jueves, 12 de junio de 2014

ABRE LA BOCA








Los viernes por la noche son contradictorios, prometedores pero cansinos, luminosos pero algo decepcionantes...claro que siempre queda el sábado como último cartucho.

Madrid me miraba con cara de chuloputas desde su calor y su prepotencia. Miré los mensajes del móvil y me sonreí. No tenía ganas de quedar, o mejor dicho, el tío que me apetecía no estaba disponible (quién sabe...quizá seas tú el tío disponible).

Al llegar a casa me descalcé y me quedé con unas bragas y una camiseta. Pensé en escribir algo y acostarme pronto. Me puse un copazo y destapé un tarro de banderillas (sí...me molan las banderillas). Abrí un enlace de vídeos porno. Algunos vídeos me fascinan por su estética, otros por su simplicidad, me gustan mucho los videos de mamadas. Hay pocos videos porno que me pongan por los tíos , no sé si le pasará a alguien más pero si fuera director de porno me lo haría mirar...ah bueno y también me molan los vídeos de bdsm. En general el porno que más me gusta es el amateur, sobre todo cuando es cutre, no por cutre sino cuando por lo cutre se le nota el amateur.. (puede que esto ya lo haya contado alguna vez...he contado tantas cosas...)

Como estaba algo triste me puse a Janis (a Joplin, se sobreentiende) . Me gusta oír a Janis cuando estoy triste, siempre pienso: “ Esta hijadeputa estaba más triste que yo , pero cómo cantaba la jodía” Hay un dolor evidente en la voz de Janis, pero también una alegría oculta, algo que ella disimulaba, o que yo creo que disimulaba o, sencillamente, que quedaba disimulado debajo de su tristeza. A mí me gustan esas cosas escondidas en la evidencia, ese algo que solo yo soy capaz de captar. Puede que la gente especial, como Janis, quede hundida en la tristeza de este mundo, como cuando caes en aguas pantanosas y terminas irremediablemente en el fondo del fango porque no se ve tu verdadera esencia... pero esa alegría sobrevive, o esa forma de hacerse grande, no sé.

Estuve vagando de aquí a allá. No tenía ganas de escribir. Entendí por qué a esto de sentarse delante de un ordenador y no hacer nada le llaman navegar. Me puse otra copa. Visité varios blogs que me gustan. Abrí mi messenger. Lo cerré. Fui a varias webs de fotos. Volví a abrir el messenger.

- Hola
- Coño ¡cuánto tiempo! ¿donde te habías metido?
- Por ahí...
- Pues hacía un montón que no te veía... ¿Sigues con tu blog?
- Así, así... tengo poco tiempo últimamente
- ¿ Y sigues quedando con gente?
- Así, así...tengo poco tiempo últimamente...
- Echo de menos tu risa. ¿Qué haces?
- Nada, pensaba ponerme a escribir pero no tengo muchas ganas, estoy tomándome una copa y viendo videos...
- Buen plan...
- Será para ti...
- ¿Y qué estás viendo?
- Porno
- ¿Te mola el porno?
- Lo que más.
- Jajajaja , que jodía, nunca sé cuando hablas en serio
- Yo tampoco, corazón, yo tampoco, pero sí que me gusta. Anda cuéntame ¿qué es de tu vida?

Estuvimos charlando un rato y riendo, hablamos de amigos comunes, de historias, de viernes aburridos, de libros, de música, de sexo, de hombres, de mujeres, de líos.

- ¿Puedo proponerte algo?
- Claro, hoy puedes proponerme lo que quieras, otra cosa es que te siga el rollo...jajajaja
- Que mala ¿estás en Madrid, no?
- Hoy sí.
- Ya... ¿Quedarías conmigo? Tenemos una cita pendiente, hace muchísimo que no te veo, yo creo que más de dos años. Quiero decir, hoy, ahora...
- ¿Ahora? ¿Ahora mismo? Pero ¿chiquillo tú sabes cuántas copas llevo?
- Venga va, en una hora y poco podría estar en Madrid...no te preocupes por las copas, te paso a buscar.
- Calla, calla, bufff, que ya me estoy poniendo cachonda...
- ¿Sí? ¿Quedamos entonces?
- Vale
- ¿Vale? Mmmmm ¿Has quedado alguna vez con un desconocido en un hotel?
- Jajajajaja, que vaaaa, en mi vida, además, tú no eres un desconocido.
- Que cabrona. Bueno pero podría serlo ¿ entonces paso a recogerte?

Se hizo un silencio largo. Me gustan los silencios. Me gusta disfrutar de ese momento en que siento que está nervioso y duda de si le estoy tomando el pelo o realmente voy a quedar con él, ese instante me pone muy cachonda. Ese trance me pone a mil. ¿Calientapollas? Quizá. Mola.

- No, no hace falta que vengas a buscarme. Mejor quedamos en el hotel 3 Luces a la una. Quiero que me sigas el rollo. ¿Serás bueno conmigo?

Duda un momento. Sé que está cada vez más inquieto, más confuso, más excitado.

- Sí, haré lo que quieras.

