martes, 5 de febrero de 2019

SOLA




Estoy sola. Y estoy caliente. Esto no debería significar mucho más de lo que en sí lleva la frase. Millones de mujeres cada día se calientan estando a solas. Pero no son yo.

Me gusta sentirme cachonda. Incluso si estoy sola. Me gusta hacerlo cada día. Algunos días varias veces. Me gusta regodearme en todo el proceso. Absolutamente.

Hace apenas un rato he llenado mi bañera de agua caliente y sales de baño. He encendido una vela. He apagado la luz. No me apetecía oír música. He cerrado los ojos y he dejado que el ritmo de mi respiración creara esa atmósfera que deseaba. He atendido a los aromas que desprendía el agua caliente. Pero que va, olía a sexo. Su imagen ha aparecido ante mí. He mirado sus ojos negros, sus ojos subterráneos contemplándome fijamente, preguntándome, tratando de averiguar partes de mí que, a veces, ni siquiera yo misma conozco. Mis secretos más íntimos, la forma en que mi cuerpo destila agua, el misterio de mi mente sudando morbo, mis fantasías más retorcidas de mujer caníbal, las que ni siquiera cuento aquí pero que sí le cuento a él.

Me he dejado llevar por mis pensamientos tratando de no dirigirlos, permitiendo que se extendieran en mi instinto y ocuparan mi cuerpo. Él estaba entre mis piernas sentado, ha extendido una mano y la ha metido debajo del agua. Mi mano ha acariciado mis piernas guiando mi mano como un lazarillo trastornado. Ha subido por mi cintura hasta mi pecho y la he llevado hasta mis labios para mojarme los dedos. Me gusta chupar, lamer me pone increíblemente cachonda. Me lleva a un estado de lascivia manifiesto. El acto de introducir mis dedos en la boca , sacarlos, meterlo, lubricarlos con saliva, hacer girar mi lengua sobre ellos, apretar mis nalgas durante todo el proceso, volver a meterlos y sacarlos, en un mecanismo constante de chupar y salivar, aflojar el culo y encenderme es todo uno. Me hace deslizarme en ese estado obsceno, como una puta babosa que se fuera enloqueciendo por momentos. Cuando he empezado a jadear los he sacado y he pellizcado suavemente los pezones, me he mordido el labio. Mi coño se ha abierto como un molusco debajo del agua. Lo sentía caliente y tremendamente convulso. He subido el culo. También se ha abierto. Estaba irritantemente excitada. Lo he vuelto a bajar. Mis jadeos se dilataban desde mi boca como nubes de petróleo. He llevado mi mano nuevamente a mis caderas, he bajado por la ingle y he introducido un dedo levemente en mi coño, apenas nada. Algo inexactamente suave se doblaba entre mis dedos, una esponja abultada se relamía por dentro. La he tocado deprisa moviendo mi dedo arriba y abajo. Mi espalda se ha arqueado. He subido y bajado la mano, frotando suave o fuerte o fuerte o suave el clítoris. El clítoris, ese pequeño, jodido y perverso centro de mí. Ese minúsculo corpúsculo tan bien dotado para la felicidad. La imagen de él me ha venido a fogonazos. Realmente mi coño creía que era su dedo y trataba de apresarlo. Mis otros dedos han apretado más, si cabe, mis pezones. Mis gemidos han empañado la mampara.

Masturbarse en la bañera tiene un efecto especial. Es como caer en un emulsión maravillosa, sentir mi propia humedad confundiéndose con el agua caliente. Un calor inmensamente hermoso inundando todo mi cuerpo. Es regresar al acogedor seno del agua para deshacerme en él con mis sentidos. Mi coño pulsando dentro de mí, al ritmo de unos dedos que creo ajenos. Mi cuerpo derritiéndose igual que la cera se deshace al contacto con un foco de calor y gotas de mí coagulándose en algún lugar perfecto, dentro de mi sexo, que me van volviendo más y más zorra.

Todas esas gotas de lujuria derretida se han depositado en todos mis rincones recalentándose de nuevo para abrirme agujeros en la piel que no ha dejado de exudar vicio hacia el agua. Toda mi piel abierta y expuesta. Hasta querer gritar. Y mi organismo se ha expandido como una explosión en cadena que ha subido desde mi coño hasta mi boca reventando en lugares de mí desconocidos. Booom. Booom. Mi arrebato hacía salpicar el agua de un modo peculiar, en un irreal y demente chapoteo. Según han ido explotando, se ha acelerado el ritmo de mi cuerpo tembloroso. Ya no era mío. No era yo. He sido alguien que necesitaba moverse al son de esas deflagraciones, como una brutal muñeca que se fuera desmontando en gritos y conmociones de placer acuático.. Booooom. Booooom. Mi coño se ha roto en sacudidas infernales y mi boca se ha abierto a la profundidad de mis delicias. Gozo. Entonces su imagen se ha hecho clara. Diáfana. Él me ha sonreído desde dentro de sus ojos negros y se ha desvanecido sobre el agua tibia de la bañera.

Estoy caliente, deshecha, estremecida, inflamada, extremada y jodidamente sola.



lunes, 4 de febrero de 2019

MUCHACHA


La solidez de tu carne avanza, inflada, restando junturas a la mía. Parece que mi piel se remangue ante la elasticidad de la tuya. Casi ofende la firmeza con que pisas el suelo que te presto. ¿Acaso debes devorar mis primaveras en el frágil arresto de un invierno?

Bajo el sol, recuerdo que los días se comen a los meses degollando en mi epidermis el tiempo que le faltan a mis huesos para ser olvido.

Goteada en algas y bálsamos marinos, aparentas una sirena ungida en el reino del mar adolescencia con los abriles aleteando, alegres, alrededor de tu frescura. Tu boca es una anémona jugosa que se agita divertida en la grana de tus labios, el plano transversal del agua se arrolla a tu cintura describiendo un mínimo contorno, mientras tus efervescentes pechos resurgen, enhiestos, hirviendo en la voluptuosa naturaleza que los acoge.

Tu arrogancia es un accidente en un océano de nadas, que se pierden tras instantes estancados en la memoria de lo que ha de quedar a las espaldas y, en el fondo, sé que tú vives para que yo muera.

(Me ha apetecido mucho subir este texto tan veraniego en estos días de frío)

domingo, 25 de noviembre de 2018

CUANDO


A veces te siento dentro de mí cuando respiro. Es extraño quererte y no quererte ¿no? No. Al final es una patraña mía eso de que no te quiero, es sólo que no te quiero todo el tiempo, eso sí. Lo malo es que he llegado a un punto donde no sé explicar eso del amor. Y tampoco es necesario ¿verdad? No claro que no, contigo no lo es. Lo importante es que tú sabes que te quiero y yo sé que cuando estoy contigo todo lo demás desaparece ante ti, y eso me gusta, me halaga, me emociona, me revuelve.

Hoy te recuerdo en un cuartito en penumbra y un haz de luz, desde otra habitación, iluminándonos. Me parecía que tu cuerpo exhalaba algo mío. Es curioso que habiendo repasado tantos cuerpos tu piel me haya sabido siempre tan distinta, tan tú. Tienes un olor diferente, único. Porque toda tu cerdez es ternura y es pasión, y eres capaz de pasar de un extremo al otro con muchísima elegancia haciéndome sentir como el centro de un Universo concebido para nosotros, como una Diosa, como una elegida.

No sé en qué punto traspasamos esa frontera de “algo más que sexo”, no sé si fuiste tú o yo o esa especial complicidad que nos abrazó en aquel cuartito. No lo sé. No me importa.

Me embriagan los destellos de aquella noche. Tú comiéndome el coño con esa excelencia con que lo haces siempre. Lento, seguro, sabiendo hacia donde te diriges, agarrado a mis muslos, besándome, lamiendo mi coño delicadamente, pasando tu lengua una y otra vez, imparable, haciéndome tocar el cielo a través de tus labios y tus ganas. Recuerdo que temblaba de gusto, que jadeaba tu nombre, y tu nombre recorría mi cuerpo como un ente haciéndolo gozar doblemente.

Me recuerdo engulléndote como un parásito, devorándote los huevos, sintiendo todo tu calor en mi cara, todo tu olor dentro de mi boca, me recuerdo tuya e infinitamente mía, enroscada sobre ti, apretándote, salpicándome de ti, bañándome los labios en tu esperma, inundándome de tu sabor y tu placer.

Pequeñas memorias, apenas vislumbres, mínimas evocaciones de lo que fue. Quizá suena a lo de siempre y, en cambio, yo lo recuerdo tan distinto.

