelladas al destino y subiendo por una rampa con todas sus fuerzas hacia un jodido abismo.

 Quizá por eso, mientras veo pasar cada día a la gente desde el mirador sé que para mí las briznas de hierba son más verdes y la ceniza más plomiza, que logro sentir el vapor helado del frío agujereándome la nuca, que puedo amar las risas que suben saltando desde el instituto, o recoger sin remilgos los excrementos de una negra sombra y consigo advertir con la misma intensidad lo sublime o lo insufrible asumiendo desde mi propia incredulidad mi karma, mi agujero oscuro, mi puto ying yang, mi misteriosa consciencia.

sábado, 11 de enero de 2014

INCREÍBLE






 Al día siguiente nos levantamos algo tarde, nos duchamos, nos reímos, pasamos el día paseando, rajando, J. me llevó a comer a Portugalete a un sitio con un ventanal desde donde se puede ver el Puente de Vizcaya, después visitamos San Juan de Gaztelugatxe (un lugar bellísimo) pero lo vimos desde la costa. Por la noche me invitó a cenar, J. ya me había comentado que en mi visita iríamos a un local liberal.

A pesar de que sentía hacía mucho tiempo bastante curiosidad por el ambiente liberal y de las muchas ofertas que me habían surgido para acompañarme, soy demasiado tiquismiquis y, aún no había ido nunca. Pero con J. era distinto, confiaba en él, me sentía bien, sentía la suficiente confianza, y las suficientes ganas.

Mientras relamía una pata de centollo J. me miraba el escote y me sonreía, me hacía también sonreír a mí, me hablaba de esto y de lo otro y yo no dejaba de sentir esa excitación de lo novedoso, y como no, la humedad de mi propio sexo.  

Llegamos a Géminis, un local agradable y muy majo. J. ya me había hablado del sitio y de sus amigos allí. Como J. hacía tiempo que no iba me había advertido que no sabía bien qué nos encontraríamos.

Al entrar me presentó a la dueña y a unos amigos, ella se ofreció amablemente a mostrarme el local. Después de una copita y algo de charla nos adentramos en la zona nudista. Había muy poca gente pero la mayoría bastante jovencitos. Nos desnudamos y nos sentamos en un sofá, comenzamos a calentarnos con besos y caricias. Fue llegando más gente aunque no mucha, una pareja salvaguardados por una escueta toalla se situó frente a nosotros en un colchón, se deshicieron de la toalla y también comenzaron su ritual.

J. me susurró – Mira, mira como ella le come la polla – Ella le lamía la polla dulcemente mientras él apenas se movía, le acariciaba el pelo o le agarraba la mano. Sentí un chasquido en mi cabeza, o mejor dicho “el chasquido” en mi cabeza, ese crack que lo desencadena todo, el meollo de la cuestión, la madre del cordero. Besé a J. y le susurré: – Ufff que ganas de follar me están entrando. Él me sonrió y me dijo: – ¿Sí? ¿Tienes ganas? Pues lo siento mucho pero hoy no vas a follar. Aquí no.

En ese  momento pensé que era coña y sonriendo bajé con mi boca como una babosa obscena hasta su ombligo y, después, hasta sus huevos. Lamí el tronco de su polla arriba y abajo, varias veces. Jugué con mi lengua en su capullo, dando lamiditas cortas e intensas en su frenillo para luego mamar profundamente todo su rabo. Le oía gemir y sus jadeos me parecían mariposas que vinieran a susurrarme procacidades y maravillosas cosas sucias. J. me levantó y me dio la vuelta, me soltó un azote y me hizo levantar el culo, enseguida note el tacto viscoso de su lengua en mi culo para luego adentrarse jugosamente en mi coño, follándolo con la lengua, ayudándose de los dedos. Notaba sus manazas abriéndome las nalgas y el frescor de su lengua adentrándose en la profundidad de mi abismo. Al volverme me di cuenta de que había otra pareja en un cubículo protegido con exiguas cortinas a través de las cuales se les podía ver. Él estaba reclinado sobre ella comiéndole el coño, ella tenía apoyados los pies sobre sus hombros, destacaba el negro de sus uñas sobre unos pies blanquísimos, y las piernas abiertas desmayadas a ambos lados, él asestaba lametazos en sus labios mientras ella gemía blandamente. Yo estaba como loca. No era lo que hicieran, ni ellos ni yo, era la sensación de estar expuesto, era destrabar tus ardores, era esa carnalidad definitiva y manifiestamente hermosa . La lógica abrumadora del deseo.