Hago otro silencio a propósito. Un silencio extenuantemente largo. Pero él espera. Me satisface su espera.

- Bien. Quiero que llegues tú antes al hotel, quiero que me esperes en la cama, desnudo, con los ojos vendados y la polla bien dura. Como no tendré la llave dejarás la puerta arrimada para que pueda entrar.
- ¿Y qué me harás?
- Lo pensaré por el camino...
- Que hijadeputa eres. Me tienes durísimo. No sé si voy a poder aguantar cuando te vea.
- Sí, claro que aguantarás, aguantarás todo lo que yo quiera, o me iré.
- Zorra.
- Jajajaja

Cerré el messenger. Me di una ducha y me vestí. Le imaginé conduciendo con su rabo tieso y el corazón a mil mientras me pintaba los labios. Me sonreí.

Al llegar al hotel me esperaba tal y como le había pedido. Le saludé con suavidad. Estaba tumbado sobre la cama, su polla brillaba de ansia y se había puesto un foulard alrededor de los ojos. Le besé dulcemente los labios y pasé mi lengua por ellos.

- Abre la boca y saca la lengua...

Se la acaricié levemente con la punta de la mía. Le acaricié el borde de los labios y rocé los míos con los suyos.

- Mmmmm, me gusta tu polla así, bien tiesa – le susurré

Él iba a decir algo pero le cerré la boca con un beso, muy suave, muy cerdo, lamiéndole los labios, metiéndole la lengua, jadeando sobre sus labios

- Shhhhhh, shhhhh no digas nada...aún. Tengo un deseo.
- Cual – respondió él tímidamente
- Quiero que seas mi esclavo, que hagas o te dejes hacer lo que me apetezca.
- Joder me estás asustando, ¿te va eso de la dominación?
- Puede. Desde luego ahora mismo tengo ese deseo, la idea de poder hacerte todo lo que quiera me pone jodidamente cachonda. - Y resalté ese  j o d i d a m e n t e  todo cuanto pude.
- A mí me está poniendo jodidamente cachondo verte así de mandona.

Le agarré la polla con muchísima dulzura, acariciándosela brevemente y pasándole el dorso de mi mano y dejando que mis dedos la enlazaran y le hicieran cosquillas en la polla y en los huevos; contuvo la respiración y, entonces, apreté un poco más su rabo, lo sentía latir en mi mano, caliente, duro, vivo..

- Sí, sí, sí, quiero ser tu esclavo, esta noche jugaremos a tu juego, a lo que tú quieras...

Me separé de él un momento para observarle. Estaba tumbado y visiblemente excitado, sus ojos tapados y su boca ávida de mí. En realidad podría quitarse el pañuelo, agarrarme y follarme contra la pared en cuanto le diera la gana, pero no lo haría. Yo sabía que no lo haría, que lo que en realidad le estaba poniendo como loco era que ambos sabíamos que no haría absolutamente nada que yo no quisiera. Me dio mucha ternura que se entregara a mí de ese modo, me pareció vulnerable y terriblemente fuerte al mismo tiempo. Me mantuve en silencio y esperé.

Me parecía estar delante de un horno mientras sube el bizcocho, hinchándose lentamente, abriendo cada vez más sus esporas, sudando su propia calentura. Su pecho subía y bajaba. Su polla parecía que iba a estallar. El silencio se hizo mi cómplice. Después de un rato susurró:

- ¿Estás ahí?

No contesté y volvió a preguntar

- ¿Estás ahí? Di algo por dios...
- Shhhhhh

Avancé hacia él, me saqué la falda y las bragas y me subía a la cama, me puse en cuclillas sobre su cara.

- Abre la boca y saca la lengua

Volvió a sacar la lengua esperando recibir mi lengua de nuevo, supongo. Acerqué mi coño a su boca. Su lengua me pareció un animal resbaladizo y enérgico apresándome los labios. Él se dio cuenta de que lamía mi coño y gruñó como un cerdo, alargaba la lengua para llegar a mí más profundamente y yo movía las caderas adelante y atrás para darme gusto.


Se la acaricié levemente con la punta de la mía. Le acaricié el borde de los labios y rocé los míos con los suyos.

- Mmmmm, me gusta tu polla así, bien tiesa – le susurré

Él iba a decir algo pero le cerré la boca con un beso, muy suave, muy cerdo, lamiéndole los labios, metiéndole la lengua, jadeando sobre sus labios

- Shhhhhh, shhhhh no digas nada...aún. Tengo un deseo.
- Cual – respondió él tímidamente
- Quiero que seas mi esclavo, que hagas o te dejes hacer lo que me apetezca.
- Joder me estás asustando, ¿te va eso de la dominación?
- Puede. Desde luego ahora mismo tengo ese deseo, la idea de poder hacerte todo lo que quiera me pone jodidamente cachonda. - Y resalté ese  j o d i d a m e n t e  todo cuanto pude.
- A mí me está poniendo jodidamente cachondo verte así de mandona.

