viernes, 25 de septiembre de 2020

LA CASA

 




Hacía siglos que no abríamos la casa. Siempre me gustó el aspecto extravagante de que la dotamos. Como casi todo en mi familia. Raro. No deja de sorprenderme que aún siga en pie. Dicen que mi abuelo se la ganó a un coronel jugando al julepe pero yo no lo creí nunca. 


Solo había tres casas más y eran eso: chalets. La nuestra era un sin dios, un híbrido, una quimera compuesta por un chalé, casita en el árbol y un caserón parecido al de Psicosis en medio de la nada, por lo visto en principio había sido una casa grande a la que se le fueron añadiendo construcciones con los años. Desde luego tenía un halo diferente, distinto a todo, y además tenía algo nuestro, de cada uno de nosotros y de todos juntos. Mentiría si dijera que era bonita, de hecho creo que es una de las casas más feas que haya visto en mi vida, quitando esos pazos horteras imitando castillos, forrados de granito con sus almenas incluidas en plan “La venganza de Don Mendo” de los capos gallegos de las Rías Baixas. 

Siempre me gustó de mis padres su escasa necesidad de presumir, por el contrario, detestaba el empeño que ponían en hacernos trabajar. Durante años gran parte de nuestros veranos consistieron en cavar, sacar rastrojos, regar, pintar vallas, transportar cachivaches y cosas así. De todos sus esfuerzos salió una casa rarísima, pero maravillosa y extraña, que nadie quiso comprarnos nunca. Creo que cada uno de nosotros le aportamos algo a aquella casa, no me refiero solo al aspecto, sino a su esencia. 


Nos costó bastante adecentarla un poco. A mi padre casi le dio un síncope cuando supo que la íbamos a limpiar y a quedarnos unos días. Es extraño volver a los lugares donde creciste y te hiciste heridas. Son como siempre pero ya no lo parecen, quizá porque cambiamos más de lo que somos capaces de admitir. 


Diego me dijo que llegaría sobre las once, que comprara unas cocacolas que él mandaría traer el ron y el whisky. Como no me fío de él ni un pelo llamé a Rober, su mejor amigo, y me dijo que no me preocupara que él ya se estaba encargando de todo. Mientras le esperaba puse algo de música pero llegó al poco con botellas y me dijo que la gente iría trayendo más y que unos amigos irían invitando a otros.

 No tenía mucha importancia, sobre todo porque la fiesta iba a ser fuera. Me importaba un pito quien viniera con tal de estar con Diego y Rober. Hacía una noche de mucho calor, de esas que las flores despiden un aroma tan fuerte que casi marea y los grillos no paran de cantar. Los colegas de Rober estuvieron sacando al jardín sillas, hamacas, cojines grandes y un sofá cama, colocaron varias hileras de bombillas pequeñitas, como de Navidad para que para que pudiéramos ver algo, aunque apenas daban luz, también sacaron unos bafles enormes conectados a un mp3 diminuto. Abrí unas banderillas mientras me tomaba una copa con Rober y charlamos. 


Creo que nunca llegué a saber como se conocieron Rober y Diego, puede que desde niños. Ni siquiera recuerdo en qué momento llegué a hacerme tan amiga de Diego ni tan amiga de Rober. Pero cada vez que iba por Madrid siempre volvía a ellos. Para mí eran una especie de amigos-primos con quien tenía una complicidad extraordinaria, y siempre que nos juntábamos hablábamos de todo y nos reíamos muchísimo. Había sido un mal año para Diego, por eso Rober estaba tan entusiasmado como yo con la fiesta.


Fueron llegando unos y otros y venían con bebida o cosas para comer. Le puse otra copa a Rober y le invité a comer algo. Hacía muchísimo calor. Ya eran más de las once y medía y Diego no llegaba. Estuvimos hablando de cómics, de música y de pelis mientras hacíamos daikiris de fresa. Una gilipollez. Cada vez llegaban más amigos de amigos hasta llenarse todo el jardín, o lo que en su día fue el jardín, de gente que no conocía de nada. Diego fue el último en llegar, dejó caer su petate y me abrazó fuerte. Estaba cambiado, había adelgazado mucho en pocos meses y era más frío, estaba muy moreno y parecía aún más rubio, sus ojos verdes resaltaban en aquel rostro renegrido. En los últimos tiempos se le dio por decir que no tiene corazón. Es el imbécil más grande que conozco, pero le adoro. Y Rober también y eso es lo que nos une, que a ambos nos parece un gilipollas adorable.


Rober es todo lo contrario de Diego. Es más alto que él, con el pelo muy negro y unas pestañas tan frondosas y tan negras que parece que se pinta la raya de los ojos. Tiene la piel bastante clara para lucir un cabello tan moreno y sus ojos, oscuros, expresivos y misteriosos, llaman la atención en ese rostro tan claro . En lo demás también son contrarios. Si uno es tolerante y calmoso, el otro es vehemente y enérgico. Son distintos en sus aficiones, en sus opiniones y en sus maneras. Pero son amigos y eso está por encima de todo. 


Charlamos, brindamos, bebimos, bailamos y seguimos bebiendo. Seguimos haciendo el anormal que es lo que haces cuando bebes. Bailábamos, nos reíamos más y más y llegó un momento en que, no sé si por la alegría, la bebida o el calor, pero todo se volvió algo raro y psicodélico. Tampoco había bebido demasiado pero me parecía que la gente se movía a cámara lenta. Avisé a mis “chicos” de que no me sentía muy bien, así que abrimos un sofá cama que alguien había sacado de la casa, echamos una sábana por encima del colchón y nos tumbamos los tres boca arriba mirando las estrellas. Extraño, sí...



Me sentía aturdida, como si aquella improvisada cama flotara sobre el suelo. Me imaginaba navegando en el espacio, capturando estrellas fugaces de aquella noche de agosto, con mis dos hombrecitos a bordo. Me incorporé un poco y ahí abajo observé nuestra fiesta. La gente bailaba, reía, se abrazaban, se besaban, se frotaban… Volví a tumbarme.


Nosotros hablábamos de nadas, tonterías para reírnos. Estuvimos hablando y riendo mucho tiempo hasta que cerré los ojos y dejé de oír la música y las risas, dejé de oír el ruido de la gente y me pareció escuchar un claxon muy muy lejos. Me quedé dormida. De vez en cuando oía el canto de los grillos y una brisa muy ligera rozándome la espalda. Nunca antes había dormido con dos hombres, sentía sus cuerpos emanando calor junto al mío y el ritmo de sus respiraciones acunándome.


No sé a qué hora me desperté pero aún era de noche. Desde mis ojos entrecerrados vi que la gente había desaparecido dejando un rastro de vasos de plástico blancos por todas partes, había colillas y basura, botellas vacías y las lucecitas brillaban mortecinas desde sus alambres. Me extrañó un poco que se hubiera ido ya la gente.


- ¿Tienes frío? - me susurró Diego
No, estoy bien, hace calor, me llega con la sábana
-¿Duermes? - le pregunté en voz baja a Rober y soltó un gruñido.


Me quedé boca arriba mirando las estrellas, hasta ese momento no me había dado cuenta de que mi vestido y mi ropa interior habían desaparecido de mi cuerpo, quizá me lo había quitado durante la noche pero no lo recordaba. Cerré los ojos y traté de acordarme de detalles de la noche anterior. Realmente había sido una noche fantástica. Me sentí tan bien con mis amigos que habían merecido la pena mis esfuerzos. Entonces le sentí. Diego me estaba besando muy suave los labios, en realidad, su gesto era más una caricia que un beso. 


Gracias, preciosa, ha sido una fiesta estupenda -


Abrí los ojos y me quedé mirándole, le sonreí.


- Te adoro, lo sabes.


Entonces sí me besó, al principio despacio, luego con más pasión. Sentí sus labios pegados a los míos irradiando fiebre y su lengua rozando la mía. Ese beso y sentir el cuerpo de Rober junto a nosotros me puso tremendamente cachonda. Mis caderas comenzaron a moverse solas a un ritmo apenas perceptible pero realmente eficiente. Apretaba mis piernas según le besaba y su lengua entraba y salía de mi lengua, contraía el culo y comencé a respirar más fuerte. 


Giré la cabeza y Rober me sorprendió con otro beso.


Yo también te adoro, guapísima – y su boca se enlazó a la mía transformándome en un organismo lúbrico, mórbido y pringoso. 


A partir de ese momento todo se desarrolló como algo natural. Tan natural como el agua del río escurriéndose de un arroyo a otro, brincando de poza en poza hasta llegar a un afluente más grande y más profundo. La lengua de Rober se enroscó sobre la mía mientras las manos de Diego me abrazaban la cintura y notaba su polla tórrida pegadita a mi culo... Me brotaban manos por el cuerpo que pellizcaban mis pezones suavemente, frotaban mi coño, apretaban mis muslos, labios que besaban mi boca o lenguas que se retorcían sobre mi clítoris. Me dejé llevar por la fuerza de ese torbellino que me ofrecían. Me dejé arrastrar por esa maraña de besos, de caricias, de macho, de sexo, de suciedad. Su saliva me untaba de cerdez y mi cabeza daba vueltas y vueltas. Adoré su fuerza, su virilidad, su sangre, sus ganas, el modo en que se contenían para tratarme con cuidado. Adoré el olor diferente de cada uno de ellos, el calor de su piel, su forma de moverse y de frotarse contra mi cuerpo, adoré sus pollas tiesas y abundantes, y sus cuerpos entregados a mí, efervescentes. 

Me coloqué entre los dos y abracé sus pollas con mis manos. Fue intenso y extraño pajearles al tiempo y mirarles a los ojos, fue voluptuoso y gozoso. No. No era una orgía. Era una especie de rito vital para nosotros, una forma de fraternidad distinta, nos sonreíamos y nos gozábamos. No sabía a qué polla asistir, las dos tiesas y verticales, izadas ante mí para mi placer. Me incliné un poco y alcancé con mis labios la polla de Rober.