J. volvió a darme la vuelta, me recostó en el sofá y me abrió las piernas. Pensé que iba a follarme, su polla brillaba como la jodida Excalibur, se reclinó y metió su cabeza entre mis piernas. Mi pecho se inflaba de aire mientras un placer dulzón y abrasador atenazaba los pliegues de mi carne, mi culo se elevaba hacia su boca arqueando la espalda en una contorsión adorable y extraña.

Mientras, la parejita se levantó y se sentó en otro sillón muy cerca de nosotros, yo los observaba con el rabillo del ojo.

Me corrí a ráfagas, como si el oxígeno me faltara cada cuatro segundos, chorreando sudor y ganas. La pareja de enfrente se acariciaba con dulzura. J. volvió a besarme: – Es un espectáculo ver cómo te corres, el tío nos está mirando ¿ves? Le has puesto cachondo…ven, cómeme la polla como tú sabes.

Me incliné hacia la verga de J. y comencé a mamar. Chupaba su polla con fruición, en mamadas profundas, ruidosas, absolutamente salivadas. La chica comenzó a hacer lo mismo que yo, le comía la puntita de la polla a su chico como si temiera hacerle daño pero luego más profundamente. El chico disfrutaba la mamada mientras me miraba atentamente. Los jadeos de J se confundían con mis sonidos guturales. Escupía sobre la polla de J., me la metía entre las tetas, se la pajeaba, se la volvía a comer. Cada vez que levantaba la cabeza miraba como me observaba el chico. Y cuando volvía a la polla de J. seguía sintiendo sus ojos clavados en mí como alfileres por toda mi piel. Me gustaba esa reciprocidad, me tenía guarrísima. Era mi primera mamada de exhibición.

Mientras le comía la polla a J. no podía evitar de vez en cuando tocarme el chochito. Lo notaba hinchado y muy mojado. Nos estaba gustando el juego. J. tenía la polla a punto de reventar. La metí de nuevo en la boca pero fui yo quien estalló. Sentía mi cuerpo temblar en sacudidas de placer. No recuerdo si J. llego a correrse o no, estaba totalmente absorta en mi gozo. Como parte de un todo o como una nada absoluta, como el ser más egoísta y al tiempo más generoso del mundo, como la más brava o la más dulce.

J. tenía razón, no follé aquella noche en aquel club, pero fue una experiencia muy morbosa y excitante. Me corrí varias veces. Me llevo escenas junto a otras parejas, los gemidos que se escuchaban, espejos por todas partes, el modo en que le narraba a J. como follaba la pareja del cubículo y que él desde donde estaba no podía ver…

Al llegar a casa de J. desatamos todo ese morbo de nuevo y sí, nos follamos y nos quisimos mucho, yo al menos sí le quise a él mientras me lamía, me besaba, me follaba o mientras yo le lamía, le besaba o le follaba a él.

Quedamos en que volveríamos a vernos pero aún no ha podido ser. De vez en cuando nos enviamos algún mensaje o algún correo. Yo he vuelto a mi rutina, esa que a veces creo que solo consiste en soportarlo todo. Otras no. La vida  tiene una condición extraña y contradictoria, quizá por eso trato de alcanzar cuanto de bueno o bello me llega de ella y trato de sentirlo en su esencia, quizá porque una parte de mí se muere mientras la otra resucita.