Le agarré la polla con muchísima dulzura, acariciándosela brevemente y pasándole el dorso de mi mano y dejando que mis dedos la enlazaran y le hicieran cosquillas en la polla y en los huevos; contuvo la respiración y, entonces, apreté un poco más su rabo, lo sentía latir en mi mano, caliente, duro, vivo..

- Sí, sí, sí, quiero ser tu esclavo, esta noche jugaremos a tu juego, a lo que tú quieras...

Me separé de él un momento para observarle. Estaba tumbado y visiblemente excitado, sus ojos tapados y su boca ávida de mí. En realidad podría quitarse el pañuelo, agarrarme y follarme contra la pared en cuanto le diera la gana, pero no lo haría. Yo sabía que no lo haría, que lo que en realidad le estaba poniendo como loco era que ambos sabíamos que no haría absolutamente nada que yo no quisiera. Me dio mucha ternura que se entregara a mí de ese modo, me pareció vulnerable y terriblemente fuerte al mismo tiempo. Me mantuve en silencio y esperé.

Me parecía estar delante de un horno mientras sube el bizcocho, hinchándose lentamente, abriendo cada vez más sus esporas, sudando su propia calentura. Su pecho subía y bajaba. Su polla parecía que iba a estallar. El silencio se hizo mi cómplice. Después de un rato susurró:

- ¿Estás ahí?

No contesté y volvió a preguntar

- ¿Estás ahí? Di algo por dios...
- Shhhhhh

Avancé hacia él, me saqué la falda y las bragas y me subía a la cama, me puse en cuclillas sobre su cara.

- Abre la boca y saca la lengua

Volvió a sacar la lengua esperando recibir mi lengua de nuevo, supongo. Acerqué mi coño a su boca. Su lengua me pareció un animal resbaladizo y enérgico apresándome los labios. Él se dio cuenta de que lamía mi coño y gruñó como un cerdo, alargaba la lengua para llegar a mí más profundamente y yo movía las caderas adelante y atrás para darme gusto.

Agarré un bote de lubricante con sabor a cereza y le eché unas gotitas sobre el pecho para que advirtiera su frescor. Le lamí los pezones y bajé con mi lengua hasta su pubis. Tenía los huevos encogidos. Apreté el tubo y eché un buen chorro sobre su polla. Esta resbaló con tanta armonía entre mis dedos que parecía que fuera a salir música de ahí. Su polla se deslizaba en mi mano acompasada y delicadamente. Acerqué mis labios a su polla, abrí la boca y saqué la lengua. La dejé pasar por su prepucio. Una vez, otra, otra, daba pequeñas lamidas para ponerle nervioso o dibujaba cuidadosamente con la punta su frenillo. Mi lengua subió y bajó varias veces por el tronco hasta los huevos y, finalmente, abrí la boca y metí su falo. Despacio. Lenta y muy profundamente. Tan profundamente que sentía mi garganta inflada por su polla y algunas lágrimas encharcándome los ojos.

- Dios, me matas, cómo mamas, cabrona, ohhhh, en mi vida...niña...
- No se te ocurra correrte. Aún.
- Para, por favor, que no sé si puedo aguantar.

Por supuesto, no paré. Seguí con mi mamada lenta y profunda, saboreándole como si fuera lo último que fuera a comerme en mi vida y me ponía loquísima con sus súplicas.

- Joder, joder, por favor, te lo suplico, para, por favor, que me voy a correr....

Pero no se corrió. Cuando le sentí que no podía más, paré. Me tumbé entre sus piernas y pasé las mías sobre sus caderas, abrí las piernas y dejé caer el lubricante sobre mi coño. El frío del gel me hizo dar un respingo de gusto, sentía aquella textura inundándome de cerdez, acaricié mi rajita para extender el gel, rocé mi clítoris untuoso y metí un dedo en mi agujero, luego dos, me pajeé delante de él, muy guarra, muy lúbrica, hacía ruido a propósito con mis dedos en el coño para provocarle: chofchofchof...

- Come.

Al incorporarse su polla rebotó contra su vientre. Me agarró los muslos y metió su boca en mi raja. Parecía una garrapata succionándome el coño. Despacio, muy despacio. Suave, muy suave. Como a mí me gusta. Su lengua me hacía caricias y encharcaba mis labios. Daba lamidas sobre mi clítoris, le daba golpecitos o apenas si lo rozaba con la punta de la lengua. No quería correrme. Quería prolongar mi placer cuanto fuera posible. Así que esperé. Aguanté cuanto pude, hasta que le supliqué que me follara. Necesitaba su polla en mi coño.

Me sujetó las piernas y las enlazó sobre su cintura y de una embestida metió todo su rabo en mi sexo. Le sentí tan duro que pensé que podría levantarme con ella. Salía y entraba lastimosamente despacio, podía sentir todo el recorrido de su polla dentro de mí, hasta que sentí que me iba a correr. Volví a parar.