Tu polla dura todo el tiempo. No sé cómo lo haces... Me puso cachondísima sentirte tan cachondo. Lo sabes. Luego jugaste con mi culo. Tu rabo en mi culo, todo carne, todo dulzura, metiéndose en mí como el pan en el horno, inflándome, haciéndome blanda y maleable. Y mi culo cobrando vida ante tus ojos. Cada vez más placer, cada vez más caricias con tu verga, más calor, nuestros cuerpos resbalaban en nuestros sudores, tu pelvis pegadita a mi culo, tu polla empalándome de gusto. Mi culo moviéndose, atrás, adelante, arriba, abajo. Más. Recuerdo que quería más. Sí, quería tu polla acariciándome el culo. La quería y la quería toda. Gemidos. Tu respiración penetrándome casi tanto como tu polla. Te decía guarradas pero no recuerdo cuales. Tú también me decías cosas.

Me gustó que me dijeras cosas, que me narraras lo cerdo que te ponía y luego me besaras dulcemente. Entonces sí sentí un estruendo, una traca en mi cabeza, cohetes estallando dentro de mi pecho, mi coño hinchadísimo reventando extrañamente a través de mi culo, mi boca abierta, mis piernas temblando...

Luego seguiste follándome el culo. Tuviste cuidado. Pero yo ya no quería cuidados. Quería tu leche. Entonces fuimos más deprisa, cada vez más. Tenías miedo de hacerme daño. Lo sé. Pero yo quería todo, tu semen dentro de mi culo y el gusto, y esa sensación de presente cuando estás tan guarro. Y me volví loca. Te oí susurrar que te ibas a correr y ese susurro fue como un escalofrío dentro de mí, de mi columna, de mis nervios, de mi culo. Gemía, te suplicaba, creo que casi lloraba, te incitaba, te maldecía pero, sobre todo, durante un instante, joder, te amaba. O al menos amaba esa parte de ti con la que estaba flotando, sintiéndome a través de ti, de tu placer, del mío. Luego sí, es cierto, todo ese amor se disipa no sé cómo...se va borrando, se difumina, desaparece de algún modo.

Y sí, queda el cariño, quedan las risas, y las veces en que te echo de menos, furtivamente, como hoy que te me apareces, es entonces cuando te siento dentro de mí...cuando respiro.

lunes, 5 de noviembre de 2018

CABALLO


Esta mañana mientras caminaba junto al río los he visto. A su rollo. Parecían indiferentes a mi presencia pero yo me he detenido un momento, creo que pretendía recordar algo. A veces me pasa. A veces no estoy segura de si algo ha ocurrido en realidad o no. Lo cierto es que esa imagen se parecía mucho a alguno de mis sueños. El vapor de la mañana emanaba del tronco de los árboles y eso le ha dado un toque de irrealidad genial a todo. El olor del humus penetraba en mi garganta. El río bajaba deprisa después de estos días de temporal y a un lado del camino un grupo de caballos pastaban tranquilamente. Parecía un sueño.

Hace demasiados años que no monto a caballo. Cuando era niña lo hacía de vez en cuando. Lo primero que me enseñaron fue a no tenerle miedo al caballo, y para eso tienes que hablar con él, acariciarle, subirte, ponerte de pie sobre la grupa e ir tomando confianza tal y como haces cuando empiezas a conocer a alguien. Los caballos son como las personas, si no les respetas te pierden el respeto. Tampoco es que sepa demasiado sobre caballos y mucho menos sobre personas.

Me he sentido muy feliz de encontrarme a ese grupo esta mañana porque los caballos siempre han estado en mis sueños. La primera vez que tuve un orgasmo fue fingiendo que cabalgaba. Puede que por eso terminara relacionando los caballos con el sexo.



Después, cuando aprendí a montar, supe establecer esa semejanza mucho mejor; primero, montando al paso, deleitándome en el paisaje, dejándome llevar lentamente por los cuatro tiempos del jamelgo, apreciando su calor, su blandura, su nobleza. Luego echando al trote, arriba y abajo, arriba y abajo, en un delicioso compás, diluyéndome en ese cíclico movimiento vertical, golpeando mi sexo contra la grupa, doliéndome, gozándome, deseando llegar a la carrera, sintiendo mis pechos saltar alegremente, creciéndome, prolongándome en ese movimiento hacia el exceso para llegar a la hermosura del galope. En ese instante me fundo con mi montura, el caballo flota sobre el aire elevándome, lleno mi boca de ese placer indisoluble, siento mi sudor y el del caballo precipitándose hacia algo insondable, advierto su fuerza, mi intensidad, sus resuellos, mi oxígeno deteniéndose en mi pecho, nos hacemos uno, nos deshacemos, nos agotamos, volamos en un tiempo hacia un único paraíso: la felicidad de sentirnos.

En uno de mis sueños más recurrentes monto un caballo alazán. Cabalgo desnuda sobre él. A galope. Los dos nos fundimos y los dos somos animal. Yo siento su sangre palpitar en mi cuerpo y él siente mi alegría. Y en ese momento sé que llevo un purasangre dentro que me está gritando que no deje de galopar hasta encontrar a esa Diosa que llevo dentro…

lunes, 29 de octubre de 2018

ORIGEN




Quiero deshilachar esta historia tirando del último hilo de esta urdimbre, deshaciendo el final de esta trama desde su desenlace hasta su origen hasta que no quede más que ese temblor al final de mí, cuando ya todo es pasado.

Estamos solos y en silencio, estamos solos y cautivos, sumergidos en esa soledad única de sentirnos uno con el mundo, ambos fundidos en “nosotros”, en un cuartito caluroso y húmedo. Solo se oyen los últimos resuellos de nuestros jadeos agrietados por el goce de un orgasmo. Sobre la penumbra flotan hebras de luz que se proyectan desde los reducidos agujeros de la persiana hasta nuestra piel estremecida y desnuda. Estamos enlazados, cansados y gozosos, el uno sobre el otro, recobrando poco a poco el aire. Su boca jadea junto a la mía exhalando los vapores que han dejado nuestros cuerpos sudorosos y exaltados, hemos exudado vicio y secreciones, nos hemos entregado a la seducción y a la lujuria, hemos indagado en cada rincón de nuestra humanidad, en el misterio de eso que somos cuando realmente somos nosotros mismos, cuando dejamos a nuestro organismo extenderse, vibrar y ser delirio y arrebato. Nuestros cuerpos se sacuden reconociéndose a duras penas en esa maraña que deja el éxtasis. Hemos hecho el amor y hemos combatido por el fuego, hemos sido sucios y extremadamente puros. Sobre mi piel se escurren los restos de su placer y siento el tacto frío de su esperma que empieza a coagularse; entre mis muslos gotean los restos de mis humedades, los posos de ese placer mío que parece horadarme poco a poco como el agua lo hace en la piedra con el tiempo. A veces un hombre puede elevarme y hacer que grite su nombre y, a veces, en ese segundo se me desvela todo lo que necesito saber de mí.

Nos hemos roto de gusto el uno al otro, buscándonos fantasías y encontrando nuestro deseo desmedido, comiéndonos los besos a mordiscos, golpeando nuestros sexos como animales, agotándonos en nuestra cópula como si fuera la última. Él agarraba mis caderas y yo he sentido su polla hundida hasta lo más hondo de mí, hincándose en mi coño una y otra vez, con la mecánica de un motor de cuatro tiempos, descargando toda la fuerza de sus cojones dentro de mi sexo. Hemos repasado el repertorio de posturas sexuales en una dinámica frenética: me ha follado a cuatro patas desde el borde de la cama, se ha subido encima de mi culo mientras yo me estremecía debajo de él, me ha follado de lado mientras apresaba mis tetas, me he subido sobre él para cabalgarle y distinguía entre mis balanceos las proporciones de su verga, le he partido la polla dándome la vuelta, hemos follado de pie y en el suelo, hemos follado como locos, a morir, inmensos, teatrales y cerdos.

Yo gritaba mis orgasmos impregnando todo su ser de lascivia con cada uno de mis suspiros, con mi cara desencajada por la borrachera de placer, muriéndome de gusto en cada sacudida, dejando a mi mirada perderse al fondo de sus ojos que me contemplaban observando mi cara de concupiscencia con fruición, regodeándose de su habilidad y de mi arrobo. Le he amado en ese momento. Solo en ese preciso instante.