Comencé a comerle la polla lentamente, mirándole a los ojos, pasando mi lengua por todo su rabo despacito desde el capullo hasta los huevos. Lamí su rafe y metí sus cojones en mi boca y volví a subir hacia su verga llenándola cuanto pude de saliva mientras sus manos se enredaban en mi pelo. Entonces Diego se acercó también a mi boca pidiendo lo suyo. Sentí un placer penetrante con sus dos rabos ante mí, primero lamía uno, luego otro, trataban de meter sus dos vergas en mi boca, cayendo hebras de saliva desde mis labios, yo las besaba y las lamía, hasta el fondo una, hasta el fondo la otra. Chupaba y chupaba hasta sentirme a punto de correrme, emputecida por sus prepucios sonrosados y acuosos, borracha de falos y cojones, no dando abasto con la lengua, metiendo sus pollas entre mis tetas, jadeante, como una perra.


Entonces Diego se colocó tras de mí y me penetró mientras yo seguía comiéndole la polla a Rober. Me sentía goteando desde algún lugar de mí, muy hondo, muy perverso, pero al tiempo el cariño que sentía por ellos me dotaba de una ternura muy especial. Diego clavaba su polla en mi sexo con dulzura al tiempo que el rabo de Rober entraba y salía de mi boca. Nuestros gemidos se mezclaban sobre el aire, parecían orquestados para emputecernos más y más a los tres y los grillos parecieron enmudecer.


Para, para que si sigues me voy a correr – protestó Rober – y aún quiero más de esto, más de todo.


Paré y Rober se sentó, tiró de mí y al hacerlo Diego salió de mí. Nos quedamos un momento los tres como sin saber qué hacer, pero entonces Rober me sujetó de las manos y me acercó hacia él para que me sentara sobre su verga, mientras tanto Diego acariciaba mi espalda, me besaba el cuello. Yo me sentía levitando sobre un magma de lujuria, de carne y sexo. Rober succionaba mis pezones despacito y éstos se endurecían y enviaban señales a mi coño congestionado y jugoso. La polla de Rober me penetró poco a poco, sentía toda la longitud de su rabo en mis entrañas como un hierro al rojo vivo, provocándome, saboreándome, o la sacaba para pasarla por mis labios, acariciando mis pliegues, dando golpecitos en el clítoris, y seguía pellizcando mis pezones y les daba lametones. Me terminé recostando sobre él, mis tetas colgaban sobre él rozando su pecho y entonces sentí la boca de Diego mordiéndome el culo, lamiéndolo, acariciándolo, abriéndolo con las manos.


La sensación de guarrería que me inundó al sentir la lengua de Diego en el culo y el rabo de Rober follándome fue increíble. La polla de Rober se clavaba en mi coño y nuestros movimientos frotaban mi clítoris al tiempo al estar encajada sobre Rober, mientras, la lengua de Diego me llenaba de saliva el culo y sentía escalofríos recorriéndome la columna, bajando por mis piernas. Cuando mi culo estuvo bien lubricado Diego pasó su glande por mi culo y comenzó a empujar despacio. Poco a poco fue metiendo su rabo en mi culo y noté que mi cuerpo ya no era mío. Era de ellos. Me sentía llena, plena, atendida, protegida por algo superior. Nuestros cuerpos sudorosos se movían armoniosamente como si hubiéramos ensayado una coreografía, cuando Diego se apretaba contra mí, yo elevaba mi culo ligeramente y Robert alzaba la cadera. Advertí sus dos pollas dentro restregándose contra mí, frotándome esa fina película de alma entre mi coño y mi culo, notaba hervir mi sangre y una presión enorme dentro de mi pecho.


Sentía sus pollas dentro de mi cuerpo como alimañas escondidas en mi interior, cobijándose de todo aquello que se hallase fuera. Me acariciaban y me rompían al tiempo. Sus gemidos y los míos brotaban de nuestras bocas resonando en el silencio del campo como un eco sordo, herido por el placer. Nuestros cuerpos chorreaban sudor, saliva, sexo, enredados en una maraña de desenfreno y lascivia, abrazados los tres en nuestro exceso, entregados a nuestra concupiscencia.



Me corrí primero yo, sentí mi orgasmo como un rayo rasgándome desde la cabeza hasta el culo, ambos me incitaban y me decían ternuras. Tan pronto me gritaba uno “vamos, guarra, vamos” con voz autoritaria, como el otro me susurraba “dios, que dulce eres, que dulce…”, ambos me acariciaban mientras me follaban, Rober me miraba a los ojos o Diego me apretaba las manos. Mientras mi corrida se extendía por el resto de mi cuerpo, Rober comenzó a jadear y sus movimientos se volvieron notablemente más bruscos, por el ritmo de sus temblores y el tono de sus gemidos intuí que se estaba corriendo; luego se corrió Diego, después de varias sacudidas, salió de mí, se sacó el condón para llenarme los cachetes del culo de su lefa aún caliente y me decía “me corro, preciosa, me corro”.


Nos quedamos los tres abrazados en aquella cama, tirados unos sobre otros, con los restos de ardores impregnándonos, los tres enamorados y perdidos, los tres queriéndonos y sin querer, en una noche mágica que no se volvería a repetir…en aquella casa. 


martes, 25 de agosto de 2020

TODA LA NOCHE






Estoy hipnotizada. Lo sé. Lo siento mientras mi coño trata de volver a su sitio y me susurra que me he dejado alcanzar por una mujer araña. Vengo de follarte. De masturbarme contigo en la boca y tu dedos en algún lugar de mi coño, o de mi culo, o de ambos, un lugar inexacto pero jodidamente certero. Vuelvo a mi nube. A ese vapor donde me gusta derretirme, imaginarme, volver a hacerme. Soy sexo. Soy yo. Soy una piel inagotable buscando, buscándote. Quisiera poder encontrar el modo de expresarme adecuadamente, para hallar las sensaciones con las que tantas veces me inundas. Las mismas que a menudo me mojan los muslos, las mismas con las que me masturbo y te llevo a mi cama vacía.


Pero no sé si las palabras pueden servirme para mostrarte como te pienso. No puedo saberlo. Solo puedo atender a lo que siento, a cómo tu imagen revienta en mi boca, a la fe que tiene mi piel en disolverse con tus labios, a lo que tu olor provoca en mi cabeza, mareándome, llenándome de dedos y saliva. Es cierto. No puedo negarlo. El olor de tu coño me llega a bocanadas y se enreda en mis fantasías, en infinitas escenas contigo en las que te beso y te muerdo y me dejo llevar por mi lujuria. En escenas en las que me muero por morirme contigo entre jadeos. Respiro. Cojo aire.


Quisiera poder ser la Sherezade de tus cuentos y narrarte como si fueras la heroína de mis Mil juegos y una noche. Podría contar como se me estruja el coño de soñarlo hasta gotearse entero. Podrías hacer que me ataras en un magnífico shibari y me usaras a tu antojo hasta hacerme morir de gusto. Podría deshacerme y volver a construirme en cada una de mis fantasías mientras me pajeo como una colegiala imaginando cómo nos hacemos carne para disgregarnos en deseo. Tengo cientos de escenas para cada uno de mis cuentos y es probable que las quiera todas. Y en todas, tu imagen recorre mi médula, tu coño salvaje y pelirojo, tus labios cereza manchándome los labios, tus plácidas y caucásicas tetas, tu coño, tu magnífico, perverso e infinito coño…


En uno de esos cuentos (que voy a partir en pedazos como si fuera un asesina en serie de cuentos) es de noche. Es de noche porque me gusta suponerte entre sombras y me gusta pensar que hay silencio y mucho tiempo por delante. Además la noche hace que tu piel resplandezca (y tu piel me gusta mucho) y se nuble un poco lo demás. Yo te espero ansiosa y totalmente desnuda sobre una cama. Me gusta sentir el tacto frío de unas sábanas cuando estoy caliente. Me gusta el tacto de mi desnudez cuando choca contra la nada. Quizá porque mi desnudez me hace sentirme más yo. Quizá porque es una forma evidente de que puedas tomarme. 

Es de noche, me haces esperarte un poco porque te gusta ponerme nerviosa. Hace calor, la ventana está abierta de par en par, se oye a la gente hablar desde la calle. Me llega ese olor macizo y caliente de las aceras. Recibo un sms tuyo:" - Ya llego, ve preparándote." Me sonrío. Estoy más que preparada. Me acaricio. Mi cuerpo está encendido y ya derrochado en esa cama. Con la punta de mis dedos acaricio mi pecho, bajo por la cintura y los hago girar sin sentido sobre mi piel, nerviosos, ansiosos de ti. Paso la palma de la mano por mis pezones, apenas si los rozo mientras mi coño gruñe de ansia, arqueo la espalda, muevo las caderas. Te deseo.


Llegas. Me susurras desde la puerta que ya estás, que has llegado. Te recuestas sobre mí y me besas con dulzura. Te desnudas lentamente en la penumbra, te alcanzan los rayos de esas farolas de luz metálica y extraña que hace que tu cuerpo irradie como una erupción de rayos gamma. Tu piel toma un aspecto irreal, estas divina. Yo no paro de tocarme. Mi clítoris abultado gira y gira en movimientos casi mecánicos, hipnotizado como yo ante la visión que lo aviva. Siento escalofríos. Deseo comerte poro a poro. Ven. Te digo. Pero no vienes. Te acercas a la ventana y miras hacia fuera… (Buff, nena, que ganas tengo de morderte el culo) - ¿Te has fijado que si enciendo la luz…podrían vernos desde afuera? – me dices. Te miro. Me provocas. Nos sonreímos maliciosas. Zas. Enciendes.


A partir de ahí enloquecemos. Carne. Ganas. Bocas. Hambre. Sexo.

Tu piel palpita en mi lengua con la mágica suavidad de la fruta, acariciando mi boca. Inflándome de ti y de mis ganas. Me gusta sentir el peso de tus pechos en las manos, y la forma en que te excitas y arqueas cuando lamo tus pezones. Los estiro, soplo sobre ellos. Me correspondes. Abarcas con tu boca mis tetas enormes. Me vuelve loca. Una culebra de electricidad me recorre el cuerpo. Me vuelven literalmente loca todos tus mimos, tus lamidas abrasan mis pezones, los pellizcas, más, más fuerte, un gemido se hace grito a través de mis labios, mis caderas no dejan de moverse como si estuvieran tomando parte en el hechizo…estoy dejándome caer, lo siento,  quiero dejarme ir hasta reventar.