Los dos respiramos levemente. Volví a echar lubricante en su polla, en sus huevos, en su culo, me encantó sentirle sucio y pringoso, saqué la lengua y volví a ponerla sobre su rabo, bajé despacio hasta los huevos, lamí su rafe, alcancé el perineo y él instintivamente abrió las piernas y elevó la pelvis. Introduje mi lengua en su culo. Daba lamidas cortas y rápidas, o más prolongadas y lentas. Le oí jadear fuerte y murmurar cosas que no entendí. Alcancé nuevamente el lubricante, unté mi culo con él y metí parte del dildo malva en mi ojete. Lo dejé ahí mientras seguía comiéndole el culo. A él le sentía fuera de sí, dejándose llevar por la inercia de mi puterío. Estaba cada vez más excitada y sentía como mi culo se dilataba de gusto. Me elevé hacia él.

- Coge el dildo con los dientes y sujétalo.

En cuclillas sobre su cara, el dildo se deslizaba dentro de mi culo acariciándome por dentro. Más que un placer físico era el morbo de esa dominación lo que me producía más gozo. Observar su polla a punto de estallar mientras sus dientes sujetaban el dildo como si fuera mi juguete, me producía un sacudida por dentro más allá del placer. Era más como un ataque de lujuria. Como una furia que me estaba creciendo por dentro. Pero una furia lenta, poderosa, fantástica. Yo sí que no pude aguantar. Me rompí en un maravilloso orgasmo que me hizo temblar y maldecir, una corrida que me hizo jurar y gemir y sentirme flotar sobre el Universo.

Estuvimos jugando hasta caer rendidos. La última vez que abrí los ojos comenzaba a amanecer. Jugamos con el pañuelo y con las perlas, usamos todos mis juguetes, acabamos con el lubricante. Me corrí varias veces por el culo y otras tantas mientras su polla sacudía mi coño rabioso. Él se corrió en mi boca, en mis manos y en mis tetas. Yo me sentía como poseída por mi desenfreno y exhausta. Las corridas por el culo son bestiales, a mí al menos me remueven de una manera única y me dejan agotada y feliz.

Y él...se busca en cada uno de mis cuentos...


lunes, 2 de junio de 2014

MARTA Y LA TEOLOGÍA





Marta siempre me penetra con sus frases contundentes y esa sonrisa de niña puta. A veces me pregunto cuanta realidad puede caber en una sola frase. Porque Marta tiene el don de llenar cada una de sus frases con una rotunda realidad: “Una polla sabe a un jodido culo, tía, y nada más”.  Le digo que eso va en gustos, que las que yo he probado me han sabido a gloria. Cualquiera podría pensar que a Marta le falta un poco de poesía y yo, en cambio, que cabalgo sobre cada una de sus oraciones como una diestra amazona, a la inglesa, tum tun tum tun tum tun, apretando el culo, conteniendo la respiración, enderezando la espalda, creo que hay algo mágico y lleno de poesía en esas frases clarividentes. Desde luego si hay algo que me mola de Marta es su total falta de tacto para decir lo que piensa. Pasa de retórica y de zarandajas.

Y así vamos pasando de un tema a otro mientras yo tropiezo cada dos por tres en su ajustada sonrisa. Hay personas con las que es muy fácil desnudarse. Y hablamos de hombres y sexo, y sexo sin hombres. Y hablamos de cosas muy duras descojonándonos de risa, por que cuanto más duro es un tema más hay que reírse. Eso Marta lo sabe, pero hay muy poca gente que de verdad sepa esto.


Luego me quedo suspendida en mis divagaciones al respecto, como que lo que tú le das a un tío en una mamada siempre es en progresión geométrica (sé que hay muy pocos que sepan que es la jodida progresión geométrica…pero aún menos qué es lo que se da en una mamada, cosas de la teología ) Y lo peor es que las mates se me han dado fatal siempre. Y que sé que esa progresión geométrica seguirá su curso perseculam seculorum, conmigo o sin mí. Pero que detrás de todo eso, y por mucha poesía que le busque, para Marta  hay una sola verdad indisoluble: una polla sabe a un jodido culo.


Pero siempre vuelvo a mí. Lo que yo doy es solo lo que busco. O debe serlo. Que mágico me parece hoy eso de conformar la realidad. Eso lo sé o no podría seguir. Sí que debe ser cierto que somos lo que pensamos. ¿Qué si no?


El caso es que mientras Marta hablaba, a mí me parecía estar observando a una Diosa (paso de religiones pero las Diosas molan) disertando sobre una especie de teología. La mística de Marta. El oráculo del culo. La polla sabe a culo.



Que lo sepas.


(La canción la subo porque a Marta le encanta...)


Este post ya lo había subido, pero es que hoy me he acordado mucho de Marta. Te echo de menos, cabrita, que lo sepas.

lunes, 26 de mayo de 2014

INSOMNIO


Me estremezco por las noches, ahora que soy feliz. Ahora es cuando no duermo y no, entonces. Hay veces en que siendo el mundo un lugar desierto y hostil puedo sentirme afortunada tan solo por un latido: el tuyo.

Hasta ayer, creía estar aquí siendo tan solo un testigo de mí misma, como si estuviera viendo una película sobre alguien que me importara muy poco. Tratando de recordar aquello que había vivido para relatar una parábola de lo que fui, de lo que iba siendo. Quizá con el propósito de ocultar a base de sucesos el vacío de no haberte conocido.