Sus manos apretaban mi cintura y mi culo parecía moverlo el mismísimo diablo. Sus dedos me trepaban como el musgo progresa por la piedra, dejando su rastro profundo y oloroso en cada uno de mis poros, acariciando mis tetas o metiéndose a hurtadillas entre los pliegues de mi coño hasta alcanzar mi clítoris. Notaba el vestigio de su calor propagándose en mi sexo y ese modo único de incitar a mi placer en afrodisíacas y nuevas caricias. Antes de eso he sentido sus labios saltando por cada una de mis vértebras y su aliento tibio rozándome la espalda hasta derramarse en saliva sobre la curvatura donde comienza a hacerse culo. Su lengua empapaba la trayectoria entre mis nalgas haciéndome sentir en una nube de gloria y lodo, regando el inefable camino entre mi ano y mi cálido agujero, he comprobado su saliva haciéndome cosquillas y estremeciendo cada punto desde donde podía sentir un placer tan hondo que me he dejado caer en él.

Mi boca abarcaba su polla con una ferocidad ambigua, tratando de ser tierna y complaciente pero sujetando mi avidez. No había nada que deseara más que hacerle gozar. Lamiendo su rabo desde su glande hasta sus huevos elevados e inflamados. Ensalivando sus testículos con obscenidad y desenfreno, con devoción, casi con avaricia, recorriendo cada uno de sus surcos con entusiasmo, subiendo lentamente desde su tronco hasta el frenillo, metiendo mi lengua en su agujero, cautivándome de él, haciendo su placer mío, electrizando mi coño con cada lamida de su rabo, llenándome la boca con él, inflamándole sobre mi lengua, sintiéndole al final de mi garganta, sintiéndome zorra, emputecida, impúdica y aérea, advirtiendo los efectos de mi libídine en cada puñetero poro de mi cuerpo.

Su boca apresaba con dulzura mis pezones haciéndome sentir escalofríos, pequeños calambres que circulaban desde mis tetas contraídas hasta mi coño, colmándome de tanta lujuria que he estallado en varias ocasiones. No he podido contarme los orgasmos. Ha sido dulce y delicado, llegando a mí como lo haría un buen sueño, apenas haciéndose un hueco en todo eso que soy yo, acariciando algo de mí que no tiene piel ni nombre, y dónde muy pocos han llegado si no es con la destreza de los buenos amantes.

Apenas si me tocaba haciendo de sus caricias diminutos roces que me hacían temblar de incontinencia. Su boca ha sido un derroche de dulzura, se dejaba caer sobre mi piel con la destreza de la lluvia, ya fuera sobre mi boca, en el camino hacia mi ombligo, en el prodigioso cauce que marca mi cintura o en la sinuosa curvatura donde acaban mi caderas y se repliegan en las ingles para confluir hacia mi sexo. Todo en él me parecía suave y perfumado, todo él me parecía amable y manso y todo en él me llevaba a él y a la impudicia.

Y todo ha comenzado en un instante en que estábamos a oscuras.

Había luz, gente y algo de ruido en esta ciudad de sirenas, buques y gritos de gaviotas. Él me ofrecía un café con esa sonrisa de niño malo, invitándome al juego y al sexo, ofreciéndome sexo y orgasmos como quien ofrece agua a un caminante. Él no lo sabe pero yo le he visto en ese segundo. Quiero decir que he podido ver más allá de lo que él era. Y era un niño que jugaba y un hombre ofreciéndome sus manos para lo que yo quisiera. Las he tomado. Las he agarrado ahora que necesito caricias y un tiempo de ternura. Me he acercado a él, he ansiado un beso. Un único beso que apenas me ha rozado. Un beso limpio y blando…donde ha empezado todo.



lunes, 22 de octubre de 2018

NOSTALGIA



Photo by Annie Spratt on Unsplash


La añoranza de ti empieza a carcomerme, sobre todo cuando me veo incapaz de evocar tu olor o al despertarme de noche y alargar mi mano la encuentro vacía. No es verdad que haya patria alguna. Echamos de menos aquellos a quienes amamos, eso es todo.

Mi coño es un pozo infinito de nostalgia. Y es que el sexo contigo es otra cosa. Es hundirme hasta lo más hondo, es dejarme llevar a alguna parte de ti a la que temo y deseo al mismo tiempo, es caer en tu parte salvaje, es destapar la mía. Todavía, a veces, dudo, porque, sí, a veces, el amor es un trabajo demasiado duro. A veces, también, creo que solo te quiero por momentos. Pero luego, ya ves, tiramos del instinto y todo se vuelve natural y sencillo. Es cierto que me gusta complicarme.

Anoche me despertó el frío de ti. Necesitaba hacer sudar y jadear a mi cuerpo y sosegar a ese animal que me retuerce a veces de deseo. En realidad necesitaba tu piel pero no la tenía. Nada puede suplir a tus ganas, a tu cuerpo jadeando gusto sobre el mío, a cómo te siento crujir de placer.

Me desnudé entera y cerré los ojos. Recordé tu lengua sobre mí, recorriéndome despacito. Lentamente mis caderas comenzaron a moverse. Mis dedos tiraban de mis pezones con dulzura y mi pelvis se elevaba hacia el cielo. Es cuando más siento el vacío en mi sexo. Cuando más necesito que me llenes. Hice girar mis dedos y mis pezones se enroscaron sobre ellos. Hay un vaho impreciso pero certero sobre mi organismo cuando hago girar mis pezones. Es un pequeño chasquido en mi nuca y un fuego muy grande en mi coño, cuando surge, entonces, me urge frotarlo. Restregarme fuerte como queriendo despojarme de esa desazón a base de frotarme. Y todo es vértigo. Todo se precipita gozosamente lento. Mis piernas se abren para permitir que mis dedos se alojen en mi coño. Mi coño palpitante, vivo, tenso de puro vicio.

Y mis dedos hacen tu trabajo, entran salen, retuercen. Deprisa, deprisa. Despacio, despacio. Abren mi coño, y lo dejan abierto, estático e impaciente. Lo dejo sufrir un poco mientras escenas contigo o con otros caen sobre mis ojos. Me perforas el seso, tu polla en mi boca, mi culo penetrado, el movimiento de mi cuerpo, el sudor en el canalillo, los efluvios de mi sexo, de mí, de mi coño. Mis dedos empapados. Azoto mi coño, acaricio mi raja, hago girar mi clítoris expandiéndolo. Necesito una polla. Alargo la mano y alcanzo un dildo. Me penetro. Muevo la polla, fuera, dentro, fuera, dentro, y una bicha recorre mis piernas. Quiero más, más, más. Susurro tu nombre, te imagino exponiéndome a la vista de otros, te imagino besándome la espalda, te imagino siendo muy guarro, dándome pollazos, babeándome, metiéndome caña. Me doy fuerte con la polla, con la otra mano sigo acariciando mi clítoris. Mi coño se aprieta contra la silicona, se contrae de gusto, el placer estalla por mi cuerpo como una bomba de racimo, alcanza mis muslos, mis caderas, asciende por mi vientre, zarandea mi cabeza, baja por la espalda, grito tu nombre, jadeo incoherencias, alabo a dios y, por un instante, te sueño a mi lado, recuerdo tu olor, y la presión exacta de tus dedos en mi cuerpo. Un instante solo de ti.


lunes, 8 de octubre de 2018

LA MISMA HISTORIA





Photo by Maru Lombardo on Unsplash

A veces me parece que siempre estoy contando la misma historia. Quedo con un tipo en un sitio, me folla a saco y acabo sintiendo un gozo enorme. (Por supuesto, las historias que no molan no las cuento) Pero luego no es exactamente así, al final, puede que lo que cuente en realidad sea los matices. El escenario, los personajes, incluso la acción quedan relegadas a un segundo plano por el peso de esos detalles, por lo que me hacen sentir o por cómo siento a las personas que me los proporcionan…

Es difícil volver a explicar lo que se ha dicho. Lo que se ha contado tantas veces… Sutilezas matices, cosas pequeñas de las que estamos hechos, manos que nos tocan a menudo y, en cambio, nunca nos alcanzan, besos inconscientes, susurros ahogados en otra boca…nadas que suceden y pequeñeces que nos pasan todos los días, algunos días…

Voy a saltarme la parte del mensaje que recibo y que tan solícitamente atiendo, voy a dar por hecho que sabéis que nos vemos en un cuarto, que él me parece atractivo y que sus ojos negros parpadean ante mis ojos grises con la eficacia de un faro en la distancia.

Entramos en ese cuarto y todo mi cuerpo se tensa como un arco. Ya le he dicho que estoy ansiosa, o nerviosa, o como se quiera llamar a esa anticipación, a ese momento en que ya sabes que antes o después acabará hundiéndose dentro de ti, que su carne acabará confundiéndose con la tuya, que todo será arrebato y furia y que en ese cuarto crepitará nuestro deseo como eficaces elementos de algún potaje alquímico.