Tu coño derramándose en mi boca como una anémona infinita. Tu coño blando y jugoso abrasándome los labios y haciéndome caricias en la lengua. Tu cuerpo sacudido y acabado por esta lujuria que no me cabe dentro. Por esta zorra absoluta que te desea inmensa.


Tus dedos acarician mi clítoris, su tacto tierno y maleable me desborda, son hábiles como pequeños algoritmos con precisas instrucciones. Mi coño grita con ellos, muy loco.. y mi viscosidad habla por sí sola retorciendose en hilos de mujer araña. Los siento ardiendo por dentro. Buscándome, encontrándome en un bucle donde me encanta enredarme. Los siento provocándome, agitándome en una mecánica perfecta, con la presión justa de tus dedos y la velocidad idónea.

De cuando en cuando haces una mínima pausa, como para sorprenderme y vuelves ensimismada a tu tarea. Tiemblo. Aprieto los ojos. No me cabe el aire. Siento que mis gemidos te vuelven aún más cachonda y eso me pone muchísimo. Lo sientes. Sientes cómo aflojo, y me dejo, y me hundo en todo ese placer urdido. Sientes mi cuerpo temblar junto al tuyo. Y yo siento mis putas células vibrando febriles dentro de mí. Haciéndose más mías.

Hay algo irritante en esta escena. Algo jodidamente urticante mordiéndome las vértebras. Algo que llega hasta mi coxis y me alcanza el culo. Mi orgasmo espera justo en el borde de mi coño. Pero dentro. Espera enajenado y gozoso…Y estalla, estalla en el centro de mi vientre, abriéndolo, esponjándolo, haciéndome efervescente. Burbujas de gemidos corren por mi garganta mientras gimo mi placer. Quiero más.


Mis manos amasando la redondez de tu culo, modelando tus curvas en dos mitades, abriéndote de gusto y de lascivia. Mi lengua te penetra y te agitas. Me gusta comerte con mi hambre, con mi boca, con mis dedos,  me gusta comerte entera. Lamo ávida tu culo. Mi lengua se desliza por tu raja. Tu ano se constriñe. Busco tus labios, y finjo ser una gata en celo que no quiere dejar de lamer lo que derramas.

Te follo con la lengua y con los dedos. Tu coño me sabe dulce y picante como el jengibre. Cuanto más te follo más te deseo. Deseo darte placer.  Tú sigues boca abajo retorciéndote, con tu culo en alto mostrándome tu coño deseoso, haciendo girar las caderas con movimientos dolorosamente fascinantes y con un efecto narcótico sobre mí. Estás muy excitada. Quieres más y más. Estamos las dos cerdísimas, revolcándonos de gusto. Tus tetas oscilan ante mis ojos mientras tu coño se estremece y mis ojos acuosos te perciben grandiosa. Te veo enorme. Te corres formidable. Sudamos. Gritas. Me deshago. Vibramos. Miramos hacia la ventana. Nos sonreímos. Nos echamos a reír…


Hay más trozos de este sueño desmembrado sacudiéndose en mi pensamiento como si fuera un pez doblándose fuera del agua. Pero en todos estos fragmentos estoy hechizada. En todos me dejo llevar y te llevo atrapada por un poderoso hipnótico. En todos soy sexo desbordado y eres tú quien me hace enloquecer, tramando posibilidades, planeando morbo, tejiendo esa red de sueños en la que tan lúbricamente me envuelvo, y me hundo, y mojo mis muslos concibiendo más y más cuentos para ti.


miércoles, 12 de agosto de 2020

ORIGEN

 



Quiero deshilachar esta historia tirando del último hilo de esta urdimbre, deshaciendo el final de esta trama desde su desenlace hasta su origen hasta que no quede más que ese temblor al final de mí, cuando ya todo es pasado.



Estamos solos y en silencio, estamos solos y cautivos, sumergidos en esa soledad única de sentirnos uno con el mundo, ambos fundidos en “nosotros”, en un cuartito caluroso y húmedo. Solo se oyen los últimos resuellos de nuestros jadeos agrietados por el goce de un orgasmo. Sobre la penumbra flotan hebras de luz que se proyectan desde los reducidos agujeros de la persiana hasta nuestra piel estremecida y desnuda. Estamos enlazados, cansados y gozosos, el uno sobre el otro, recobrando poco a poco el aire. Su boca jadea junto a la mía exhalando los vapores que han dejado nuestros cuerpos sudorosos y exaltados, hemos exudado vicio y secreciones, nos hemos entregado a la seducción y a la lujuria, hemos indagado en cada rincón de nuestra humanidad, en el misterio de eso que somos cuando realmente somos nosotros mismos, cuando dejamos a nuestro organismo extenderse, vibrar y ser delirio y arrebato. 

Nuestros cuerpos se sacuden reconociéndose a duras penas en esa maraña que deja el éxtasis. Hemos hecho el amor y hemos combatido por el fuego, hemos sido sucios y extremadamente puros. Sobre mi piel se escurren los restos de su placer y siento el frío tacto de su esperma que empieza a coagularse; entre mis muslos gotean los restos de mis humedades, los posos de ese placer mío que parece horadarme poco a poco como el agua lo hace en la piedra con el tiempo. A veces un hombre puede elevarme y hacer que grite su nombre y, a veces, en ese segundo se me desvela todo lo que necesito saber de mí. 


Nos hemos roto de gusto el uno al otro, buscándonos fantasías y encontrando nuestro deseo desmedido, comiéndonos los besos a mordiscos, golpeando nuestros sexos como animales, agotándonos en nuestra cópula como si fuera la última. Él agarraba mis caderas y yo he sentido su verga hundida hasta lo más hondo de mí, hincándose una y otra vez, con la mecánica de un motor de cuatro tiempos, descargando toda la fuerza de sus genitales dentro de mi sexo. Hemos repasado el repertorio de posturas sexuales en una dinámica frenética: me ha follado a cuatro patas desde el borde de la cama, se ha subido encima de mi culo mientras yo me estremecía debajo de él, me ha follado de lado mientras apresaba mis tetas, me he subido sobre él para cabalgarle y distinguía entre mis balanceos las proporciones de su miembro, hemos follado de pie y en el suelo, hemos follado como locos, a morir, inmensos, teatrales y cerdos.


Yo gritaba mis orgasmos impregnando todo su ser de lascivia con cada uno de mis suspiros, con mi cara desencajada por la borrachera de placer, muriéndome de gusto en cada sacudida, dejando a mi mirada perderse al fondo de sus ojos que me contemplaban observando mi cara de concupiscencia con fruición, regodeándose de su habilidad y de mi arrobo. Le he amado en ese momento. Solo en ese preciso instante.


Sus manos apretaban mi cintura y mi culo parecía moverlo el mismísimo diablo. Sus dedos me trepaban como el musgo progresa por la piedra, dejando su rastro profundo y oloroso en cada uno de mis poros, acariciando mis tetas o metiéndose a hurtadillas entre los pliegues de mi coño hasta alcanzar mi clítoris.
Notaba el vestigio de su calor propagándose en mi sexo y ese modo único de incitar a mi placer en afrodisíacas y nuevas caricias. 

Antes de eso he sentido sus labios saltando por cada una de mis vértebras y su aliento tibio rozándome la espalda hasta derramarse en saliva sobre la curvatura donde comienza a hacerse culo. Su lengua empapaba la trayectoria entre mis nalgas haciéndome sentir en una nube de gloria y lodo, regando el inefable camino entre mi ano y mi cálido agujero, he comprobado su saliva haciéndome cosquillas y estremeciendo cada punto desde donde podía sentir un placer tan hondo que me he dejado caer en él.


Mi boca abarcaba su polla con una ferocidad ambigua, tratando de ser tierna y complaciente pero sujetando mi avidez. No había nada que deseara más que hacerle gozar. Lamiendo su rabo desde su glande hasta sus huevos elevados e inflamados. Ensalivando sus testículos con obscenidad y desenfreno, con devoción, casi con avaricia, recorriendo cada uno de sus surcos con entusiasmo, subiendo lentamente desde su tronco hasta el frenillo, metiendo mi lengua en su agujero, cautivándome de él, haciendo su placer mío, electrizando mi coño con cada lamida de su rabo, llenándome la boca con él, inflamándole sobre mi lengua, sintiéndole al final de mi garganta, sintiéndome zorra, emputecida, impúdica y aérea, advirtiendo los efectos de mi libídine en cada puñetero poro de mi cuerpo.


Su boca apresaba con dulzura mis pezones haciéndome sentir escalofríos, pequeños calambres que circulaban desde mis tetas contraídas hasta mi coño, colmándome de tanta lujuria que he estallado en varias ocasiones. No he podido contarme los orgasmos. Ha sido dulce y delicado, llegando a mí como lo haría un buen sueño, apenas haciéndose un hueco en todo eso que soy yo, acariciando algo de mí que no tiene piel ni nombre, y dónde muy pocos han llegado si no es con la destreza de los buenos amantes.


Apenas si me tocaba haciendo de sus caricias diminutos roces que me hacían temblar de incontinencia. Su boca ha sido un derroche de dulzura, se dejaba caer sobre mi piel con la destreza de la lluvia, ya fuera sobre mi boca, en el camino hacia mi ombligo, en el prodigioso cauce que marca mi cintura o en la sinuosa curvatura donde acaban mi caderas y se repliegan en las ingles para confluir hacia mi sexo. Todo en él me parecía suave y perfumado, todo él me parecía amable y manso y todo en él me llevaba a él y a la impudicia.


Y todo a comenzado en un instante en que estábamos a oscuras. 


