lunes, 6 de julio de 2015

ELA


 
Mi hombre me mira desde la profundidad de sus ojos sonda y su negrura me recuerda lo abismal que puede ser un hombre, una mujer, un ser. Ser.

Hemos venido a follar. Así de simple, así de diáfano, de breve, y así de hermoso.

La luz de Madrid se cuela por las láminas de los filtros solares de los cristales del hotel. Madrid siempre es Luz. Las torres destacan sobre los demás edificios como picas que atravesaran a sus congéneres. La imagen me recuerda a la escena de “Las lanzas” de Velázquez.
Observo las chimeneas de los demás edificios, el sembrado de antenas parabólicas y los colores ocres del ladrillo en contraste con el azul del cielo. Todo parece diseñado para que alberguemos la esperanza de subir a esas Torres. Quizá, algún día. Yo de momento aspiro a tocar el cielo.

Él saca de su maletín negro un collar, unas correas, un pañuelo para los ojos. Sé que toda esta parafernalia no es ni mucho menos necesaria (Las cincuenta sombras de marras han hecho mucho daño, creo) Nuestra imaginación y nuestra lujuria, la de todos, va mucho más allá de límites, publicidad, o marketing. El sexo es un juego creativo continuo, y si no puedes verlo así no sabes lo que te pierdes. Buscas lugares o situaciones nuevas y no sabes por qué quieres probarlo. Quizá la curiosidad y la sorpresa sean algunos de los detonantes de la lujuria más infalibles.

Yo saco de mi bolsa un negligé, algunos vibradores, mi incertidumbre y mi adorado gel de masaje Durex.
Además me reservo “mi sorpresa”.

Toda la habitación es de color blanco. La cama flota desde el techo con vistas al ventanal en un equilibrio decorativo tan ponderado como efectivo. Él me mira, mira a la cama y sonríe.

Me desnuda con los ojos. Me besa. Acerca sus manos a mi ropa y mientras me besa, me desnuda. Mi ropa cae al suelo y mi piel siente esa conmoción extraña de lo conocido y lo ignoto. Porque follar es siempre lo mismo y es siempre distinto.

Alcanza la venda de los ojos y me la coloca sobre la cara. No puedo ver nada y puedo sentirlo todo. Advierto sobre mi piel un objeto frío y suave. No sé lo que es. Lo pasa por mis labios y comienza un recorrido hasta el cuello, la espalda, la raja del culo, me acaricia levemente los labios del coño y lo inserta entre ellos. Escucho mi respiración agitada y siento la excitación de él. Pienso en que quizá azote mis nalgas o me tire del pelo para besarme cerdamente. Siento que me mira atentamente porque no le oigo moverse. Entonces estruja mis pezones con suavidad y aprieto sin querer el objeto metálico en mi coño. Me soba las tetas y vuelve a tirar de los pezones. Los lame, los babea, mete mis tetas por entero en su boca. Noto el frescor de su saliva y el ardor de mi cuerpo. Me coloca sobre la cama a cuatro patas y luego me invita a sentarme sobre mis piernas y estirar mi espalda para que mi cuerpo quede accesible y mi ano expuesto ante él. Me doy cuenta de que la cama tiene la altura perfecta para que me sodomice.

Advierto el tacto acuoso y fresco del lubricante Durex, lo extiende y me penetra con un dedo para hacerlo llegar bien al ano. Noto su mano resbalar hacia mi coño y entonces el objeto insertado empieza a vibrar sobre mi clítoris. Siento un chasquido de placer en la nuca. Su dedo entra y sale con suavidad de mi culo. Me encerdo. Deseo su polla taladrándome. Me siento una jodida zorra y él no me hace esperar. Coloca su polla en mi agujero y la va introduciendo como a empujoncitos. Mientras tanto el vibrador hace su trabajo: relaja mis temores y me emputece. Su rabo va entrando en mi culo hasta el fondo. Siento el gozoso movimiento del vibra y mi culo relleno de su carne. No sé si es algo físico o, más bien, mental, pero mi mente se retuerce en una pirueta de temblores y estalla. Suele ser rápido. Algo entre mi coño y mi culo revienta y progresa sobre mis células, a veces siento una especie de psicodelia de colores por dentro. No es que la vea, solo la siento. Jadeo, grito, retiemblo. Mi orgasmo recorre mi columna como el fogonazo de un rayo y sale por mi boca como un trueno. No hay nada mejor en el mundo que correrse por el culo.
Me da la vuelta y me hace bajar de la cama. Me pone a cuatro patas.