Le estoy mirando y necesito que me bese. No es que lo desee, no es por el deseo de su boca, es que ne-ce-si-to que me bese. Él me mira algo turbado como si acabara de desbaratar todos sus planes, pero acerca sus labios a los míos y yo me deshago en su aroma. Me revuelco en ese beso, quiero desnudarle, y precipitadamente me quito, me quita, nos arrancamos la ropa. Siento su olor envolviéndome de ganas, abarcando mis poros, encerdándome, diluyéndose en mi propio olor.

Su boca discurre por mi cuerpo como si fuera algo natural. Fluye. Sus labios colonizan mi coño y lo ocupa de besos y de lengua, de gusto, de un placer que crece y crece en torno a sus labios y a los míos, y este hombre de azúcar sigue su estrategia: esnifarme, succionarme, desintegrarme el coño en orgasmos. Mi coño se levanta, se zarandea, se agita por dentro, rezuma por fuera, lo desea, se vierte hacia su boca, se derrama... Siento mis gemidos sobre mí, como si fueran una manada de caballos desbocados pisoteándome el cuerpo, mientras su rostro se ha perdido en sus esfuerzos, en la hendidura por donde me pierdo, en este cuerpo que ha dejado de ser mío para ser parte de su voracidad, de sus fauces de lobo hambriento de mi coño. Palpito. Me estremezco. Abro la boca buscando oxígeno y me doblo sobre él buscando su polla. Apenas si puedo alcanzarle, luchamos retorcidos en una masa de carne y enajenación, abro la boca, aprieto mis temblorosos muslos,  mi lengua se agita en el aire hacia su polla, pero apenas consigo aprehenderle, me sujeta con la boca, atenaza mi coño, me disuelve, me inmoviliza el placer que me produce, quiero y no quiero alcanzarle. Lamo sus huevos, mi lengua se revuelve sobre el aire con el afán de recorrer su falo, chupo, su rabo se ajusta en mi boca, vuelvo a bajar, la cabeza va a estallarme…

Gimo. Sí. Gimo. Mi boca no alcanza el aire que necesito, porque aún necesito más su boca. Mis suspiros resecan mi garganta. Quiero más, quiero más de su boca, de su polla, de sus ganas. Se lo suplico: “Fóllame, fóllame, por favor, por favor”, no sé cómo hacerle entender que necesito, que preciso su verga llenándome de latidos y carne y gusto y todo lo que pueda darme. Necesito, necesito… solo sé que le necesito dentro de mí.

Me folla. Decir me folla es un eufemismo de su práctica. Su polla se hinca en mi agujero, busca mis escondrijos, me dibuja, me eleva, me rompe por la mitad. Noto su rabo dentro de mí, sumergiéndose en algún lugar que me traspasa, no sé cómo lo hace pero cuanto más me da, más quiero, más, más. Adoro su cuerpo caliente atravesándome, su sudor cayendo sobre mí como un gotero mágico y mi cuerpo recibiendo sus embates, su avidez, sus putas ganas. Me da la vuelta, me pone a cuatro patas, me perfora, siento sus manos agarrándome, sus dedos hundiéndose en mi carne, su follada golpeándome el culo. Me postra, cierra mis piernas y se sienta sobre mí sin dejar de follarme ni un momento. Siento mi placer creciendo desde mi coño hacia mi columna, siento como me agita y creo que digo algo, pero no recuerdo qué, lo noto en mi nuca, en mi boca, detrás de mis ojos, lo percibo bajando por mi cuello hasta mi vientre y entrando y saliendo de mi coño, exaltándome, sublimándome, haciéndome crujir. Me rompo de gusto.

Vuelve a mi coño. Vuelve como un peregrino a su tierra sagrada, como un hechizado a su delirio, como un alcohólico a su botella, vuelve a hundir su lengua, y sus dientes y su placer en mi carne, hace mía su boca y esa bellísima lujuria suya que aprieta mi sexo. Pasa su lengua por mi clítoris que se rinde a su habilidad, me penetra con la lengua, me engulle, me trastorna. Se vuelca en mi coño, empachado de sacudidas, y avanza hacia mi culo. Me come el culo. Advierto la calidez de su saliva impregnando mi ano, un escalofrío de caricias me sacude la cabeza. Mete un dedo, mete dos, los mete y los saca, suave, rozándolo, mientras sigue comiéndome el coño, o me folla con los dedos, o me folla con la boca o ambas cosas. Me gusta tanto que quisiera detener el tiempo, quiero quedarme en esa bruma de lascivia, en esa incontinencia tan real, tan irreal, tan mía. Me tiene muy loca y quiero hacerlo mío, quiero comerle yo, devorarle yo, darle el gusto…

Me giro hacia su polla. La agarro golosa, me gusta su tacto, es suave y rotunda; saco la lengua, hago ademán de comérsela, me gusta ese juego, me gusta ese gesto suyo de confusión. Lamo. Es un rabo delicioso, dulce, durísimo. Lo adoro. Me emputezco. Quiero más. La meto dentro, dentro, al fondo de mí, de mis ansias. La trago con fruición, muy lentamente, regodeándome en su tacto y en lo que sé que le hago sentir, le oigo gemir y musitar: “Mmmm qué bien la mamas…”, noto sus manos en mi pelo, le siento derritiéndose de gusto debajo de mi lengua y eso, eso me gusta más que nada. Siento respirar a mi coño al tiempo que le babeo la polla, la paso por mis labios como un caramelo, la vuelvo a engullir, sé que está a punto, sé que está a solo un paso de correrse, le pajeo, le miro, vuelvo a comerle, no dejo de mirarle y de lamer y desear su leche. Saco la lengua, la deseo, deseo el tacto tibio de su esperma, su pelvis avanzando hacia mí y esa explosión de hombre ante mis ojos, “vamos, vamos…dámelo, dámela, dámela toda”, y su polla revienta en gotas de lefa que escurren por mi mejilla hacia mis labios, gotas de él se derraman en mi lengua y relamo los restos de su placer, chupo su gozo y me siento una Diosa, una elegida… él gime, se estremece, no deja de hacerlo, exhala su prolongado orgasmo a trompicones y yo me dejó caer en él, en su placer, en el mío…

Luego todo vuelve a su sitio lánguidamente, nos vamos desencajando de ese placer, miro sus ojos y casi puedo verme, el olor de nuestros cuerpos flota sobre el aire, olemos a sexo, a eso que es un hombre y una mujer dándose gusto, nuestra respiración se va ajustando a un ritmo tolerable, hay una ternura blanda entre nosotros, apenas extraños, apenas amigos. Me diluyo en el silencio, me gusta sentir como mi cuerpo se deleita y se va apaciguando y distanciando de esta alegría de gozar. Cierro los ojos, apenas un instante. Me sonrío. Es difícil volver a explicar lo que se ha dicho. Lo que se ha contado tantas veces… Sutilezas, matices…

martes, 2 de octubre de 2018

DES-HACIENDOME




Photo by Volkan Olmez on Unsplash


Quiero empezar por el final. En ese orgasmo dichoso donde me fundo con el todo. Todo tú y todo yo. Ojalá pudiera morirme así, con mi coño mojado y mi labio mordido… ¿Acaso no sería una muerte arropada de deseo?

Después voy al revés de mí. Me contradigo, me traiciono, me reorganizo en moléculas adulteradas que nada tienen que ver conmigo. Como si al final del espejo fuera otra quien se refleja, una extraña.

Cada día estoy más convencida de que mi fuerza proviene de mi fuego, de mis ganas, de todo lo que me incita a combatir. Por eso pensé que masticarte, destrozarte o matarte a fuerza de sentidos era lo que llegaba, lo que convenía. Había que ir contigo o contra ti. Mientras hay lucha hay esperanza. Luchar, luchar... Porque los dos sabíamos que estábamos locos. Que nos buscábamos en absurdos, en un montón de tonterías que no merecen la pena y solamente nos encontrábamos en este breve espacio, entre tu polla y mi coño, en esa nada magistral llena de ti y de mí donde, por fin, podíamos ser nosotros.

Han pasado muchos meses. Y aún siento ese enigma agarrándome del cuello.

No puedes admitir que ya me he ido. No. Es peor de lo que creía. Es que ni siquiera te has dado cuenta todavía. Puede que ni siquiera yo me hubiese dado cuenta... Fue por la mañana, te busqué entre mis sábanas y solo encontré a un hombre que no conozco.