Había luz, gente y algo de ruido en esta ciudad de sirenas, buques y gritos de gaviotas. Él me ofrecía un café con esa sonrisa de niño malo, invitándome al juego y al sexo, ofreciéndome sexo y orgasmos como quien ofrece agua a un caminante. Él no lo sabe pero yo le he visto en ese segundo. Quiero decir que he podido ver más allá de lo que él era. Y era un niño que jugaba y un hombre ofreciéndome sus manos para lo que yo quisiera. Las he tomado. Las he agarrado ahora que necesito caricias y un tiempo de ternura. Me he acercado a él, he ansiado un beso. Un único beso que apenas me ha rozado. Un beso limpio y blando…donde ha empezado todo.




viernes, 3 de julio de 2020

LEER





Me gustan estas tardes pacíficas, aburridas, reposadas... No hacer nada. Dormitar. Leer un rato, poner algo de música… Ha sonado el móvil…

- Holaaaa ¿qué tal estás princesina?
- Muy bien ¿y tú? no me digas que andas por aquí ¿Ya no vienes nunca o te has buscado a otra rubia?
- Jejeje puede que ambas
- Cabrón
- ¿Qué haces, estás liada?
- No, solo estaba leyendo.
- Jajajaa, siempre te pillo leyendo, o lees mucho o tengo una puntería de la hostia…¿tas solita?¿me paso?
- Estoy solita, solita
- Mmmmmmm sí que tengo puntería, sí ¿Me paso por tu casa?
- Mmmmmmmm ¿tardas mucho?
- En un cuarto de hora estoy ahí ¿te acuerdas de lo que hablamos por msn? Espérame así. 
Le he esperado como me ha pedido, sentada en el sofá oscilante, con una blusa blanca ajustada que me marca los pezones y… nada más.

Estaba anocheciendo y la gata del vecino se ha puesto a maullar como loca, reconozco que me ha excitado tanto pensar que él llegaba, que ganas no me han faltado de ponerme a gritar como ella… He notado como mi deseo me precedía, he recordado otras veces que ha venido, como el día aquel en el mismo sofá o el día del vibrador. Me enciendo, en cuanto reconozco su voz, me caliento. No sé qué tiene, con qué clase de encantamiento me hechiza, pero es oírle respirar a través del teléfono y no puedo dejar de pensar en las mil formas de follármelo…de comérmelo entero. Imagino su polla palpitando contra mi mano, sus labios humedeciéndome, sus manos apretándome…y no puedo con mi cuerpo, se va solo…

Ha llegado enseguida. Ha dejado sobre la mesa el casco de la moto. Yo he fingido que seguía leyendo, prácticamente desnuda, a mi bola, como si nada. Se ha sentado en el borde de la mesa y se ha echado a reír…

- Jajajaja ¿pero serás zorra?

He pasado totalmente de él. Me ha costado muchísimo porque estaba deseando lanzarme sobre él. La imaginaba a reventar por debajo del vaquero. Pero he simulado que seguía leyendo y le lanzaba miraditas por encima del libro. Mis ojos no le miraban pero mi coño no ha dejado de hacerlo…

- Vale…¿quieres leer? Pues no dejes de hacerlo ¿vale?

He pasado de él. A mi bola…yo a mi lectura (aunque en ese mismo momento ni puta idea de lo que estaba leyendo). Entonces él se ha agachado entre mis piernas y ha comenzado a acariciarme los muslos a dos manos, las ingles, las caderas, pasaba sus dedos suavecitos como si quisiera hacerme cosquillas pero sin llegar a hacerlo, suave, luego soplaba en mis muslos trazando figuras imposibles o los lamía como un gato o los mordía levemente, rico, rico. Ha notado que me movía de gusto y mi respiración se hacía más dificultosa. He ido a dejar el libro y me ha dicho:

- De eso nada…tienes que seguir leyendo.


Me ha dado un escalofrío. Entonces ha tirado de mis piernas para presentar totalmente mi coño en su boca, ligeramente tendida en el sofá, con las tetas saliéndose de la blusa, los pezones durísimos marcándose en ella y mi ridículo librito fronterizo entre mis manos… 


Ha pasado su lengua por la línea de mi raja, arriba, abajo, una vez, otra, me faltaba el oxígeno. Luego me ha llenado el coño de besos grandes y lascivos, y muchos más pequeños y delicados, me ha llenado el coño de lengua, de saliva, de caricias, de él, de gusto, de todo. 

Me ha estado degustando el coño como si fuera el más exquisito de los manjares, con auténtico goce, totalmente entregado a cualquiera de mis reacciones, usando todos sus sentidos, su habilidad. Me ha puesto muy muy cerda. Fingía seguir leyendo pero apenas si podía respirar. Jadeaba a más no poder, me retorcía en el sofá de puro gusto, levantaba el culo y le suplicaba que me dejara correrme ya y pasar del puto libro…

- No, no, no…Querías leer ¿no, guapa? Pues lee .Venga lee. En alto.

Joder no daba crédito… pero le hecho caso, no sé bien porque, será por es el puñetero hechizo o qué se yo, pero le he hecho caso… (Su voz enérgica, mezclada con sus maneras tan educado, tan él, me vuelven loca, su fuerza, su carácter dominante adulterado con su ternura, su sentido del humor, me vuelve loca. Este cabrón me tiene loca)


- “‹‹…no tiene ninguna importancia. Tanto da. No deja de ser un coito. Al poner en contacto nuestros cuerpos imperfectos, no hacemos más que contarnos lo que no podríamos contarnos de otro modo. Y así adquirimos conciencia de nuestras respectivas imperfecciones›› Por supuesto, éstas no son…cosas que puedan expresarse…” *

Él ha dejado un momento lo que estaba haciendo.

- ¿Qué pasa? Sigue leyendo. He soltado un suspiro inmenso, he tomado aire y he continuado con la lectura:

- “…que puedan expresarse fácilmente. Y me limite a abrazar en silencio…” *
- Ufff, joder, joder J. no puedo, no puedo me voy a correr, me lo estás haciendo de muerte.

- Jajajaja, te gusta eh?, ¡que jodía!


De pronto se ha levantado y mientras salía por la puerta me ha dicho firme:

- Ni se te ocurra moverte ¿eh? No sigas leyendo hasta que vuelva.

Se ha quedado todo en silencio. He apretado los ojos fuerte mientras echaba la cabeza hacia atrás. Mi espalda se doblaba sola. He pensado que lo ha hecho a propósito para excitarme aún más. O puede que fuera al revés. Estaba deseando que volviera. Estaba deseando volver a sentir su boca en mi coño. He cerrado también las piernas y las apretaba contra mí. Por un lado conteniéndome, por otro deseando soltarme entera… Ha tardado un poco. Bastante. O quizá solo me lo ha parecido a mí.

– (Vuelve, ya, vuelve, vuelve, vuelve…)
 - pensaba

Ha regresado con un vaso de agua con hielo en la mano. Solo agua. Ha posado el vaso en la mesa mientras me sonreía con una cara de hijo de puta impresionante.

- Venga…sigue…quiero oír como lees

- “Y me limité a abrazar en silencio a Naoko. Mientras, podía sentir el tacto áspero de un cuerpo extraño que permanecía…” *


Ha vuelto a comerme el coño a quemarropa. Mi cuerpo era todo lubricidad. Abrasaba. Mi sexo se levantaba violento hacia su boca, mis piernas totalmente abiertas ante él. Sus manos agarrándome por el culo. El clítoris levantado hacia él. Se ha ayudado del balanceo de mi sofá oscilante para acercar o alejar mi coño de él a su antojo. Ha pasado su lengua por mis labios una y otra vez, por todo mi sexo, lamiendo, mordisqueándolo suavemente, moviendo el clítoris con su lengua en círculos, arriba y abajo, hacia los lados. Respondiendo a mis movimientos. Atento a mi lujuria. Yo muy loca. Revolviéndome. No podía más.

Ha agarrado el vaso de agua y daba un sorbo al agua helada y luego pasaba su lengua por mi coño. La metía especialmente en mi agujero para que yo pudiera sentir el contraste de mi coño ardiendo con el agua fría en su lengua. La sensación me ha hecho tiritar de placer. Lo ha hecho varias veces. No entiendo como podía leer nada, pero creo que ha sido ese pequeño juego suyo el que ha colaborado más a ponerme tan puta…cada vez que sentía que mi orgasmo llegaba, la lectura lo contenía y lo precipitaba al mismo tiempo. Ha sido como cuando sueñas que caes desde un abismo. Sabes que llegarás al fondo, pero la tensión de la caída, esa sensación es extraordinaria e incluso hermosa…

-“…permanecía dentro de ella” *


- Fóllame, J. Fóllame por lo que más quieras. Quiero correrme. Fóllame como sea, con lo que sea. Necesito correrme, no puedo más, no puedo, estoy que reviento


- Vaaaamos - me ha dicho como si no hiciera falta que se lo pidiera - córrete, córrete para mí, así, así… pffff, preciosa

No podía más. Su lengua no dejaba de provocarme. Me he sentido crujir por dentro. El libro a tomar por saco, mis piernas se han enredado sobre él, creo que lo estrechaban, mis gemidos se me han clavado dentro. Me tenía bien agarrada por el culo, podía sentir sus dedos sobre mis cachas apretándome, me ha sujetado mientras me corría para que mis espasmos no me separaran de su boca ni un instante, situándose en el centro de mi gozo dejándolo caer sobre su boca. 


Mi placer ha sido total. Mi orgasmo ha sido intensísimo después de aplazarlo tanto y tanto. Entonces se ha puesto de pie. Se ha sacado la polla y ha empezado a pajearse con rapidez. Seguía cachonda ante la formidable visión de su cuerpo frente a mí, resplandeciente, inmenso,  a pesar de acabar de correrme, le deseaba. Deseaba todo su cuerpo perforándome a mansalva, haciéndolo mío, haciéndome suya.


Su voz socarrona me ha sorprendido - ¿Quieres más? Sí que quieres ¿eh? jajajaja sí que quieres!

Ya lo creo que quería más. Quería más y más y más.

- Joder princesina… puedes jurar algo a que voy a follarte hasta terminar de joderte el sillón!!

(¿Será cabrón?)