Y cuando vino la tristeza, la de verdad, la pena negra, el pozo oscuro y salvaje que hemos de vivir y sobrevivir y soportar, todos los secretos que articulaban esa pena me estallaron en la cara. ¿De qué sirve lo vivido cuando no eres? . Y ahora siento que eres el único secreto que merezca la pena. Una forma de última frontera.

Cierro los ojos y no dejo de oír en mi cabeza la canción de Jessica, ese compás distorsionado donde apareces con nitidez en medio de la perplejidad. Ahora existo en tu cuerpo, y te has incrustado bajo mi piel como algún tipo de hematófago para succionarme, no sé, algo que tengo y que de algún modo, no es del todo mío y que puede que vaya transformándose en nosotros. Quizá le supongo demasiado al amor, ¿pero sobre qué otra cosa podría tener esperanza?

Los días transcurren como algo virtual y apenas puedo sentirlos, cada momento es esperar el instante de volver a verte, de hablar contigo, de penetrar en ese pensamiento tuyo, tan genuino, tan auténtico, cada segundo es otro para volver a sentirte, de rozar tu piel aunque sea levemente, de aspirar tu olor, de verte gozar y sentir, de besarte o de lamerte o morderte, o de que me devores o hagas conmigo lo que te parezca, porque hay algo de mí que se ha muerto al llegar tú, algo inmundo, oscuro, pegajoso y tremendamente destructivo, así que ya no puedo temer nada de lo que tú puedas hacerme más de lo que puedo temerme a mí misma. Aún no te conozco y, en cambio, no deseo otra cosa que poder ponerte bajo mi lupa y verte. Ver lo que, en realidad, eres. Sopesarlo, medirlo, experimentarlo, vivirlo. Vivirlo.

Te deseo en un nimbo de temblores donde se mezcla la lujuria, el amor, la curiosidad, la complicidad, lo brutal, ese abismo oscuro e infinito que somos cada uno y que no mostramos jamás a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, todo eso que enterramos en nuestra narcótica esencia porque creemos que nos mataría. Te miro y te veo con claridad y cerrazón al mismo tiempo. Sé que te miro bajo el prisma de aquello que deseo, pero al mismo tiempo te deseo por cuanto veo de ti.

En mis sueños me haces el amor dulcemente, como aquella primera vez donde quizá, sin querer, nos encontramos. Y tu dulzura evoca lo feroz porque solo se puede abrir la caja de Pandora desde la inocencia, y la curiosidad es cándida e imprudente como un niño pero también aterradora y atroz.

Te sueño en mi insomnio cada noche y cada sueño es la trayectoria de una honda lanzada desde lejos. Se precipita sobre mí sin que pueda hacer nada para evitarlo. A veces eres dulce y suave como tu piel, me acaricias la espalda y rozas mis labios con cuidado, parece que temieras que me deshiciera como un castillo de arena, otras tus besos se enturbian y se dejan llevar por lo que también eres, una bestia, un instinto, un hombre. Entonces me besas con violencia y me arrancas los besos y la ropa.

Te percibo en mis delirios con claridad. Cerca. Y deseo ser tuya como no he sido jamás de nadie. Deseo que me beses o acaricies, que me aprietes, que me azotes, que llegues a mí en tu incandescencia, en tu modo de sentirlo todo, de caer en todo cuanto amas, porque estando contigo puedo sentir esa luz tuya de ser con el mundo, y adoro todo cuanto me hace sentir esa luminaria.


Te descargas en mi vigilia como un rayo y te siento a fogonazos de luz, trueno y temblor. Me miras desde dentro de mí, como una rendija hacia ese universo que soy, que puedo ser. Y aquí, dentro, pasa todo.


En estos flashes de realidad te evoco o te deseo. Tus dedos acarician mi rostro mientras tus besos se desbordan sobre mi piel. Me muerdes la boca, lames mi lengua, buscas mi esencia en una extraña pirueta de lengua, saliva y ansia. Mi espalda se arquea y tus caderas se adelantan hacia mí. Me siento distinta, plena, como si volviera a descubrir el sexo. Esas ganas inmensas de follar y hacer el amor, y de hacer el amor y follar en un bucle sinérgico cuya consecuencia es mi delirio. En esos destellos de ti, te abrazo, siento tu cuerpo (y tu mente) como un ente creado para mi gozo. Te como la polla despacito, dándome tiempo para deleitarme en la forma que tienes de mirarme, para detener el tiempo en esos gemidos profundos y cortos que haces como para recrearte en lo que sientes, tu rabo crece en mi boca y en mis sentidos, me impaciento de ti y de tu placer, casi puedo sentirte como si fueras tú, casi puedo sentir el placer que te producen los movimientos de mi lengua en la piel de tu prepucio, el escalofrío que te recorre, el deseo de correrte, de follarme la boca, de follarme viva, la necesidad de descargar tu leche en mí cara, en mi lengua, las prisas por hacerme tuya. Puedo sentir tu cariño y la necesidad de quererme, y puedo sentir mi pasión en la boca y entre las piernas, hasta agotar todas las formas que conozco de comerte la polla.