Te levantas cada día con un frío tremendo entre los labios, repasando inconscientemente los sueños que ya no vamos a tener juntos. Sales a la calle sin darte cuenta que mi mano no está ya nunca entre tus dedos, comes mientras el espejismo de mi sombra te sonríe, duermes abrazado a mi fantasma… el único momento en que nos encontramos es ese breve instante, en ese temblor sublime donde me vacío y tú te traspasas...

Solo tú me conoces.

Solo ante ti he abierto del todo esa parte fea y absoluta que todos somos. Eso que todo el mundo tendría que ver y que nadie mira. Pero mis ganas de ti se van diluyendo cada día en el café de las siete. Quizá porque también sé de qué estás hecho. Aunque ya no me da miedo admitir que estaba equivocada. A veces creo que solo las personas fuertes se reconocen vulnerables.

Hay gente para la que convivir es suficiente. Se levantan, se encuentran por el pasillo, a veces salen a cenar, al cine... se follan cuando apetece, a veces, incluso sin ganas, se prestan el periódico, hacen mudanzas… esas cosas que hacen que la convivencia lo sea. Y algunos tienen los huevos de llamarle a eso amor. Y puede que lo sea. Pero también puede que no… Puede que sea costumbre. Puede que sea miedo. Fue por la mañana, Lisboa amanecía templada y taciturna, te miré y lo supe. Dormías como siempre, tratando de encajar el oxígeno en esa parte de ti donde no cabe nada. Dormías y supe que ya no te amo.

Además de todo eso, estoy yo. Sabes que sin ese animal que soy, sin esa carne, sin ese modo de morirme, o mejor dicho, de vivirme, no soy nada, o no quiero serlo. Luego está todo lo demás. Un día tras otro. A veces se me da por pensar que somos distintos. Otras, en cambio, creo que somos demasiado parecidos. En cualquier caso tampoco importa demasiado.

Pero he empezado este texto para aclararme. Para decirme a mí misma que estoy bien y no necesito nada, ni a nadie. Bueno sí. A mí. A mí sí que me necesito. Parece tan obvio…

A veces temes perder algo, y luchas desesperadamente por no perderlo, y te obsesionas tanto en tus objetivos que pierdes el norte, se te va la olla, no recuerdas que el principal motivo por el que protegías “eso” eras tú misma. Creía que protegía aquello que me hacía sentir bien aún a mi costa. Es un círculo vicioso en el que el premio que obtengo para sentirme bien es, en realidad, dejar de sentirme mal. Es como llevar un lastre todo el tiempo , y cuando lo poso, es una puta delicia.

He estado jodida por algo que me hacía sentir así. Me sentía mal pero no conseguía encontrar la causa de mi malestar, así que recurría a una especie de “pócima” secreta una y otra vez, sin saber que lo que me hacía sentir así era la "pócima"…

Y es que no es lo mismo no sentirse mal que sentirse bien. Igual que no es lo mismo no ser malo, que ser bueno. El matiz es pequeño, pero significativo. Al menos ahora ya puedo liberarme.

No creo que pueda quedarme contigo, así, de esta manera tan poco contundente. Sí, ya sabes que soy excesiva para todo. Igual se me pasa. Si se me pasa pellízcame, muérdeme, échame de aquí a patadas porque te haré sufrir… y me haré sufrir.

Por eso, porque solo tú me conoces y te amo y no te amo, he de irme. Para volver a hacerme.

lunes, 17 de septiembre de 2018

ESA NOCHE

Amy Elting


Ni siquiera me dio tiempo a arreglarme. Llegué cansada del viaje y sin ganas de nada, pero le había prometido a P. que quedaríamos. Apenas si me dio tiempo para una ducha rápida, echarme algo de rimel y pintarme los labios. Agarré el bolso y mi chupa de cuero y salí corriendo.


P. me esperaba en un café en Madrid. Traía un pedo ya de antología, venía de una cena prenavideña de esas. Llevaba el pelo suelto y alborotado y restos de maquillaje en la blusa pero estaba graciosísima. Me dio un abrazo, me llenó la cara de besos y nos pedimos unas birras.

Nos perdimos por Madrid. Bares. Humo. Risas. P. se liaba un porro detrás de otro. Yo no fumo. Cada vez que me fastidia dejar algo pienso en el tabaco. Y me sonrío. Joder cómo me sonrío. En un garito conocimos a unos tíos. Sí, nos perdimos en Madrid.

No suelo enrollarme con nadie en bares. Vamos como costumbre no. Normalmente no me mola follar con gente que no conozco. Igual que no me gusta comer con gente que no conozco. Pero, no sé, fueron muchos bares. Algo de tequila. El chico era encantador. Unos ojos tan negros que me puso cachonda su puto petróleo y esa forma de mirarme, infectándome de ganas. Olía a tío. No todos los tíos huelen a tío. Algunos apestan a colonia. Y otros sencillamente apestan. Pero ya digo, era encantador. No quise resistirme.

Hablamos mucho rato. Me encantan los tíos que me cuentan cosas. Me embriaga ir cayendo en sus palabras, en lo que me dicen, en cómo lo dicen, sentirme arrullada por su voz, esa voz grave y profunda que se me va metiendo por dentro como algo secreto pero definitivamente certero … seguir el juego, verme suspendida en sus estrategias y sentirme irremediablemente atraída hacia ellos. Me dijo que vivía cerca. Salimos a la calle. P. había desaparecido. O quizá no, seguramente era yo la desaparecida. Saqué mi móvil y tenía un sms de P.: – ¿Dnd stas zorrit? Vlví a casa,dmsdo pdo– Me cogió la mano y tiró de mí. Nos paramos en un callejón. Me puso contra un coche y me beso muy suave. Me volvió a besar más caliente, yo también le besaba enredándonos poco a poco el uno en el otro, dejándonos caer en esa espiral tan consabida y tan maravillosamente plácida de la lujuria. No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos en ese callejón, metiéndonos mano por todas partes como queriendo comprobar el género, mezclando nuestras lenguas y nuestro deseo. Pero hubiera podido pasarme la noche haciendo eso, y nada más, y hubiera sido igual una buena noche.

Comenzó a susurrarme cosas al oído. Y, joder, me pone a mil que los tíos me susurren así. Con esas ganas de todo. Con esas ganas de ponerme cachonda perdida. Con esa voz penetrante haciéndome cosquillas por dentro, bajando por mi esternón desde su boca para hacer temblar a mis labios de vicio. Sentí unas ganas locas de comerle la polla en ese mismo instante, pero estábamos en mitad de la calle, aún así me giré hacía la parte cerrada del callejón por si pasaba alguien, cuando metí la mano por debajo de su boxer sentí una sacudida de placer al comprobar la erección de su verga, se la saqué y empecé a pajearle. Me besó frenético. Me pone muy muy guarra hacer eso, oír ese ruidito de su polla bombeando en mi mano mientras se escapan pequeños gemidos de sus labios y de los míos. Él no daba abasto con las manos. Me magreaba las tetas, atormentaba a mis pezones o me metía la mano en el culo. Bajó la cremallera de mi pantalón y plantó la palma de su mano en mi coño frotándola contra mi clítoris. Nos pajeamos el uno al otro con una voracidad fuera de lo común, nuestros gemidos chocaban al fondo del callejón.

Su polla estaba descomunal. No es que fuera muy grande. Una polla normal, pero la sentía tan rotunda que parecía que iba a reventar. Maciza y al rojo. Tenía unas ganas enormes de meterla en mi boca, de sentir su suavidad sobre mi lengua, su sabor, su olor, su tensión alrededor de mis labios, su gusto, el mío…con esa impresión de urgencia y furor que da comerse una polla de esa manera. ¡¡Dios!! cómo deseaba chupársela. Pero en la calle…no me atreví.

Además en ese momento alguien cruzó la acera. Venía gente de los bares dando voces, riendo, diciendo tonterías… El corazón me empezó a palpitar muy deprisa. Sentí mis bragas húmedas y esa fiebre apoderándose de mí… La gente pasaba casi a nuestro lado mientras yo tenía su polla en la mano a punto de estallar, él metía sus dedos en mi coño y nos besábamos delirantes. Mi grado de excitación estaba al límite... Me corrí. No pude hacer nada para evitarlo. Ahogué mis gemidos en su boca y me estremecí una y otra vez contra su pecho. Sus ojos brillaban enfebrecidos… Le susurré:

Vámonos a tu casa por lo que más quieras. Me tienes loca. Necesito que me folles toda la noche…ya

Volvió a tirar de mí para ir a su casa pero estábamos tan cachondos que nos fuimos parando en los portales, en los callejones, en el capó de algún coche, en los escaparates de las tiendas…para besarnos y meternos mano, para seguir con aquella euforia fugitiva, con esas ganas de follarnos el uno al otro allí mismo y a cada momento, hundidos en el morbo de ser pillados, gozando de nuestras prisas y nuestra excitación. Derretidos en nuestro deseo.