* Extracto de Tokio Blues, Haruki Murakami



sábado, 28 de septiembre de 2019

SOL



Le observo a hurtadillas mientras camino junto a él, en silencio, dejando que nuestros pasos se acomoden. Sé que él se pregunta por qué camino tan callada. La luz de la Luna se enrosca en nuestros cuerpos como una enredadera y a mí me gusta esa luz débil de la noche subiéndome por el cuello. Sé que estoy loca. Loca por dejarme atrapar, por ser una inconsciente que se mueve por arrebatos, porque veo cosas que puede que los demás no vean y porque vivo inmersa en una país de sensaciones que me van cincelando a mordiscos. Sí, estoy loca. Loca porque me folle. Desde donde estoy casi puedo oírle respirar y percibo como el calor de nuestros respectivos cuerpos comienza a acoplarse. Me produce mucha ternura ver como se esfuerza por no parecer inquieto, hablamos de cualquier cosa y caminamos a la deriva hasta que el azar o los minutos decidan qué hacer. 

Hay momentos en los que no sé qué pensar, o mejor dicho, no puedo pensar. Solo me siento capturada por diversas impresiones: el movimiento de mi sangre en mi carótida, el roce del aire en mi garganta, los embates de mi respiración subiendo y bajando desde mi pecho, ese pequeño mareo que produce la pulsación en mis sienes… el modo en que mi cuerpo se prepara para lo que él supone que puede ocurrir antes de que yo misma pueda saber qué va a pasar. Luego la humedad de mis bragas me delata, la urgencia de mi coño me esclaviza, y me siento arrastrada por mi ritmo cardíaco, el vértigo y la confusión, sufriendo una especie de Síndrome de Stendhal provocado por el sentimiento de belleza y vitalidad que mi propio cuerpo me produce.

Él permanece ajeno a todo esto mientras intento controlarme en vano (siempre es así) Solo me mira y le gusta el brillo de mis ojos, la forma en que se abre mi boca o mi risa estalla sobre el aire. Sabe que pasa algo pero no está seguro de qué cosa es. No es algo racional. Yo aprieto las piernas mientras digo cualquier tontería, observo también su turbación y sus nervios, y mi piel se enerva debajo de la ropa, mis muslos hacen fuerza contra la carne abultada de mi coño y la humedad de mi sexo cae como un gotero que inunda mi culotte... y durante este proceso, mi mirada examina sus manos o se fosiliza en la dilatada pupila de sus ojos, intenta averiguar porque ese pliegue de la ropa se eleva precisamente en esa trayectoria, se pregunta si su sexo le estará acuciando tanto como a mí y me da pavor sólo mirarle la boca porque siento un irresistible impulso de morderla.

Porque mi mente ya está en un cuartito desnudándole ferozmente, y le sueño tumbándome sobre una cama y pidiéndome que le muestre mi coño, le veo abriéndome las piernas, aspirando mi aroma o bebiendo mis fluidos, casi puedo sentir sus manos sujetando mis caderas mientras su boca se hunde en mi rajita y siento ese primer tacto húmedo de su lengua produciéndome chasquidos, arrancando gemidos de mi garganta, le recreo penetrándome muy muy lentamente mientras me mira fijamente a los ojos. Me imagino tragándome su polla, sintiéndome ahogada por ella mientras algo gruñe entre los cauces de mi coño, le veo sacudiéndose contra mi pelvis, mordiéndome el culo o rozando mi ano con la punta de su lengua mientras mi cabeza parece dar vueltas y más vueltas. Me muerdo discretamente el labio. Le veo apretándome los muslos, me imagino mi pelo alborotado y mi corazón aporreándome el esternón. No puedo dejar de mirar su sonrisa de gozo y mi cuerpo resplandeciendo de felicidad como una criatura luminosa suspendida en una fosa abisal, inmensa y oscura, irradiando placer bioluminiscente hacia un mundo tenebroso o alcanzado por las sombras.. y yo soy una luz en medio de esa noche. Siento este sol mío que me nace desde dentro de las ganas, irradiando calor y vida, y esa necesidad de propagarme hacia otros seres.

Y es entonces, cuando saboreo ese silencio y este sol, mío…


miércoles, 11 de septiembre de 2019

NEGRA SOMBRA




Mientras mi cuerpo se cocía en el vapor de la brisa de Cabo Estay, cerré los ojos, y por un instante me pareció que te echaba de menos. El aire aquí me confunde, es fácil dejarse llevar por el ambiente, ya sabes que yo oigo cantar a las sirenas, que desde sus malditos agujeros la niebla se abre o se cierra para mí, los vientos dan la vuelta o las meigas me dejan hacer encantamientos, solo algunos, pocos… cada vez menos. En una de esas playas, adormilada por el calor,  me pareció que tus ganas me temblaban en la boca, algo salado me acariciaba la garganta y tus dedos se enredaban en mi pelo rubio como Gorgonas. Adoro la ternura que me produce sentirte tan indefenso.

No me gusta volver a los lugares donde fui feliz, pero a veces, como tú dices, no queda más remedio. “C’est la vie”. La playa me parece un lugar perdido, uno más, como tantas otras cosas que han muerto definitivamente para mí.

Mis amigas siguen igual que siempre, pero tristes. Siguen igual de listas, de guapas, de risueñas, su risa cantarina me recuerda a las burbujas de las fuentes, pero veo su tristeza a través de su risa y sus miradas. El tiempo no pasa igual para todo el mundo pero espero que ellas conserven el coraje que hace falta para seguir riendo a pesar de las sombras. No sé si es porque a todos nos está alcanzando de un modo u otro esta brutal depresión, esta forma de ir saliendo poco a poco de la luz para ir introduciéndonos en otro mundo que dejó de ser nuestro mucho antes de que nos diéramos cuenta. Quizá por eso sigo insistiendo en escribir historias de sexo, porque es de las pocas cosas luminosas de las que aún puedo hablar, porque cada vez que me siento a escribir sobre cualquier otra cosa me siento pequeña, miserable e inmisericorde, me siento lejana a la ternura, a cualquier cosa blanda y llena de luz, y solo siento un inmenso rencor hacia la gente que ha permitido todo esto. Todo el mundo estaba en otra parte, probablemente, yo también.

No estoy enamorada de ti, pero aún así detesto quererte, sí, un poco sí que te quiero, quizá porque eres mi pequeño resquicio de claridad. Me siento confusa, todavía no he decidido si el amor me hace fuerte o vulnerable. Hay que ser tan jodidamente duro para querer de verdad. Hay que ser tan inteligente y tan hábil que no me considero con ninguna de estas destrezas, pero sé que de alguna manera, de algún modo, te amo aunque no tenga nada que ver con el amor. Ya, ya sé que no hay manera humana ni divina de entenderme, por eso hablo tan claramente.

Ayer en la playa me acordé de ti, enfadado, liándote un porro, hablándome de tus cosas, con tus ojos negros como piedras de carbón inflándome desde algún lugar enigmático. A veces intento escucharte con todas mis fuerzas pero termino perdida en el fondo de esos pozos insondables. Entonces, digo una broma, o te provoco para sacarte de tus cavilaciones, te cantan los ojos, el brillo del hachis se asoma hasta ellos y me sonríes como nadie sonríe ya, con la confianza de que solo tú vives y solo tú eres solamente tú. Y, ahora mismo,  es la única puta verdad que tengo.

Ayer en la playa me acordé de ti y te eché de menos, eché de menos tu piel (eres el hombre más suave que conozco) y esa forma que tienes de respirar, fuerte e insurrecto mientras te como la polla. Ya nadie me respira así. Tus manos se movían en mi cabeza y tu pelvis se adelantaba hasta mis labios suspirándome. Te sentía por dentro, sentía una culebra de placer recorriendo tu columna y ardiéndote en los riñones. No sé cómo pero realmente podía sentirte. Mi boca se sumergía en tu verga y trataba de alcanzarte al milímetro. Ni siquiera pensaba en nada, solo me dejaba llevar por lo que sentías. Cada vez más puto, cada vez más loco, más fuerte, más tú. “Niña, me voy a correr…”  Te miré a los ojos, a tus negrísimos ojos negros, hiciste ademán de retirarte pero yo te recogí en mi boca. Tu esperma impactó sobre mi lengua mientras tus jadeos encerdaban mis oídos, un chorro intenso y cálido abrasándome el coño. Y sentí tu fluir dentro de mí retorciéndome de gusto. Me despertó una sacudida mientras musitaba mi orgasmo. A mi alrededor nadie pareció darse cuenta. Te busqué a pesar de que sabía que estabas a miles de kilómetros, en el mismo océano pero otro Atlántico. Y eché de menos tu luminosa sonrisa y esa forma que tienes de creer que puedes con todo.

Un transatlántico atravesaba la ría indiferente a nuestra pena, perdiéndose definitivamente tras las Cíes.



martes, 5 de febrero de 2019

SOLA




Estoy sola. Y estoy caliente. Esto no debería significar mucho más de lo que en sí lleva la frase. Millones de mujeres cada día se calientan estando a solas. Pero no son yo.

Me gusta sentirme cachonda. Incluso si estoy sola. Me gusta hacerlo cada día. Algunos días varias veces. Me gusta regodearme en todo el proceso. Absolutamente.

Hace apenas un rato he llenado mi bañera de agua caliente y sales de baño. He encendido una vela. He apagado la luz. No me apetecía oír música. He cerrado los ojos y he dejado que el ritmo de mi respiración creara esa atmósfera que deseaba. He atendido a los aromas que desprendía el agua caliente. Pero que va, olía a sexo. Su imagen ha aparecido ante mí. He mirado sus ojos negros, sus ojos subterráneos contemplándome fijamente, preguntándome, tratando de averiguar partes de mí que, a veces, ni siquiera yo misma conozco. Mis secretos más íntimos, la forma en que mi cuerpo destila agua, el misterio de mi mente sudando morbo, mis fantasías más retorcidas de mujer caníbal, las que ni siquiera cuento aquí pero que sí le cuento a él.