En esas flechas de energía te encuentro follándome como un poseso, con la cara desencajada por tu lujuria y los ojos mirándome dulce y entregado. No puedes imaginar como me conmueve tu ternura, esa dulzura que temes y que escondes pero que me muestras furtiva pero constantemente. Te reclinas sobre mí , abro las piernas, o se abren solas porque saben que vienes, metes tu polla en mí, dentro, dentro. Me llenas, me abres, me retuerces. Mi coño se estruja contra ti, te ama, te necesita. Me follas como un animal , subes mis piernas, las enredo en torno a ti, me doblo, te sufro, me derrito. Algo por dentro retiembla, debajo de mi ombligo, me arden los riñones y siento un frío inmenso en la nuca, tus caderas continúan abrasándome el coño, el placer crece y crece, te miro, me pellizcas los pezones, metes un dedo en mi boca, lo lamo, me corro como si mi éxtasis hirviera en un caldo infernal haciendo burbujas. Me quema tu placer y gimo como si estuviera muriéndome de ti.

Mientras no duermo, te pienso de mil maneras. A veces usándome, a veces usado.
Te pienso sexual y te sueño amoroso, te deseo animal y te amo tierno. Y en la mezcla de ambos te voy encontrando y conociendo. Algunas veces me atas, o dejas abiertas mis piernas, me dejas expuesta y vulnerable, extiendes el tiempo como si fuera un jodido tirachinas y cuando menos lo espero, zas, disparas. Creo que vas a azotarme, y sí, alguna vez me azotas pero otras me das placer, y en esa confusión enloquezco de cerdez. Acaricias mi piel y luego la azotas, me follas duro o suave, me follas la boca o el coño o el culo, a tu antojo, y me siento tan tuya que tengo ganas de gritar para que todo el mundo lo sepa. Soy tuya. Tuya, tu perra, tu juguete, tu bicho, tu experimento, tu amante...
Te sueño como algo mío, como ese insecto al que puedo arrancarle las patas y ver como se retuerce mientras lo hago. A veces experimento con tu dolor, otras con tu placer. Te doy o te quito a mi antojo y me voy volviendo una puta zorra ansiosa de ti, de todo cuanto puedas sentir bajo mi pie, y adoro sentirte entregado, sometido, mío.


Te imagino atusándome los rizos, haciéndome mimos y caricias, apretándome contra tu pecho, musitando cosas sobre ti, o sobre mí. Y me hundo, definitivamente, en tus cariños, en tu voz, en los latidos de tu corazón, en el aire que vas respirando conmigo...


Pero no te detienes, sigues besándome, acariciándome, follándome, pellizcándome, amándome. Me doblas, me colocas a cuatro patas, vuelves a follarme, me buscas de lado, de pie, buscamos posturas imposibles conducidos por la concupiscencia, y me corro en cada una de ellas y en cada una de ellas te amo y me amas. Y sentir tu amor es todo cuanto necesito para saber que no es un sueño, que no voy a despertarme, que jamás he estado más despierta.


lunes, 12 de mayo de 2014

LA ENFERMERA







Fue comenzando el verano. Ya no tenía clases ni curro ni nada concreto que hacer. Pasar de estar todo el día ocupada a aquel estado contemplativo me dejó algo noqueada. Aquellos días estuve como ausente. No tenía ganas de hacer nada de lo que habitualmente hago. Las tardes iban cayendo una tras otra mientras lo esperaba sin hacer ninguna cosa. Había días que me los pasaba enteros paseando desnuda por la casa, masturbándome en el baño, en la cama, tendida en el suelo, probando nuevos modos o fantasías distintas, experimentando con mi cuerpo mientras a través de la ventana me llegaban los graznidos de las gaviotas y el sonido del océano rompiendo contra el rompeolas. Siempre he pensado que el olor del mar me pone cachonda, que el aroma del aire adobado de algas y salitre me revuelve la sangre y provoca a mis células a la lascivia.

Cuando él llegaba lo asaltaba y nos poníamos a follar como posesos. Fue una buena racha. Me pasaba el día caliente y él siempre estaba dispuesto. Follábamos en la cocina, en el baño, en un sofá, contra el mueble de la entrada, tirados por el pasillo, en cualquier sitio donde nos pillara el calentón.

Uno de aquellos días me acordé de que tenía una de las batas del laboratorio relegada al fondo del armario porque me quedaba algo estrecha. Mi amiga M. me había hecho el favor de entallarla porque me gustan más así, pero se había pasado un pelín y la dejé allí olvidada porque no podía trabajar tan “apretada”.

Estuve revolviendo el armario y allí estaba solitaria, blanquita, entalladita... Me la probé. Me quedaba realmente bien, resaltaba mis curvas, pero, efectivamente, no creo que hubiera podido ir así al trabajo sin que alguien se me hubiera echado encima. Pensé que faltando un par de botoncitos que dejaran mi escote al descubierto y subiéndola hasta el muslo quedaría estupenda. Rebusqué en un cajón de la mesilla y mis medias blancas estaban intactas. Saqué un liguero blanco también y un sujetador con encaje que apretaba mis tetas contra el último botón de aquella bata sobresaliendo mi pecho del escote. Perfecto.