Por supuesto llegamos a su casa y nos devoramos vivos. Por supuesto pasamos la noche aplacando aquellas ansias, follando a saco. Por supuesto fue una noche espectacular.

Me encantan los tíos que me dan noches así…

martes, 11 de septiembre de 2018

OASIS

Photo by John T on Unsplash

Te siento como un oasis donde descanso un poco, o tomo fuerzas o me sonrío. A veces me siento llena de grietas por donde se van colando trozos de mí que me duelen, pero otras te siento cerca y vuelvo a confiar en que la gente, alguna, merece la pena, entonces sé que va a venir todo. No sé el qué. Todo. Y descanso.

Cierro los ojos y oigo música, no sé de dónde sale, si del tren o de mi cabeza, la música me recuerda que hay escenarios hermosos y que aún, en los lugares más recónditos, es posible la belleza. Me acerco a ti y te beso, aún vamos en ese vagón de metro y tus susurros caen a borbotones sobre mi cuello. Mi beso es una explosión sobre tu boca. Nuestras lenguas se enlazan en una danza sincrónica y predestinada a la lujuria. Tu polla roza mis muslos y la deseo tanto dentro que me parece que todo mi ser se retuerza sobre sí mismo.

Tu olor me está volviendo loca. Me provocas muchísima ternura, desde la primera vez que hablé contigo, pero aún me provocas más lujuria que ternura... Es algo que puja dentro de mí y lucha conmigo, porque quiero algo más de ti que tu sexo, no sé bien qué, quizá algo que trasciende y se va haciendo grande, profundo, espeso. No me alcanzan las palabras para explicarlo, pero es algo que tiene que ver con la dulzura y la vida que llevo dentro, algo tan mío como mi aire, como mis sueños, como el modo que tengo de vivir mis días o de comer o de hacer las cosas.

Me das la vuelta, me aprietas la cintura y tu lengua apenas roza mi oreja, tu mínima caricia provoca un incendio entre mis muslos. Me estremezco. La música es aún más clara mientras crepito. Acerco mi culo hacia tu pelvis, aprietas mis caderas, buscas mis tetas, pellizcas mis pezones y un gemido roto salpica mis labios. Quiero que me folles, ahora, en este instante de impudicia, fuera de mí, lejos de este mundo que me duele y que, en el fondo, sé que no existe. Quiero que me folles y crear un espacio único donde estemos solos, absolutamente solos para encontrarnos, ambos, en medio de ese placer que nos damos. Solamente tú y yo y el placer. A la mierda la crisis, la familia, a la mierda los dolores de cabeza, los nervios, la funcionaria del inem con cara de gilipollas, las prisas, el encargadillo tonto del culo que siempre está tocando los cojones, a la mierda el mundo y su puta madre. Solos tú y yo, encerrados en una nube de gusto, en la belleza de sentirnos a nosotros mismos a través de nuestros cuerpos…

Noto tus dedos arrastrando el leve peso de mi falda y la caricia rasgada de mis medias cuando tiras de ellas hacia abajo. Todo el vagón nos mira sorprendido. Sus miradas se clavan como agujas en un muñeco vudú pero nosotros follamos ajenos a sus ojos, indiferentes a ese mundo para quien somos insignificantes. Me apoyo contra el vidrio del ventanuco de la puerta y veo un universo oscuro delante de mis ojos. Tu rostro se refleja en cristal, tus ojos turbios, tu gesto de lujuria te delata. Tu polla me penetra al tiempo que se nubla tu mirada. Y juro que te deseo con el mismo ímpetu.

Ya dentro de mí te mueves en mi agujero como un animal poseído por las fuerzas del infierno.  Recorremos toda la línea 9 y entre estación y estación nos quedamos solos, ausentes en el rumor de nuestros cuerpos enredados y calientes, organismos subterráneos que se conocen entre besos, saliva, ganas, fluidos, vaivenes… Tu polla es una exaltación a la constancia, va y viene como una marea viva que me llena de ti y de todo cuando necesito del mundo. Y un placer inmenso resucita mis ganas de vivir y de ir contigo al infierno.

Sales de mí y vuelves a entrar acoplándote a mi sexo como un  devoto enfurecido por la fuerza de su fe en el calor de mi coño. Y entras y sales con el mismo vigor con que el tren nos sacude y nos azuza.

El tren grita trepidante y chirría ocultando mis gritos de placer. Sí, te gusta oírme gemir,
y el sonido de mi voz cuando grito de puro gusto, sí, te gusta sentir que me sacas orgasmos a golpe de polla y ganas. Aprietas más. Deseo tu leche. Me muerdes el cuello mientras sigues follándome de pie, a traición, por la espalda…hasta estar seguro de que el sonido de mi gozo suena en los muros del averno.
Me doy la vuelta, tu polla gotea tus apetitos. La meto entre mis tetas y te miro, no dejo de mirarte ni un momento, no me pierdo ni un momento tu mirada exuberante. Te muerdes el labio, te rozas contra mis pechos, adelantas la pelvis. Que mejor refugio para tu polla que el abrazo de mis tetas . Abro la boca. Despacio, con todo el cuidado, ajustas tu rabo entre mis labios. Te deslizas suavemente sobre mi lengua, el sabor metálico de tu verga me vuelve aún más peligrosa. Un chasquido de gusto me quiebra la columna. Jadeo. Me ahogas de polla y ganas. Me agotas de ti y de tu celo. Me agarro a tus piernas y ya solo deseo perderme contigo en esta maraña de lujuria que siento, en esos golpes que siento en el pecho y que me parecen por momentos los cascos de un caballo purasangre galopando sobre mí. Me follas la boca. Usas mi boca para darte gusto como un cabrón lascivo y siento un ardor extenso en los riñones. Algo sube por mi cuerpo al tiempo que tu rabo tienta mi garganta . Aun no lo sé pero eres tú, es tu placer converso en algo mío. Magia, es magia.

Te mamo la polla como lo haría un corderito, convencida de que antes o después me darás lo que ya es mío. Y sí. Llega. Tu orgasmo llega mojándome de ti y tu esperma se derrama por mi cuerpo,  sobre mi pecho, sobre mis labios, sobre los rizos de mi pelo.

Entramos en un túnel, cierro los ojos, todo es cálido y oscuro, no quiero salir de él ni de ti. Sí, definitivamente la música es más clara crepitando. Me abrazo a ti y sé que sí, que eres un oasis en medio de esta nada…


martes, 4 de septiembre de 2018

LA ESENCIA



Me gustaría decir que he vuelto tanto como poder decir alguna vez: “estoy viva”. Cuanto más pienso sobre ello, y sobre cualquier cosa, más convencida estoy de que no tengo convicción alguna sobre ninguna cosa.
Es verdad que el sexo, como la música, como la comida, como los ríos salvajes o las olas gigantes tienen un efecto en mí alentador. Cuando el verde de las hojas traspasan mis pupilas y puedo oler su color, es entonces, cuando sé que sí, que hay una vida en mí. El resto del tiempo vivo, como casi todo el mundo, acunada en los aburridos brazos de la rutina. En piloto automático. En la nada.
Incluso muchas veces lo que quiero es morir, desaparecer o, al menos, dejar de sentir cosas sobre las que no tengo ninguna injerencia.

Creo que me quejo demasiado para la vida de puta madre que me ha tocado vivir. Creo que he tenido la suerte de vivir en una parte del mundo en el que para ser mujer puedo decidir bastantes cosas. Pocas. Pero muchas más que la mayoría de las mujeres del resto del planeta.
Aún con todo, creo que las cotas de libertad de la mayor parte de los seres humanos se reduce a poder elegir entre plátano o piña, y poco más. Sinceramente creo que la mente humana no está conformada de manera que podamos decidir absolutamente nada, así, en serio. Más bien vamos dando saltos o tumbos de decisión en decisión, inducidos por los caprichos de una mente para la cual, lo único que prima es la supervivencia. A tu cerebro se la sudas. Le da igual que te guste Bach, que quieras estudiar medicina molecular o que quieras ser tan rico como Amancio. Pero te obliga a tomar decisiones sobre las que es posible que discreparas si te hubieras dado cuenta de que no las has tomado tú.