Me he dejado llevar por mis pensamientos tratando de no dirigirlos, permitiendo que se extendieran en mi instinto y ocuparan mi cuerpo. Él estaba entre mis piernas sentado, ha extendido una mano y la ha metido debajo del agua. Mi mano ha acariciado mis piernas guiando mi mano como un lazarillo trastornado. Ha subido por mi cintura hasta mi pecho y la he llevado hasta mis labios para mojarme los dedos. Me gusta chupar, lamer me pone increíblemente cachonda. Me lleva a un estado de lascivia manifiesto. El acto de introducir mis dedos en la boca , sacarlos, meterlo, lubricarlos con saliva, hacer girar mi lengua sobre ellos, apretar mis nalgas durante todo el proceso, volver a meterlos y sacarlos, en un mecanismo constante de chupar y salivar, aflojar el culo y encenderme es todo uno. Me hace deslizarme en ese estado obsceno, como una puta babosa que se fuera enloqueciendo por momentos. Cuando he empezado a jadear los he sacado y he pellizcado suavemente los pezones, me he mordido el labio. Mi coño se ha abierto como un molusco debajo del agua. Lo sentía caliente y tremendamente convulso. He subido el culo. También se ha abierto. Estaba irritantemente excitada. Lo he vuelto a bajar. Mis jadeos se dilataban desde mi boca como nubes de petróleo. He llevado mi mano nuevamente a mis caderas, he bajado por la ingle y he introducido un dedo levemente en mi coño, apenas nada. Algo inexactamente suave se doblaba entre mis dedos, una esponja abultada se relamía por dentro. La he tocado deprisa moviendo mi dedo arriba y abajo. Mi espalda se ha arqueado. He subido y bajado la mano, frotando suave o fuerte o fuerte o suave el clítoris. El clítoris, ese pequeño, jodido y perverso centro de mí. Ese minúsculo corpúsculo tan bien dotado para la felicidad. La imagen de él me ha venido a fogonazos. Realmente mi coño creía que era su dedo y trataba de apresarlo. Mis otros dedos han apretado más, si cabe, mis pezones. Mis gemidos han empañado la mampara.

Masturbarse en la bañera tiene un efecto especial. Es como caer en un emulsión maravillosa, sentir mi propia humedad confundiéndose con el agua caliente. Un calor inmensamente hermoso inundando todo mi cuerpo. Es regresar al acogedor seno del agua para deshacerme en él con mis sentidos. Mi coño pulsando dentro de mí, al ritmo de unos dedos que creo ajenos. Mi cuerpo derritiéndose igual que la cera se deshace al contacto con un foco de calor y gotas de mí coagulándose en algún lugar perfecto, dentro de mi sexo, que me van volviendo más y más zorra.

Todas esas gotas de lujuria derretida se han depositado en todos mis rincones recalentándose de nuevo para abrirme agujeros en la piel que no ha dejado de exudar vicio hacia el agua. Toda mi piel abierta y expuesta. Hasta querer gritar. Y mi organismo se ha expandido como una explosión en cadena que ha subido desde mi coño hasta mi boca reventando en lugares de mí desconocidos. Booom. Booom. Mi arrebato hacía salpicar el agua de un modo peculiar, en un irreal y demente chapoteo. Según han ido explotando, se ha acelerado el ritmo de mi cuerpo tembloroso. Ya no era mío. No era yo. He sido alguien que necesitaba moverse al son de esas deflagraciones, como una brutal muñeca que se fuera desmontando en gritos y conmociones de placer acuático.. Booooom. Booooom. Mi coño se ha roto en sacudidas infernales y mi boca se ha abierto a la profundidad de mis delicias. Gozo. Entonces su imagen se ha hecho clara. Diáfana. Él me ha sonreído desde dentro de sus ojos negros y se ha desvanecido sobre el agua tibia de la bañera.

Estoy caliente, deshecha, estremecida, inflamada, extremada y jodidamente sola.



lunes, 4 de febrero de 2019

MUCHACHA


La solidez de tu carne avanza, inflada, restando junturas a la mía. Parece que mi piel se remangue ante la elasticidad de la tuya. Casi ofende la firmeza con que pisas el suelo que te presto. ¿Acaso debes devorar mis primaveras en el frágil arresto de un invierno?

Bajo el sol, recuerdo que los días se comen a los meses degollando en mi epidermis el tiempo que le faltan a mis huesos para ser olvido.

Goteada en algas y bálsamos marinos, aparentas una sirena ungida en el reino del mar adolescencia con los abriles aleteando, alegres, alrededor de tu frescura. Tu boca es una anémona jugosa que se agita divertida en la grana de tus labios, el plano transversal del agua se arrolla a tu cintura describiendo un mínimo contorno, mientras tus efervescentes pechos resurgen, enhiestos, hirviendo en la voluptuosa naturaleza que los acoge.

Tu arrogancia es un accidente en un océano de nadas, que se pierden tras instantes estancados en la memoria de lo que ha de quedar a las espaldas y, en el fondo, sé que tú vives para que yo muera.

(Me ha apetecido mucho subir este texto tan veraniego en estos días de frío)

domingo, 25 de noviembre de 2018

CUANDO


A veces te siento dentro de mí cuando respiro. Es extraño quererte y no quererte ¿no? No. Al final es una patraña mía eso de que no te quiero, es sólo que no te quiero todo el tiempo, eso sí. Lo malo es que he llegado a un punto donde no sé explicar eso del amor. Y tampoco es necesario ¿verdad? No claro que no, contigo no lo es. Lo importante es que tú sabes que te quiero y yo sé que cuando estoy contigo todo lo demás desaparece ante ti, y eso me gusta, me halaga, me emociona, me revuelve.

Hoy te recuerdo en un cuartito en penumbra y un haz de luz, desde otra habitación, iluminándonos. Me parecía que tu cuerpo exhalaba algo mío. Es curioso que habiendo repasado tantos cuerpos tu piel me haya sabido siempre tan distinta, tan tú. Tienes un olor diferente, único. Porque toda tu cerdez es ternura y es pasión, y eres capaz de pasar de un extremo al otro con muchísima elegancia haciéndome sentir como el centro de un Universo concebido para nosotros, como una Diosa, como una elegida.

No sé en qué punto traspasamos esa frontera de “algo más que sexo”, no sé si fuiste tú o yo o esa especial complicidad que nos abrazó en aquel cuartito. No lo sé. No me importa.

Me embriagan los destellos de aquella noche. Tú comiéndome el coño con esa excelencia con que lo haces siempre. Lento, seguro, sabiendo hacia donde te diriges, agarrado a mis muslos, besándome, lamiendo mi coño delicadamente, pasando tu lengua una y otra vez, imparable, haciéndome tocar el cielo a través de tus labios y tus ganas. Recuerdo que temblaba de gusto, que jadeaba tu nombre, y tu nombre recorría mi cuerpo como un ente haciéndolo gozar doblemente.

Me recuerdo engulléndote como un parásito, devorándote los huevos, sintiendo todo tu calor en mi cara, todo tu olor dentro de mi boca, me recuerdo tuya e infinitamente mía, enroscada sobre ti, apretándote, salpicándome de ti, bañándome los labios en tu esperma, inundándome de tu sabor y tu placer.

Pequeñas memorias, apenas vislumbres, mínimas evocaciones de lo que fue. Quizá suena a lo de siempre y, en cambio, yo lo recuerdo tan distinto.

Tu polla dura todo el tiempo. No sé cómo lo haces... Me puso cachondísima sentirte tan cachondo. Lo sabes. Luego jugaste con mi culo. Tu rabo en mi culo, todo carne, todo dulzura, metiéndose en mí como el pan en el horno, inflándome, haciéndome blanda y maleable. Y mi culo cobrando vida ante tus ojos. Cada vez más placer, cada vez más caricias con tu verga, más calor, nuestros cuerpos resbalaban en nuestros sudores, tu pelvis pegadita a mi culo, tu polla empalándome de gusto. Mi culo moviéndose, atrás, adelante, arriba, abajo. Más. Recuerdo que quería más. Sí, quería tu polla acariciándome el culo. La quería y la quería toda. Gemidos. Tu respiración penetrándome casi tanto como tu polla. Te decía guarradas pero no recuerdo cuales. Tú también me decías cosas.

Me gustó que me dijeras cosas, que me narraras lo cerdo que te ponía y luego me besaras dulcemente. Entonces sí sentí un estruendo, una traca en mi cabeza, cohetes estallando dentro de mi pecho, mi coño hinchadísimo reventando extrañamente a través de mi culo, mi boca abierta, mis piernas temblando...

Luego seguiste follándome el culo. Tuviste cuidado. Pero yo ya no quería cuidados. Quería tu leche. Entonces fuimos más deprisa, cada vez más. Tenías miedo de hacerme daño. Lo sé. Pero yo quería todo, tu semen dentro de mi culo y el gusto, y esa sensación de presente cuando estás tan guarro. Y me volví loca. Te oí susurrar que te ibas a correr y ese susurro fue como un escalofrío dentro de mí, de mi columna, de mis nervios, de mi culo. Gemía, te suplicaba, creo que casi lloraba, te incitaba, te maldecía pero, sobre todo, durante un instante, joder, te amaba. O al menos amaba esa parte de ti con la que estaba flotando, sintiéndome a través de ti, de tu placer, del mío. Luego sí, es cierto, todo ese amor se disipa no sé cómo...se va borrando, se difumina, desaparece de algún modo.

Y sí, queda el cariño, quedan las risas, y las veces en que te echo de menos, furtivamente, como hoy que te me apareces, es entonces cuando te siento dentro de mí...cuando respiro.

lunes, 5 de noviembre de 2018

CABALLO


Esta mañana mientras caminaba junto al río los he visto. A su rollo. Parecían indiferentes a mi presencia pero yo me he detenido un momento, creo que pretendía recordar algo. A veces me pasa. A veces no estoy segura de si algo ha ocurrido en realidad o no. Lo cierto es que esa imagen se parecía mucho a alguno de mis sueños. El vapor de la mañana emanaba del tronco de los árboles y eso le ha dado un toque de irrealidad genial a todo. El olor del humus penetraba en mi garganta. El río bajaba deprisa después de estos días de temporal y a un lado del camino un grupo de caballos pastaban tranquilamente. Parecía un sueño.