Fue un fin de semana increíble.


domingo, 5 de enero de 2014

ARNÉS





Fue un fin de semana genial. Después de conocernos fortuitamente y no haber tenido ningún tipo de contacto nos pasamos meses hablando por whatsapp, intercambiando vídeos por email, haciéndonos pajas el uno a la salud del otro, alimentándonos el morbo, echándole de comer al cerdo…

J. es un tío guapote, divertido, con buena conversación, elegante, un gentleman moderno y adorable. Me hablaba de sus experiencias, de clubs liberales, de amigas, de parejas, me contaba sus inquietudes, me susurraba sus fantasías, me proponía cosas… y todo me llevaba inevitablemente a sentir mis braguitas demasiado mojadas para sentirle tan lejos.

Fue un año muy malo en todos los sentidos. Quizá la tristeza es lo bastante diabólica para no permitirte disfrutar de nada. Y quizá algunas personas sean demasiado maléficas para inocular de pena tu vida. Quizá por eso la presencia de J. en este invierno tan duro aunque fuera de forma velada me evadía de algunos dolores, sobre todo porque siempre me hace sonreír o descojonarme con sus bromas. Me encanta su optimismo y su sentido del humor.

Me invitó en varias ocasiones a pasar un fin de semana con él. En primavera fui a verle a Bilbao. Estaba deseándolo, deseándole. Después de tanto tiempo hablando tenía ganas de él, no es que me apeteciera es que le tenía verdadera hambre. Cuando le vi aparecer por la calle de la estación sonriendo me gustó tanto que sentí abrirse a mis vértebras por la mitad. Hablamos y hablamos durante horas, hablamos de él, de mí, de mi jodida situación, de lo rematadamente mal que va todo, de mujeres, de hombres, de música, de cosas, de sexo, de sexo, de sexo… hablamos antes de cenar, mientras cenábamos y después de cenar, hasta que no sé en qué momento exactamente, ya algo atacada, le solté:
-          ¿Pero es que no vamos a follar?

Me besó, me comió la boca como un animal insaciable,  nos arrancamos la ropa y se desató un fin de semana en que no dejamos de desearnos, de tenernos morbo, de pensar en sexo, de follar como si no hubiese mañana. Todavía si cierro los ojos puedo sentir sus gemidos golpeándome en el centro de mi garganta ansiosa. Sentir la voz profunda y grave de un hombre gimiendo me hace estremecer de placer, los tíos deberían soltarse y hacerlo más y más a menudo porque es realmente hermoso. Piel, mucha piel. Nos deshicimos en cerderío y el volumen de nuestros apetitos no dejó de crecer y crecer.

J. me desgastó en saliva, su boca erizó mi piel hasta el punto de sentir como se hincaban millones de agujas en mi nuca, ya fuera besándome, comiéndome el coño o el culo, quizá no fue así pero ahora recuerdo esos primeros polvos trepidantes, y tengo recuerdos como si fueran fogonazos, tengo presente como me besaba, el tacto libidinoso de su lengua, el calor que emanaba de su piel, la presión exacta de sus dedos al atenazar mis caderas o como metió su polla entre mis nalgas e hizo temblar mi culo de felicidad al penetrarme. Recuerdo que hablamos, que hablamos mucho, que reímos, que no dejamos de follar.

Le pregunté por sus juguetes, se giró, abrió el cajón y sacó un arnés con un pollón impresionante. Me quedé mirando ese pollón de goma como si fuera el puto tesoro de Ali Babá, quizá él pudo ver el brillo de mis ojos…porque ambos nos habíamos prometido entre otras cosas una follada descomunal con ese arnés. Comenzamos a jugar otra vez. Más besos, más saliva, embarrándonos de sexo y de lujuria. Mi coño en su boca, su polla en la mía, la polla de goma en su boca, los dos como bestias obscenas y hedonistas pero los dos cómplices y confiados. Pocas cosas hay más bonitas que esa confianza. Le comí la polla con verdadera avaricia, deleitándome en el placer de dar, sintiéndola en lo más profundo de mi boca, durísima, chorreada, sintiendo su pálpito y su fuego, embadurnada de saliva, boca, yo. Estaba fuera de mí, quería más, quería hacerle mío, quería poseer a esa fiera indómita.

-          Ponte ya el arnés- me dijo con voz impaciente.