Y, en cambio, hay en todo esto una ilusión maravillosa. O, al menos, un delirio que nos hace sentir maravillosamente bien. Hay un ente, algo, alguien escondido en la profundidad de nuestro organismo que mete la mano en el fango, bien hondo, y remueve el lodo de lo que somos para sacar limpiamente nuestra esencia. Algo a través de la tierra, del golpe de un trueno, del zaca zaca de nuestras caderas, de esa baba que gotea desde alguna caricia, algún ser.
Sí, el sexo, me hace sentir bien. Y hay muy pocas cosas que me hagan sentir así: limpia, animal, yo, mía. (Sí ya sé que todo esto también es provocado por mi cerebro, pero me mola)

Desde que empecé a escribir el blog de “Puta Inocencia”, creo que sobre el año 2008 y que luego cambié a este, “Los cuentos de la chica mala”, he observado un retroceso. Un cambio. No sé si soy la única.
Yo creía que con la llegada de Internet y el boom de los blogs, de la información en general, se normalizarían algunas cosas. Puta Inocencia.
En cambio, he observado que en lugar de eso, se está distorsionando la visión de lo que es el sexo. Y para mí la visión es que no hay visión. No hay una forma correcta de follar. No tienes que follar como el todo el mundo. Ni siquiera “tienes” que follar.

Para mí lo bello del sexo, es esa libertad para poder elegir plátano o piña. Sin eso, se transforma en algo banal, feo, normal.
Acudir al porno es casi como ir a misa. Sí. Ya sé que suena perverso. Pero es que yo tengo esa sensación. No hay nada de creativo en ello. Si el porno alguna vez ha sido arte, que no lo sé, aunque yo sí se lo suponía, se ha convertido en una mecánica tediosa que oculta el SEXO.
Por otro lado cada vez observo que la gente es más retrógrada, que cada vez más personas se echan las manos a la cabeza por ver el pecho de una mujer o su vagina o un pene o, incluso, una actitud (que casi es peor). Si la desnudez de las personas te aterra más que toda la bazofia espíritu-capitalista que te venden cada día sin llegar a buscar jamás tu propia sexualidad, tu esencia...me das mucho miedo.

Por eso me debato entre seguir escribiendo mis relatos en este blog, o en otro, o destruirlo.

Solo quería comentar estas reflexiones. Seguramente migre el blog a Wordpress. Si es que he vuelto, que aún no lo sé, seguiré escribiendo allí... Ya veremos si no me lo cargo todo. Destruir también tiene un efecto alentador en mí. ¿Y en ti?


lunes, 23 de abril de 2018

EL BUS

Photo by Jed Villejo on Unsplash

Estoy mortalmente aburrida. Odio los putos lunes. Odio las aceras mojadas y ese siseo silencioso de los transeúntes arrastrando sus pies hacia el trabajo. Detesto el traqueteo del autobús y las ojeras de las chicas que conversan cansinamente hacia la escuela de Magisterio. Me aterra la perspectiva de toda una semana nueva para hacer de todo menos lo que más me gusta: perder el tiempo.

Creo que estamos hechos de cosas pequeñas y periódicas. O ,en todo caso, todas esas cosas diminutas crecen y se extienden en algún lugar inexacto e intangible de nosotros hasta, realmente conformarnos, hacernos. Últimamente hago mucha vida en los autobuses. En los autobuses puedes pensar, hacer planes, observar y sentir, puedes leer, repasar apuntes, tomar notas para escribir esto o lo otro, incluso puedes llorar. Es de los pocos sitios donde puedes llorar a moco tendido sin que nadie te pregunte qué te pasa o te insista en que no lo hagas. A mí me gusta mucho llorar cuando está a punto de amanecer. El bus sube hacia mi destino, renqueando, quejicoso y adormilado. Y lloro despacito, sin melodramas ni dramatizaciones, solo dejo que todo lo que me perturba me afecte hasta el punto de conmoverme lo bastante como para ponerme a llorar… entonces lloro mi silencio y esas penas pequeñas o grandes que todos tenemos por dentro y nos van horadando despacito en forma de acomodada rutina.

Es curioso como los viajeros nos acompañamos en nuestras inercias. Siempre sube la misma gente, a la misma hora, casi siempre ocupan los mismos asientos y se acomodan de la misma manera. El chaval con los cascos a todo volumen que se sienta atrás del todo con la intención, supongo, de no ser molestado para ir dormitando casi todo el recorrido, el grupo de niñas que estudian Magisterio junto al Seminario, cuyas risas parecen nubes de estorninos y cuyo olor debe llegar hasta los seminaristas en forma de brea pegajosa y volcánica, la parejita de raperos que se van haciendo caricias y dándose besos pequeñitos todo el trayecto o yo misma apostada junto a la ventana observando este micromundo del autobús con la misma curiosidad que un científico se acercaría a su microscopio.

Pero esa forma que tiene la gente de ajustarse a sus costumbres termina haciéndose aburrida, consonante, mecánica y pareciéndose jodidamente a los Lunes.

La única cosa que alivia esta pesadez, esta inercia expelida como una náusea desde el domingo, este mareo constante que gravita bajo mis pies, advirtiéndome que puedo hacer lo que quiero, es él. El macizorro con el libro en mano, con su perpetua lectura y esas manos que le sospecho fuertes y aparentemente tan suaves. Mirándome con ese gesto serio y esas ojeaditas furtivas a mi escote por encima de su interminable libro, le he visto leyendo autores tan variopintos como Stieg Larsson, Auster, Murakami y algunos otros. Empezó a fascinarme cuando le pillé leyendo a Dostoievski, creo que eran Los demonios pero no estoy muy segura, aunque ahora está con El señor de los anillos y con eso ha perdido algunos puntos (aunque no llego al extremo de una amiga que dejó de salir con un buenorro solo porque le pilló leyendo a Dan Brown). Sí ya sé que hay gente que le encanta la épica de Tolkien y la mágica elaboración de toda su mitología, a mí me produce el mismo mareo que los Lunes.

El caso es que esté sentada donde esté, le observo a hurtadillas y espero, aguardo el momento en que él levanta la vista por encima de Frodo y Gandalf y me mira y ambos apartamos la mirada para volver a reunirla en un espacio indefinido entre su campo visual y el mío, al mismo tiempo, como si fuera cosa de la casualidad que nos mirásemos. Y en esa milésima de segundo imagino todo tipo de experiencias con él, obscenidades que anhelo infinitamente que salten por encima del brillo de mis ojos, suspiro secretamente porque él se haga consciente de mi deseo e imagine el modo en que se acumula entre mis pliegues y mi carne, aprieto los muslos y empiezo a sudar y, entonces, todo se detiene.

Le imagino desabotonando despacio mi blusa mientras me mira a los ojos susurrándome sobre los labios: - Shhhhh, no te muevas. Cesan las risas de las niñas de Magisterio, se para el ipod del chaval que se queda siempre dormido y hasta el motor parece atrancarse. Me tiemblan las piernas al tiempo que él me besa suavecito, y abre un botón, y me vuelve a besar, y abre otro botón y va bajando son sus besos por mi cuello llenándolo de labios y saliva e infectándome con sus ganas y su exceso todo el cuerpo. Después tira de la correa de mi pantalón, sacándolo de un solo gesto, yo también se los saco a él y se roza contra mí y siento su piel cálida y salpicada por el deseo. Me ata con el cinturón a una de las barras del bus, mientras el mundo entero se halla pétreo y estático, mientras el aire se cuaja en mi garganta y mi sangre parece volverse de mercurio. Entonces pasa sus palmas abiertas dócilmente por todo mi cuerpo, apenas si me toca, pero puedo sentir el calor seco de sus manos descendiendo por mis caderas, sus dedos sedientos de mí palpando mis pezones, el tacto de sus huellas recorriendo mi cintura, acercándose a mi sexo. Mi cuerpo responde a su propósito, se arquea ante su presencia, se dobla y se retuerce ante él, como si manejara unos hilos desde arriba. Es extraño como el deseo nos hace perder la compostura, ya no hablo de educación ni de buenas maneras, si no de la percepción del mundo, de cómo un cuerpo puede volverse otra cosa distinta a lo que es con intenciones que no son propias ni de nadie, quizá de algo que puede hacerse a partir de dos personas, pero que no eres tú ni él, solo ese algo suspendido a partir de “nosotros”. Y lo siento mordiéndome las piernas, ascendiendo por mis vértebras, afilando mis contornos, enganchándose a mi vientre, y cuanto más crece, más quiero, y cuánto más quiero más y más crece, mi pelvis se mueve sola adelantando mi sexo como si lo hubieran rellenado con un alien frenético y libidinoso, doblando mi talle hacia él, hacia sus manos. Y a dos escasos milímetros de mí siento el alma de sus dedos y el aura de su calor casi tocándome la piel. Se sonríe. Se sonríe con esa sonrisa de cabrón con la que me lleva mirando desde septiembre. Y en ese preciso instante lo deseo más que nunca. Y comprendo que me ata porque si no me precipitaría sobre él como una alimaña en busca de su almuerzo y todo lo que soñamos en ese instante en que nos miramos se acabaría en ese momento.