Hace demasiados años que no monto a caballo. Cuando era niña lo hacía de vez en cuando. Lo primero que me enseñaron fue a no tenerle miedo al caballo, y para eso tienes que hablar con él, acariciarle, subirte, ponerte de pie sobre la grupa e ir tomando confianza tal y como haces cuando empiezas a conocer a alguien. Los caballos son como las personas, si no les respetas te pierden el respeto. Tampoco es que sepa demasiado sobre caballos y mucho menos sobre personas.

Me he sentido muy feliz de encontrarme a ese grupo esta mañana porque los caballos siempre han estado en mis sueños. La primera vez que tuve un orgasmo fue fingiendo que cabalgaba. Puede que por eso terminara relacionando los caballos con el sexo.



Después, cuando aprendí a montar, supe establecer esa semejanza mucho mejor; primero, montando al paso, deleitándome en el paisaje, dejándome llevar lentamente por los cuatro tiempos del jamelgo, apreciando su calor, su blandura, su nobleza. Luego echando al trote, arriba y abajo, arriba y abajo, en un delicioso compás, diluyéndome en ese cíclico movimiento vertical, golpeando mi sexo contra la grupa, doliéndome, gozándome, deseando llegar a la carrera, sintiendo mis pechos saltar alegremente, creciéndome, prolongándome en ese movimiento hacia el exceso para llegar a la hermosura del galope. En ese instante me fundo con mi montura, el caballo flota sobre el aire elevándome, lleno mi boca de ese placer indisoluble, siento mi sudor y el del caballo precipitándose hacia algo insondable, advierto su fuerza, mi intensidad, sus resuellos, mi oxígeno deteniéndose en mi pecho, nos hacemos uno, nos deshacemos, nos agotamos, volamos en un tiempo hacia un único paraíso: la felicidad de sentirnos.

En uno de mis sueños más recurrentes monto un caballo alazán. Cabalgo desnuda sobre él. A galope. Los dos nos fundimos y los dos somos animal. Yo siento su sangre palpitar en mi cuerpo y él siente mi alegría. Y en ese momento sé que llevo un purasangre dentro que me está gritando que no deje de galopar hasta encontrar a esa Diosa que llevo dentro…

lunes, 29 de octubre de 2018

ORIGEN




Quiero deshilachar esta historia tirando del último hilo de esta urdimbre, deshaciendo el final de esta trama desde su desenlace hasta su origen hasta que no quede más que ese temblor al final de mí, cuando ya todo es pasado.

Estamos solos y en silencio, estamos solos y cautivos, sumergidos en esa soledad única de sentirnos uno con el mundo, ambos fundidos en “nosotros”, en un cuartito caluroso y húmedo. Solo se oyen los últimos resuellos de nuestros jadeos agrietados por el goce de un orgasmo. Sobre la penumbra flotan hebras de luz que se proyectan desde los reducidos agujeros de la persiana hasta nuestra piel estremecida y desnuda. Estamos enlazados, cansados y gozosos, el uno sobre el otro, recobrando poco a poco el aire. Su boca jadea junto a la mía exhalando los vapores que han dejado nuestros cuerpos sudorosos y exaltados, hemos exudado vicio y secreciones, nos hemos entregado a la seducción y a la lujuria, hemos indagado en cada rincón de nuestra humanidad, en el misterio de eso que somos cuando realmente somos nosotros mismos, cuando dejamos a nuestro organismo extenderse, vibrar y ser delirio y arrebato. Nuestros cuerpos se sacuden reconociéndose a duras penas en esa maraña que deja el éxtasis. Hemos hecho el amor y hemos combatido por el fuego, hemos sido sucios y extremadamente puros. Sobre mi piel se escurren los restos de su placer y siento el tacto frío de su esperma que empieza a coagularse; entre mis muslos gotean los restos de mis humedades, los posos de ese placer mío que parece horadarme poco a poco como el agua lo hace en la piedra con el tiempo. A veces un hombre puede elevarme y hacer que grite su nombre y, a veces, en ese segundo se me desvela todo lo que necesito saber de mí.

Nos hemos roto de gusto el uno al otro, buscándonos fantasías y encontrando nuestro deseo desmedido, comiéndonos los besos a mordiscos, golpeando nuestros sexos como animales, agotándonos en nuestra cópula como si fuera la última. Él agarraba mis caderas y yo he sentido su polla hundida hasta lo más hondo de mí, hincándose en mi coño una y otra vez, con la mecánica de un motor de cuatro tiempos, descargando toda la fuerza de sus cojones dentro de mi sexo. Hemos repasado el repertorio de posturas sexuales en una dinámica frenética: me ha follado a cuatro patas desde el borde de la cama, se ha subido encima de mi culo mientras yo me estremecía debajo de él, me ha follado de lado mientras apresaba mis tetas, me he subido sobre él para cabalgarle y distinguía entre mis balanceos las proporciones de su verga, le he partido la polla dándome la vuelta, hemos follado de pie y en el suelo, hemos follado como locos, a morir, inmensos, teatrales y cerdos.

Yo gritaba mis orgasmos impregnando todo su ser de lascivia con cada uno de mis suspiros, con mi cara desencajada por la borrachera de placer, muriéndome de gusto en cada sacudida, dejando a mi mirada perderse al fondo de sus ojos que me contemplaban observando mi cara de concupiscencia con fruición, regodeándose de su habilidad y de mi arrobo. Le he amado en ese momento. Solo en ese preciso instante.

Sus manos apretaban mi cintura y mi culo parecía moverlo el mismísimo diablo. Sus dedos me trepaban como el musgo progresa por la piedra, dejando su rastro profundo y oloroso en cada uno de mis poros, acariciando mis tetas o metiéndose a hurtadillas entre los pliegues de mi coño hasta alcanzar mi clítoris. Notaba el vestigio de su calor propagándose en mi sexo y ese modo único de incitar a mi placer en afrodisíacas y nuevas caricias. Antes de eso he sentido sus labios saltando por cada una de mis vértebras y su aliento tibio rozándome la espalda hasta derramarse en saliva sobre la curvatura donde comienza a hacerse culo. Su lengua empapaba la trayectoria entre mis nalgas haciéndome sentir en una nube de gloria y lodo, regando el inefable camino entre mi ano y mi cálido agujero, he comprobado su saliva haciéndome cosquillas y estremeciendo cada punto desde donde podía sentir un placer tan hondo que me he dejado caer en él.

Mi boca abarcaba su polla con una ferocidad ambigua, tratando de ser tierna y complaciente pero sujetando mi avidez. No había nada que deseara más que hacerle gozar. Lamiendo su rabo desde su glande hasta sus huevos elevados e inflamados. Ensalivando sus testículos con obscenidad y desenfreno, con devoción, casi con avaricia, recorriendo cada uno de sus surcos con entusiasmo, subiendo lentamente desde su tronco hasta el frenillo, metiendo mi lengua en su agujero, cautivándome de él, haciendo su placer mío, electrizando mi coño con cada lamida de su rabo, llenándome la boca con él, inflamándole sobre mi lengua, sintiéndole al final de mi garganta, sintiéndome zorra, emputecida, impúdica y aérea, advirtiendo los efectos de mi libídine en cada puñetero poro de mi cuerpo.

Su boca apresaba con dulzura mis pezones haciéndome sentir escalofríos, pequeños calambres que circulaban desde mis tetas contraídas hasta mi coño, colmándome de tanta lujuria que he estallado en varias ocasiones. No he podido contarme los orgasmos. Ha sido dulce y delicado, llegando a mí como lo haría un buen sueño, apenas haciéndose un hueco en todo eso que soy yo, acariciando algo de mí que no tiene piel ni nombre, y dónde muy pocos han llegado si no es con la destreza de los buenos amantes.

Apenas si me tocaba haciendo de sus caricias diminutos roces que me hacían temblar de incontinencia. Su boca ha sido un derroche de dulzura, se dejaba caer sobre mi piel con la destreza de la lluvia, ya fuera sobre mi boca, en el camino hacia mi ombligo, en el prodigioso cauce que marca mi cintura o en la sinuosa curvatura donde acaban mi caderas y se repliegan en las ingles para confluir hacia mi sexo. Todo en él me parecía suave y perfumado, todo él me parecía amable y manso y todo en él me llevaba a él y a la impudicia.

Y todo ha comenzado en un instante en que estábamos a oscuras.

Había luz, gente y algo de ruido en esta ciudad de sirenas, buques y gritos de gaviotas. Él me ofrecía un café con esa sonrisa de niño malo, invitándome al juego y al sexo, ofreciéndome sexo y orgasmos como quien ofrece agua a un caminante. Él no lo sabe pero yo le he visto en ese segundo. Quiero decir que he podido ver más allá de lo que él era. Y era un niño que jugaba y un hombre ofreciéndome sus manos para lo que yo quisiera. Las he tomado. Las he agarrado ahora que necesito caricias y un tiempo de ternura. Me he acercado a él, he ansiado un beso. Un único beso que apenas me ha rozado. Un beso limpio y blando…donde ha empezado todo.



lunes, 22 de octubre de 2018

NOSTALGIA



Photo by Annie Spratt on Unsplash


La añoranza de ti empieza a carcomerme, sobre todo cuando me veo incapaz de evocar tu olor o al despertarme de noche y alargar mi mano la encuentro vacía. No es verdad que haya patria alguna. Echamos de menos aquellos a quienes amamos, eso es todo.

Mi coño es un pozo infinito de nostalgia. Y es que el sexo contigo es otra cosa. Es hundirme hasta lo más hondo, es dejarme llevar a alguna parte de ti a la que temo y deseo al mismo tiempo, es caer en tu parte salvaje, es destapar la mía. Todavía, a veces, dudo, porque, sí, a veces, el amor es un trabajo demasiado duro. A veces, también, creo que solo te quiero por momentos. Pero luego, ya ves, tiramos del instinto y todo se vuelve natural y sencillo. Es cierto que me gusta complicarme.

Anoche me despertó el frío de ti. Necesitaba hacer sudar y jadear a mi cuerpo y sosegar a ese animal que me retuerce a veces de deseo. En realidad necesitaba tu piel pero no la tenía. Nada puede suplir a tus ganas, a tu cuerpo jadeando gusto sobre el mío, a cómo te siento crujir de placer.