Solo me faltaban los zapatos. Aunque los zuecos del laboratorio pudieran darle un aspecto más auténtico a mi atuendo no me parecieron nada sexys, pero no tenía zapatos blancos. Me decidí por unos taconazos rojos que hacía años que no usaba porque es realmente una tortura caminar con ellos, pero pensé que merecía la pena un poco de “sacrificio”.

Me dirigí al baño en busca de mi botiquín de primeros auxilios que tiene una provocadora cruz roja encima de la tapa. Hice recuento de lo que había que me pudiera servir aunque nada más fuera para asustar. Saqué algunas cajas de medicamentos y metí algunos de mis juguetes,  lubricante...no sabía qué iba a usar pero supuse que el hecho de que yo abriera aquella caja y mi amante la encontrara llena de chismes susceptibles de ser usados con él le haría sentirse confuso y deliciosamente sorprendido.

Me di una ducha, me vestí y le esperé dispuesta a ser la mejor enfermera del mundo.

Cuando él llegó y me vio de esa guisa se quedó impresionado:

- Guaaaa, pero ¿esto qué es? Jajajaja, eres la caña, ¡te has vestido de enfermera! Joder estás…estás…muy…no sé, joder ¡estás para comerte!

Me quedé mirándole muy seria, sin tener en cuenta sus comentarios y muy metida en mi papel le escruté:

- Creo que ha venido usted para la revisión. Tiene usted muy mala cara... Haga el favor de pasar, desnúdese y túmbese en la camilla que tengo que examinarle, por favor.


Por supuesto, me hizo caso, de hecho no recordaba haber visto a nadie desvestirse tan rápidamente. Me excitó ver como se desnudaba con prisas, arrastrando sus pantalones hasta el suelo, sacándose el calzado poniendo un pie contra el talón del otro, quitándose la camisa de cualquier manera. Su cuerpo se exponía ante mí como un trofeo. Me parecía que realizara sus gestos a cámara lenta, inflándose sus triceps al elevar los brazos, endureciendo los abdominales al echarse hacia atrás, respirando tan fuerte que podía oírle, mi boca estaba seca y percibía mi coño abriéndose, caliente, oloroso, encendido.

Me encantó verificar que ya estaba duro como una piedra pues al quitarse el calzoncillo su polla dio un salto zarandeándose. Se tumbo y se quedó mirándome expectante.

Me acerqué a él con muchísima malicia y cogí su rabo con dos dedos moviéndolo de un lado a otro como si lo estuviera observando.

-  Uy uy me parece que tiene usted una inflamación aguda.
- Sí, enfermera, ya lo creo, estoy fatal, va a tener que hacer usted algo para aliviarlo.
- Haga el favor de callarse mientras le miro porque me distrae y así no puedo explorarle.

Se quedó callado ante mi muestra de superioridad, pero mientras yo sostenía su verga entre mis dedos él movía ligeramente la pelvis.

- ¿Le duele aquí? – pregunté fingiendo una voz inocente.
- Mucho – contestó él sin dejar de mirarme.

Agarré su polla con firmeza pero suavemente, y comencé a pajearle despacio, lento, muy lento, tirando de la piel, dejando salir su prepucio. Dejé mi lengua fuera, la boca abierta, mi saliva se vertió sobre su glande. Lubriqué su polla. Él cerró los ojos y se dejó hacer. Sabía que deseaba que la metiera en mi boca pero no lo hice. Luego fui subiendo la intensidad de su paja. Fui más deprisa. Su polla más dura. Yo más deprisa, más, un poco más. Le noté cerdísimo. Un poco más. Mi mano iba tan deprisa que estuvo a punto de correrse. Me detuve.

Sabía que la situación le turbaba y me alegré de que me siguiera el juego. Sobre todo porque podía observar a cada momento lo febril que se estaba poniendo. No tenía ni idea de qué le iba a hacer, en realidad, ya le daba lo mismo.

Me separé un poco de él, me abrí el escote y dejé mis tetas al aire. Él no dejaba de mirarme. Comencé a tocarme las tetas de manera obscena, las cogía entre mis manos y las acercaba a mi boca dejando caer saliva sobre ellas, luego las embadurnaba y seguía sobándolas. Me senté en una silla que había dejado cerca, subí mi falda y coloqué una pierna más alta para que pudiera observar mi coño desde donde estaba. Estoy segura de que la visión de mis muslos aprisionados por los ligueros y  mi coño al aire le puso malísimo.

- Enfermera, enfermera
- ¿Sí?
- Voy a levantarme, quiero…
- ¡No, no, no, debe quedarse ahí, quietecito o tendré que llamar a seguridad! - le dije con voz condescendiente
- Está bien, no me moveré

Yo seguí tocándome descaradamente las tetas, la cintura, las caderas, el coño. Saqué el dildo más grande del botiquín y lo metí en mi agujero. Entraba y salía con facilidad, cadenciosamente, provocando en él un efecto hipnótico. Lo sacaba y metía lentamente mientras él observaba mis gestos, mi boca entreabierta, mis pezones duros, mi sexo acuoso. Volví a pararme.