Entonces atada a la barra de arriba, me agarra por las caderas, me coge el culo, aprieta mis nalgas, las abre, y pasa su polla por mi coño despacito, haciéndome sufrir la dulzura de su rabo, hiriéndome de ganas, haciéndome consciente de su dureza y su impudicia, y abre mis labios con su rabo para acariciar esas porciones de mí desatendidas por apetitos más vigorosos o apremiantes o quizá solo más negligentes, e impregna su prepucio con la humedad de mis urgencias mientras me oye gemir con la voz rota: “ohhhh, fóllame, fóllame por lo que más quieras, quiero sentirte por dentro” Pero me mantiene así un rato largo. Me mantiene excitada lamiendo mi cuerpo o besando mis rincones o rozando su polla contra mi coño para que yo pueda distinguir ese momento preciso del “nopuedomás”, porque así me sabe suya y a su capricho, porque le gusta observar mi placer y mi cara de gusto y el modo en que se quiebran mis palabras entre agónicas bocanadas de oxígeno.

Entonces atada a la barra de arriba me clava contra él, contra su polla enhiesta y lustrosa. Me atraviesa, me parte, me enfunda y siento su poder. El poder de un hombre, de todos, dentro de mí, hablándome desde dentro, susurrándome todos sus secretos, llenándome de vida y de sueños, inflándome de fantasías y de vicio. Lo siento ascender desde lo más hondo de mí, desde lo más insondable e incierto, lentamente, como un topo se dispondría en su escondrijo, como el mundo mismo se acomodaría para rehacerse después de haberse partido. Y lo hace. Nace en mí. Me llena de luz y de magia, de todo lo que soy y lo que quiero ser. Siento su placer brotándome desde dentro, siento mi coño agarrándolo para dotarle de más gozo y mi cuerpo como un instrumento perfecto para ese placer suyo, como si desde el principio de los tiempos se hubiera preparado este momento y todo fuese, sencillamente, como debe ser. Así lo siento, ascendiendo más y más. Su polla acoplada a mí descargándose de fluidos y elixires, de gozo, de dicha. Mi coño articulándose en él, hasta que algo inmenso revienta, como un estallido que me alcanzara desde dentro, desde él y puedo sentir su caricia vibrando conmigo, haciéndome, restaurándome en ese movimiento de carne y ansia y placer, hasta que va disolviéndose lentamente…hasta que soy capaz de observar como se disgrega y se detiene, sosteniéndome en un mínimo parpadeo mientras nos miramos y el mundo sigue detenido en ese autobús, y las niñas de Magisterio pierden su clase de “Sociología de la Educación” y se oye al final del autobús los resuellos del chico de los cascos y el mundo se ha hecho Lunes y hombre y mis muslos aprietan contra sí el maravilloso tacto humectante de mis bragas.


lunes, 6 de febrero de 2017

TORMENTA PERFECTA








Dijeron que la flota quedaría amarrada, que había que atar todo lo que pudiera volar, que llegaría a una velocidad de ciento sesenta kilómetros por hora, que se trataba de una ciclogénesis explosiva, la hostia, la tormenta perfecta.

Dicen que el peligro es una espita del deseo, que toda esa adrenalina que produce el miedo hace que uno pueda enloquecer de impudicia y lujuria… No lo sé, solo sé que el viento empezó a golpear los cristales como nunca, que arrastró agua y barro y peces muertos, que parecía que iba a levantar la casa sobre un cuerno de infinito poder, que ahí afuera alguien soplaba una trompeta como si fuera el mismísimo diablo y que parecía que llegaría el puto Apocalipsis de un momento a otro.

Creo que por eso ambos nos buscamos por la casa, sin mediar palabra, como si nuestros cuerpos supieran de antemano qué había que hacer. Nos arrancamos la ropa y comenzamos una cópula frenética y desesperada. Medios desnudos nos besamos, veloces y violentos, absortos y perversos, apresando nuestra carne con desesperación, sin tiempo para sensualidades ni preliminares.

Yo sentía mi piel como un artefacto capaz de captar esa energía que flota en el aire antes de un desastre, esa tensión, esa masa crujiendo en silencio, esa electricidad agónica doblándose sobre sí misma. Yo sentía mi cuerpo a través del suyo en una disociación mutua, en un combate cuerpo a cuerpo. Mezclando nuestras lenguas, enlazadas en piruetas dignas del mejor contorsionista, tratando de alcanzar la médula de esa masa informe que elaborábamos con nuestra actividad. No se si el deseo tiene un epicentro, pero en ese momento era algo que había dentro de él, y lo quería, quería hacerlo mío, para comérmelo, para devorarlo o desmontarlo o destrozarlo, para morderlo con mi boca o apretarlo entre los profundos pliegues de mi coño. En ese momento era algo que yo poseía y protegía a toda costa de sus labios, de sus dedos, de esa polla furibunda que me asediaba como un ariete contra una puerta…

El cuerpo de un hombre me parece lleno de secretos que solo yo descifro, a pesar de todo lo que digan o lo que pueda parecer, a pesar de su supuesto sexo matemático y factible, a pesar de esa prodigalidad con que un hombre entrega su cuerpo y su placer, siempre, siempre me parece estar descubriendo algo recóndito y oculto, algo velado y más complicado de lo que apenas se observa en esa ruta a la evidencia. La punta del iceberg, la clave de una paradoja, es como esconder algo a la vista de todos, jamás hallarás algo tan bien escondido. Igual me complico demasiado, pero me encantan mis laberintos, ese salto mortal con doble tirabuzón… sobre todo cuando le oigo gritar de gusto, o veo su verga inflada por el vicio, cuando siento que ese placer me pertenece, cuando le hago mío, o le descubro vibrando de gozo con ese misterio que soy yo…

Pero no desee su placer ni el mío. Fue otra cosa. Una energía cósmica que nos llevaba a follarnos como bestias, transportados por un impulso oculto, fantásticamente poderoso. Sentí el influjo de mi animalidad, lamí avariciosamente los labios de su lujuria, su polla era un triunfo en mi boca que resbalaba de babas y obscenidad, supuraba burbujas preseminales que alimentaban animosamente mi lascivia, mi furor, mi hambre y toda su hambre, su furor y su lascivia escurrían desde su polla a mi saliva ahogándome en una maravillosa simbiosis libertina.

Su lengua me parecía un dragón adentrándose en mi raja, retorciéndome en cálidos temblores, soplando desde dentro de mis venas, haciendo saltar chispas en las grietas de mis neuronas. Sentí sus dedos apresándome los muslos y el ansia de su boca pegando lengüetazos en mi coño, como una fiera sicalíptica y ávida de las secreciones de mi sexo. Ambos enloquecidos por el forcejeo indiscutible del delirio, ambos enroscados como serpientes en nuestro particular Muladhara.

Me babeó, me mordió, me hurgó, me usó y me traspasó de sexo y fuerza y macho y yo adoré ser una mujer vencida a su placer, y me clavé en él y le chupé, y le escarbé y me gocé en él como si fuera el último de mis días.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me folló sobre la alfombra roja, su polla me traspasaba y yo casi deseaba una herida, un dolor, como si de ese modo pudiera penetrar en lo insondable, en toda aquella masa informe de desenfreno. Sentí su rabo atravesándome el coño y mi agujero adaptándose a su polla mientras un latigazo suculento subía desde mi culo a mi columna, sentí la robustez de sus manos hundiendo mis lumbares y no alcanzo a comprender como mi espalda pudo soportar todo el peso de ese gorila follándome, con toda la energía de sus cojones, sin quebrarme. Sus gritos inundaron mi cabeza, jamás le había oído correrse de ese modo, aspirando cada suspiro en una maraña de voz y aire, sus dedos trataban inútilmente de agarrarse a mí en medio de aquel paroxismo, sus huevos chocaban furiosamente en mi culo, zas, zas, zas, pude sentir cada una de sus convulsiones encharcándome con su semen orgánico.

Y, entonces, un trueno estalló en mi cabeza disgregándome en átomos de luz, y placer y hombre, vientos rugiendo dentro de mí, todo el ardor de mi femineidad, toda la bravura de la tormenta estallando en mi coño en moléculas de color y gozo, rezumando por mis muslos, alcanzando los cristales de las ventanas en forma de gotitas de aliento y rocío, las paredes reteniendo mis gemidos,  y mi cuerpo goteando sudor y flujo y esperma…