- Ven putita, que eres una putita bien guarra.

Y me lleva hasta un sillón donde se sienta colocándome entre sus piernas. Nunca entenderé como algo así puede ponerme tan súbitamente guarra. Me agarra de la cabeza y me quita la venda de los ojos.

- Ahora cómeme todo.

Veo su polla ante mis ojos y mi boca se acerca a su verga como si hubiese sido creada para esto. La meto en la boca tan hondo como puedo. Me excita muchísimo comérsela. El vibrador sigue entre los labios de mi coño moviendo sabe dios qué elementos de impudicia. Sigo cachonda perdida. Su rabo resbala sobre mi lengua una y otra vez, a ratitos me detengo porque sé que adora que le lama los testículos, así que se los chupo con fruición, los meto en mi boca o les doy lenguetazos. Él está cada vez más cerdo. Su mirada vidriosa me atraviesa los ojos. Los dos cachondos, ambos deseando el estallido. Meto de nuevo su polla en la boca, siento su capullo acariciando mi lengua, muevo la punta de la lengua sobre él, la saco, le pajeo, saco la lengua invitándole a correrse. Meto más adentro su rabo sitiéndolo casi en la garganta y me corro yo como una puta.
Sigo pajeándole y comiéndole, estoy temblando de placer y de lascivia. El barro donde nos revolcamos contrasta con la blancura impoluta de la habitación. Siento que él está también a punto.

- Sí, lo noto, noto que te va a subir la leche por la polla. Dámela, dámela, cabrón.

Abro la boca y un chorro de esperma impacta sobre mi rostro. Adoro esta guarrería de llenar mi carita con su semen. Mis labios rezuman su lefa y ambos nos apagamos lentamente. Mi cabeza descansa en sus rodillas y él me acaricia levemente el pelo.

Nos recomponemos y nos damos un baño relajante. Él me lava el cuerpo como si yo fuera su muñeca, con la misma suavidad y el mismo cariño con que yo lo hacía con las mías de pequeña. Hablamos de tonterías y nos masajeamos con el mismo gel con que hace un rato me daba por el culo. Que bonito contraste.




Salimos de la bañera y nos secamos. Llaman a la puerta. Creo que viene mi sorpresa.

Él abre la puerta y se encuentra una rubia preciosa que dice llamarse Ela. Afortunadamente mis amigas nunca fallan.
Mide casi un metro ochenta de estatura, me encantan sus ojos negros porque disparan rayos de luz y sus pestañas son tan largas que parecen mover el aire de la habitación. Hace un comentario gracioso sobre las vistas. Tiene la voz profunda y oscura como nuestras mentes. Su rostro suavemente anguloso la hace andrógina y, además, muy bella.
Él la observa fascinado y me lanza miraditas requisitorias, en cambio se dirige directamente a Ela.

- Coño, eres muy bonita

Ela me mira y me pregunta

-¿ Le has contado? Y yo niego con la cabeza.

Ela se echa a reír a carcajadas así que él pregunta

- ¿Qué pasa chicas de qué os reís?- parece caer en la cuenta y sé que está a punto de preguntar - “¿Eres un chico o una chica?” pero se abstiene porque en última instancia, es una chica, sí, seguro, así que sonríe. Me mira
Yo también le sonrío.








4 comentarios:

  1. La ambigüedad del placer... que no se sabe si se da... o se recibe... o ambas cosas.

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  2. Excelente relato, muy sensual y sobre todo claro, directo y excitante, que de eso se trata ¿verdad?

    Besos Carnales.

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  3. Como tu dices, cuanto daño ha hecho el librito dichoso.
    Creo que la sorpresa se antoja más perversa y caliente de lo que debe estar el capó de un coche negro hoy en la mitad de un parking al aire libre de Córdoba.
    Besotes, te los mando refrigerados, que seguro que se agradecen.

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  4. Ufffffff... en este blog aun hace más calor que en la calle... y ya es decir a esta hora...
    Menudo sorpresón... de los buenos...
    Con tu permiso me quedo por tu blog...
    Un beso

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