Nunca antes había hecho eso, así que cuando oí que me pedía que me lo colocara me puse algo  nerviosa. Temía no hacerlo bien, hacerle daño. Me lo ajusté a duras penas y volví a su polla, levantó las piernas y bajé a sus huevos, le oía gemir mansamente, seguí bajando hasta su culo lamiendo el perineo y el ano, cada vez más emputecidos los dos.

-          Joder, hazlo ya – volvió a decirme

Metí la polla de goma en su culo tan despacio como pude, estaba atenta a sus reacciones, a su voz, a su cara. Fui  introduciendo la polla en su agujero y la piel cediendo a la presión de la goma. Fue una verdadera gozada follarle mirándole, observando como su cara cambiaba y sus gemidos crecían. Es curioso como una mirada puede decirnos tanto. Es muy extraño pero a pesar de ese apéndice de plástico podía sentirle, de alguna manera podía hacerlo. El morbo  que estaba sintiendo crecía y crecía y apuesto algo a que si de verdad hubiera tenido un pollón se me habría puesto duro como el mármol. Me daban ganas de empujar más y más hasta oírle gritar como a una putita. Él gemía como sabe hacerlo, inflándome de guarrería. Le agarré la polla y le pajeé, me pidió que le diera más caña y apreté el ritmo de mi culo, seguí pajeándole y follándole, empujando mis caderas con ganas hasta que su esperma , sus gemidos y su placer fueron míos.


Ahora lo recuerdo con muchísimo cariño, aunque seguramente hubo más impudicia que ternura. Sé que después de mucho sexo y cerderío quedé agotada, que el poder sexual de J. iba mucho más allá de lo que yo había tratado de imaginar en principio. Seguimos hablando, durmiendo a ratos y tratando de descansar para lo que había planeado J. para el día siguiente…


                     
(Normalmente no me gusta hacer capítulos con mis cuentos pero creo que esta historia lo merece)





sábado, 4 de enero de 2014

PROHIBIDO








Me metían en la sangre lo prohibido, en  forma de mantras escritos debajo de mis sueños, poco a poco, como una lluvia sempiterna de consejos que provenían de los labios de todas mis mujeres. Me enseñaron a medir mis esperanzas, a delimitar mis sueños, a cortar mis ilusiones en juliana para verterla en esa sopa boba de lo cotidiano. Ser una mujer parecía más un decálogo que un privilegio. Me prometieron certezas. Me ofrecieron protección. Y así mis madres se convirtieron en la mafia de mi alma y mis hermanas en las voces que me señalaban. Tú, eh, tú , no seas tú misma, sé otra, sé más recatada, más dócil, más decente. Sé el miedo de tu padre, la reputación de tu hermano, la moral de tu esposo… arrástrate de nadas, di sí a todo y salvarás tu nombre, aunque no signifique nada, aunque no te pertenezca. No mires tu cuerpo, no lo busques, no lo sientas, no sientas deseo, no tengas fantasías, no te conviertas en una buscona, una viciosa, una pervertida, una puta. Puta, guarra, ramera, zorra, sucia…

Me rompieron la boca, me enfundaron de silencio pero, finalmente, jamás me defendieron. Y clavaron mi voluntad de miedo y noche. 


Pero hay algo por hacer. Morirse, y si es posible, morirse muchas veces.

Luego seguir, aunque te detengan. Seguir, seguir ese impulso, esas ganas, esa vida que late por dentro.

Porque hay algo maravilloso en mi sangre. Algo que adoro. Mi Diosa.

Ella me lo susurraba en canciones, en voz baja, como una brisa pequeña. Baila, canta, ríe, escribe, grita, tiembla. Folla. Me lo suspiraba en esas pausas que da el llanto para respirar, para tomar aire, en esa confusión del dolor, cuando tratas de procesar o buscar una salida a los vacíos, cuando intuyes que hay algo debajo de tu propia piel, esperando, latente. Y llenaba mi cabeza de palabras prohibidas sin saber que hay algo dentro de mí que rebosa. Revienta.

Volar, gritar, reír, pintar, follar, comer…ser YO. Despierta. APASIONADA. Dándole por culo al frío.

No voy a rendirme. Aunque esté prohibido.


(Me parece últimamente tan adecuado este post...)