jueves, 4 de diciembre de 2014

MADRID






Recuerdo que al poco de llegar a Madrid, sentí algo muy extraño. Regresé a lugares por donde ya había pasado antes, sitios a dónde solía ir antes de irme y me parecieron totalmente distintos a entonces. Incluso mi casa es la misma y es distinta. No sé, es raro.

Madrid me pareció una ciudad fría y distante, y al mismo tiempo luminosa y fascinante. No me cansaré de decir que la luz de Madrid no la hay en ningún otro sitio.
A veces abro la tienda por las mañanas y veo como va subiendo el sol lentamente por la capacidad de las sombras. Es curioso ver cómo conviven los claroscuros, como se nutren, como se necesitan.

Pero desde que te conozco miro a Madrid con otros ojos.

Alguien me dijo alguna vez que aquí cabe todo el mundo. No lo sé, no creo en esas generalizaciones, o no del todo; pero sí, es cierto, aquí a nadie le importa de donde vienes porque todo el mundo viene de algún sitio, aquí a nadie le importa quien eres ni que haces, aquí a nadie le importas un carajo.
Quizá por eso me gusta Madrid, porque eres maldita y maravillosamente anónimo. Por eso y porque ahora tú también eres Madrid, y tu luz se cuela dentro de mí igual que la de la ciudad.

Te espero a la salida del metro mientras unos dientes extranjeramente blancos me sonríen con acento senegalés: “buena tarde, rubita, do euro” y alza su mano mientras me muestra un pack enorme de pilas alcalinas.

Sobre el metro se podría escribir un bestiario, o algo así, una recopilación de seres fantásticos o reales, podría dibujar su anatomía, sus costumbres, su indumentaria, podría crear mi propia selección con mis propias criaturas y recrear miradas, hurtos, besos suburbanos, hasta se podría crear una antología sobre música subterránea y sus intérpretes.

Te encuentro en la calle con tu mochila y tus ojos negros. Son marrones pero se ven negros. Me gusta cómo te inclinas levemente para besarme someramente los labios, casi con temor de rozarlos. Tu olor me despierta, susurra sobre mí guarrerías de todo tipo que logran que mis venas se alteren. Tu olor es un cóctel en mi cerebro de tu sexo destilado, eres tú y tu cuerpo acercándose sensualmente al mío. Me dices algo, y sé que me hablas sin darte cuenta de que tu voz es un crujido en mis entrañas. Me das la mano, la aprietas, y siento que vuelvo a tener quince años porque me tiemblan las piernas, porque tengo el corazón desbocado, porque tengo y no tengo miedo y siento unas inmensas ganas de que me folles.

Subimos a la habitación del hotel. Una habitación blanca que parece una parodia de la otra habitación blanca. Nos desnudamos sin estridencias y sin gracia, como si fuéramos a ponernos un pijama. Te estoy diciendo algo que seguramente no tenga importancia y entonces me besas y ese beso arrastra a todos los besos que no has podido darme en días. Me llenas de besos y lengua como vienes haciendo desde el primer beso. Encerdándome, enloqueciéndome con el calor de tu boca sobre la mía. Tu lengua se desliza por mi cuello mientras me tocas el culo, quiero gritar, aprieto las piernas, estrujo tus manos, abro la boca. Me dejo caer suavemente hasta tu polla enorme, suave, mía.






Me gusta pasar tu polla por mis pechos, poder oír ese gemido breve que emites cuando lo hago, y su tacto duro endureciendo mis pezones. Me gusta acercar mi boca, detenerme un momento y que me cojas la cabeza como indicándome que no aguantas más sin mi boca, me gusta ese primer roce boca polla y el modo en que te estremeces cuando sucede. Luego solo dejo libre a mi boca mientras dejo pasar el tiempo y el tiempo pasa mientras me desgasto la lengua en caricias sobre tu prepucio, haciéndola girar sobre él, metiendo bien profundo tu rabo, produciendo más saliva de la que puedo tragar, pajeándote rápidamente mientras escupo en tu verga, lamiendo una y otra vez hasta que no puedo más, inundándote los huevos de saliva; entonces, sí, te pido que me folles.

Y sí, me follas y me follas como un caballo desbocado, me corro, me vuelves a follar, me vuelvo a correr y emprendemos una dinámica de éxtasis sobre éxtasis hasta que te corres tú, exhalando el vapor de tus gemidos, apoyándote en los míos, te agitas, resuellas, me llenas de semen. Luego acaricias mis muslos, observas tu corrida como un trofeo único y muy preciado. Me acaricias, descansamos abrazados, sudados, mezclando el relente de nuestros cuerpos, inhalando el olor a sexo, acomodados el uno sobre la cálida piel del otro.

No dura mucho tu descanso, me besas dulcemente, cada vez con menos dulzura y más frenesí, pellizcas mis pezones, compruebas la temperatura de mi deseo introduciendo un dedo en mi coño, me frotas, me excitas, acaricias con tus dedos mi acuoso agujero.

Alcanzas lubricante, empapas mi ano y tu polla, penetras muy lentamente. Mientras tanto ya he alcanzado un vibra y lo coloco sobre mi clítoris. Se mezcla el placer intenso del vibra son la presión de tu rabo llenando mi culo. Duele brevemente. Tienes la polla muy gorda. Quiero más. Hay algo misterioso, incierto en la sodomía, algo oscuro, pringoso, que me emputece tremendamente. Sigues entrando en mi culo despacito y cada vez quiero más y más polla.

Aprietas mi culo y aceleras el ritmo. El dolor se mezcla con el placer mientras éste se hace más y más grande. Tu rabo está inmenso. Y llega. Mi orgasmo crece desde algún punto inexacto entre mi culo y mi coño, me sacude el cuerpo, asciende a saltos sobre mi espalda, cruje en mi nuca y se dispersa en mí cerebro como una jodida droga sintética con efectos impredecibles. Me parece ver el color de mis gemidos y un halo de música envolviéndome. Abro la boca tratando de coger aire, giro ligeramente la cabeza y te miro. Caigo en tus ojos negros aún bajo los efectos de mi orgasmo, alucinada por la intensidad de lo que siento en mi cuerpo, en mi cabeza, dentro de mí. Te miro y me veo en tus ojos negros. La luz inigualable de Madrid se cuela por una rendija de la cortina irradiándose sobre nuestra piel. Sí. Te miro y puedo verme.