Me acerqué de nuevo hasta él. Cuando toqué su piel me pareció que sufría escalofríos, pero no dijo nada. Me coloqué entre sus piernas y dispuse su polla entre mis tetas. Dejé que mi saliva cayera sobre su rabo, abría mi boca y escupía sobre ella, muy guarra, muy muy guarra. Él movía las caderas y su polla se deslizaba entre mis hermosas y húmedas tetas. Sacaba la lengua y se la ofrecía, más y más. Era todo un espectáculo el movimiento casi sincronizado entre su polla y mis tetas, arriba y abajo, expandiéndonos, carnales y viciosos. Volvía a sacar la lengua y rozaba su capullo con ella. Luego me incorporé un poco, le mamé hasta bien adentro y otra vez entre mis pechos; y así hasta que me pareció que podría correrse. De nuevo me contuve.

- Bien, ahora haga el favor de darse la vuelta.
- Bufff, estoy muy muy salido, venga siéntate aquí.
- Le he dicho que haga el favor de darse la vuelta, no quisiera tener que repetírselo.

Suspiró profundamente pero se dio la vuelta. Coloqué mis manos sobre su espalda y amasé su cuerpo mientras pegaba mi cuerpo al suyo. Me senté sobre su culo y hacía mover el mío al tiempo rozándome contra él. Soltó un gruñido de gusto y yo continué con mi trabajo. Le besé la espalda, le mordí los hombros, me revolvía sobre él con movimientos sinuosos notando como cada vez estaba más y más cerdo. Fui bajando despacito, beso a beso hasta su culo, le lamí las nalgas y profundicé hacia su ano, sus gemidos me estaban volviendo loca. Levanto el culo como una puta dispuesta para ser follada y yo le comí el culo con auténtica complacencia, agarré su polla y le pajee mientras tanto. Me puso frenética mantenerle en aquella postura entre humillante y suplicante, me puso totalmente fuera de mí, me pareció que entraba en otra dimensión donde solo cabía nuestra libídine y nosotros.

Entonces, de repente, él se dio la vuelta, se levantó, con cierta violencia me agarró por un brazo, puso una mano sobre mi espalda, me inclinó y me abrió las piernas.

- Déjate de juegos ya, no puedo más, voy a follarte, zorra.

Me sonreí. Y note su rabo ardiendo en mi coñito. Entró hasta el fondo de mí. Sin remilgos. Me folló sin parar, metiendo y sacando todo el largo de su polla, dándose el gusto. Me dio un azote y mi cuerpo se crispaba de lascivia. Me dio otro azote, me follaba y me azotaba. Entonces paró. Sus jadeos me ponían, si cabe, más frenética, más fuera de mí. Me acarició el culo. Me lo beso. Me lo comió. Sus labios fueron chorreando por mis nalgas hasta caer en mi ano. Sentí algo más allá de la lujuria, algo que hace que me contraiga por dentro como un trapo estrujado y vaya goteando mi vicio lenta pero certeramente, cada momento más intenso, cada instante más feroz, más rápido. Su lengua me empapó de placer. Lamía de mi coño como un gatito hambriento. Y sentí ese puterío agitándome por dentro, algo misterioso y sublime al mismo tiempo. Me lubricó bien el culo con cada beso, morreándose con mi oscuridad. Después metió un dedo en mi culo y se dedicó a mi coño.

Lo palpaba con la lengua en amplias lenguaradas, una y otra vez, me follaba con ella, metiéndola y sacándola de mi coñito como a golpes. Yo me sentía estremecer con cada gesto. Luego se dedicó a mi clítoris por entero mientras me penetraba con su dedo. Me corrí bañada en sus babas, tiritando con cada sacudida de mi orgasmo, mi culo se contraía alrededor de su dedo y gritaba su nombre sin poder evitarlo. Toda yo era un temblor.

Volvió a follarme. Metió su verga nuevamente en mi sexo, dando golpes contra mi culo, agarrándome por las caderas para ayudarse en sus embestidas.

- Vamos, zorra, haz que me corra ¿ves como me pones de loco, hostia?
- Sí, sí, vamos, dámelo, dame tu lechita, échamela toda donde más te guste que me muero por sentirla


Me puso tan cachonda oír sus embates contra mi culo que a punto estuve de volver a correrme. Siguió follandome hasta que le oí detrás de mí:

- Me voy a correr, me voy a correr…bufff

Y entre gruñidos dejó caer sobre mi culo su lefa traslúcida, templada, espesa. Adoré su cuerpo y sus ganas. Se dejó caer sobre mí, agotado y feliz, me besó el cuello y me apartó el pelo de la cara. Yo musité algo que no recuerdo. Vi uno de mis zapatos rojos tirados por el suelo y un poco más allá el botiquín con mis otros juguetes. Me sonreí.

- Creo que la próxima vez debería ser yo quien le ponga la inyección…