Me desnudé entera y cerré los ojos. Recordé tu lengua sobre mí, recorriéndome despacito. Lentamente mis caderas comenzaron a moverse. Mis dedos tiraban de mis pezones con dulzura y mi pelvis se elevaba hacia el cielo. Es cuando más siento el vacío en mi sexo. Cuando más necesito que me llenes. Hice girar mis dedos y mis pezones se enroscaron sobre ellos. Hay un vaho impreciso pero certero sobre mi organismo cuando hago girar mis pezones. Es un pequeño chasquido en mi nuca y un fuego muy grande en mi coño, cuando surge, entonces, me urge frotarlo. Restregarme fuerte como queriendo despojarme de esa desazón a base de frotarme. Y todo es vértigo. Todo se precipita gozosamente lento. Mis piernas se abren para permitir que mis dedos se alojen en mi coño. Mi coño palpitante, vivo, tenso de puro vicio.

Y mis dedos hacen tu trabajo, entran salen, retuercen. Deprisa, deprisa. Despacio, despacio. Abren mi coño, y lo dejan abierto, estático e impaciente. Lo dejo sufrir un poco mientras escenas contigo o con otros caen sobre mis ojos. Me perforas el seso, tu polla en mi boca, mi culo penetrado, el movimiento de mi cuerpo, el sudor en el canalillo, los efluvios de mi sexo, de mí, de mi coño. Mis dedos empapados. Azoto mi coño, acaricio mi raja, hago girar mi clítoris expandiéndolo. Necesito una polla. Alargo la mano y alcanzo un dildo. Me penetro. Muevo la polla, fuera, dentro, fuera, dentro, y una bicha recorre mis piernas. Quiero más, más, más. Susurro tu nombre, te imagino exponiéndome a la vista de otros, te imagino besándome la espalda, te imagino siendo muy guarro, dándome pollazos, babeándome, metiéndome caña. Me doy fuerte con la polla, con la otra mano sigo acariciando mi clítoris. Mi coño se aprieta contra la silicona, se contrae de gusto, el placer estalla por mi cuerpo como una bomba de racimo, alcanza mis muslos, mis caderas, asciende por mi vientre, zarandea mi cabeza, baja por la espalda, grito tu nombre, jadeo incoherencias, alabo a dios y, por un instante, te sueño a mi lado, recuerdo tu olor, y la presión exacta de tus dedos en mi cuerpo. Un instante solo de ti.


lunes, 8 de octubre de 2018

LA MISMA HISTORIA





Photo by Maru Lombardo on Unsplash

A veces me parece que siempre estoy contando la misma historia. Quedo con un tipo en un sitio, me folla a saco y acabo sintiendo un gozo enorme. (Por supuesto, las historias que no molan no las cuento) Pero luego no es exactamente así, al final, puede que lo que cuente en realidad sea los matices. El escenario, los personajes, incluso la acción quedan relegadas a un segundo plano por el peso de esos detalles, por lo que me hacen sentir o por cómo siento a las personas que me los proporcionan…

Es difícil volver a explicar lo que se ha dicho. Lo que se ha contado tantas veces… Sutilezas matices, cosas pequeñas de las que estamos hechos, manos que nos tocan a menudo y, en cambio, nunca nos alcanzan, besos inconscientes, susurros ahogados en otra boca…nadas que suceden y pequeñeces que nos pasan todos los días, algunos días…

Voy a saltarme la parte del mensaje que recibo y que tan solícitamente atiendo, voy a dar por hecho que sabéis que nos vemos en un cuarto, que él me parece atractivo y que sus ojos negros parpadean ante mis ojos grises con la eficacia de un faro en la distancia.

Entramos en ese cuarto y todo mi cuerpo se tensa como un arco. Ya le he dicho que estoy ansiosa, o nerviosa, o como se quiera llamar a esa anticipación, a ese momento en que ya sabes que antes o después acabará hundiéndose dentro de ti, que su carne acabará confundiéndose con la tuya, que todo será arrebato y furia y que en ese cuarto crepitará nuestro deseo como eficaces elementos de algún potaje alquímico.

Le estoy mirando y necesito que me bese. No es que lo desee, no es por el deseo de su boca, es que ne-ce-si-to que me bese. Él me mira algo turbado como si acabara de desbaratar todos sus planes, pero acerca sus labios a los míos y yo me deshago en su aroma. Me revuelco en ese beso, quiero desnudarle, y precipitadamente me quito, me quita, nos arrancamos la ropa. Siento su olor envolviéndome de ganas, abarcando mis poros, encerdándome, diluyéndose en mi propio olor.

Su boca discurre por mi cuerpo como si fuera algo natural. Fluye. Sus labios colonizan mi coño y lo ocupa de besos y de lengua, de gusto, de un placer que crece y crece en torno a sus labios y a los míos, y este hombre de azúcar sigue su estrategia: esnifarme, succionarme, desintegrarme el coño en orgasmos. Mi coño se levanta, se zarandea, se agita por dentro, rezuma por fuera, lo desea, se vierte hacia su boca, se derrama... Siento mis gemidos sobre mí, como si fueran una manada de caballos desbocados pisoteándome el cuerpo, mientras su rostro se ha perdido en sus esfuerzos, en la hendidura por donde me pierdo, en este cuerpo que ha dejado de ser mío para ser parte de su voracidad, de sus fauces de lobo hambriento de mi coño. Palpito. Me estremezco. Abro la boca buscando oxígeno y me doblo sobre él buscando su polla. Apenas si puedo alcanzarle, luchamos retorcidos en una masa de carne y enajenación, abro la boca, aprieto mis temblorosos muslos,  mi lengua se agita en el aire hacia su polla, pero apenas consigo aprehenderle, me sujeta con la boca, atenaza mi coño, me disuelve, me inmoviliza el placer que me produce, quiero y no quiero alcanzarle. Lamo sus huevos, mi lengua se revuelve sobre el aire con el afán de recorrer su falo, chupo, su rabo se ajusta en mi boca, vuelvo a bajar, la cabeza va a estallarme…

Gimo. Sí. Gimo. Mi boca no alcanza el aire que necesito, porque aún necesito más su boca. Mis suspiros resecan mi garganta. Quiero más, quiero más de su boca, de su polla, de sus ganas. Se lo suplico: “Fóllame, fóllame, por favor, por favor”, no sé cómo hacerle entender que necesito, que preciso su verga llenándome de latidos y carne y gusto y todo lo que pueda darme. Necesito, necesito… solo sé que le necesito dentro de mí.

Me folla. Decir me folla es un eufemismo de su práctica. Su polla se hinca en mi agujero, busca mis escondrijos, me dibuja, me eleva, me rompe por la mitad. Noto su rabo dentro de mí, sumergiéndose en algún lugar que me traspasa, no sé cómo lo hace pero cuanto más me da, más quiero, más, más. Adoro su cuerpo caliente atravesándome, su sudor cayendo sobre mí como un gotero mágico y mi cuerpo recibiendo sus embates, su avidez, sus putas ganas. Me da la vuelta, me pone a cuatro patas, me perfora, siento sus manos agarrándome, sus dedos hundiéndose en mi carne, su follada golpeándome el culo. Me postra, cierra mis piernas y se sienta sobre mí sin dejar de follarme ni un momento. Siento mi placer creciendo desde mi coño hacia mi columna, siento como me agita y creo que digo algo, pero no recuerdo qué, lo noto en mi nuca, en mi boca, detrás de mis ojos, lo percibo bajando por mi cuello hasta mi vientre y entrando y saliendo de mi coño, exaltándome, sublimándome, haciéndome crujir. Me rompo de gusto.

Vuelve a mi coño. Vuelve como un peregrino a su tierra sagrada, como un hechizado a su delirio, como un alcohólico a su botella, vuelve a hundir su lengua, y sus dientes y su placer en mi carne, hace mía su boca y esa bellísima lujuria suya que aprieta mi sexo. Pasa su lengua por mi clítoris que se rinde a su habilidad, me penetra con la lengua, me engulle, me trastorna. Se vuelca en mi coño, empachado de sacudidas, y avanza hacia mi culo. Me come el culo. Advierto la calidez de su saliva impregnando mi ano, un escalofrío de caricias me sacude la cabeza. Mete un dedo, mete dos, los mete y los saca, suave, rozándolo, mientras sigue comiéndome el coño, o me folla con los dedos, o me folla con la boca o ambas cosas. Me gusta tanto que quisiera detener el tiempo, quiero quedarme en esa bruma de lascivia, en esa incontinencia tan real, tan irreal, tan mía. Me tiene muy loca y quiero hacerlo mío, quiero comerle yo, devorarle yo, darle el gusto…

Me giro hacia su polla. La agarro golosa, me gusta su tacto, es suave y rotunda; saco la lengua, hago ademán de comérsela, me gusta ese juego, me gusta ese gesto suyo de confusión. Lamo. Es un rabo delicioso, dulce, durísimo. Lo adoro. Me emputezco. Quiero más. La meto dentro, dentro, al fondo de mí, de mis ansias. La trago con fruición, muy lentamente, regodeándome en su tacto y en lo que sé que le hago sentir, le oigo gemir y musitar: “Mmmm qué bien la mamas…”, noto sus manos en mi pelo, le siento derritiéndose de gusto debajo de mi lengua y eso, eso me gusta más que nada. Siento respirar a mi coño al tiempo que le babeo la polla, la paso por mis labios como un caramelo, la vuelvo a engullir, sé que está a punto, sé que está a solo un paso de correrse, le pajeo, le miro, vuelvo a comerle, no dejo de mirarle y de lamer y desear su leche. Saco la lengua, la deseo, deseo el tacto tibio de su esperma, su pelvis avanzando hacia mí y esa explosión de hombre ante mis ojos, “vamos, vamos…dámelo, dámela, dámela toda”, y su polla revienta en gotas de lefa que escurren por mi mejilla hacia mis labios, gotas de él se derraman en mi lengua y relamo los restos de su placer, chupo su gozo y me siento una Diosa, una elegida… él gime, se estremece, no deja de hacerlo, exhala su prolongado orgasmo a trompicones y yo me dejó caer en él, en su placer, en el mío…

Luego todo vuelve a su sitio lánguidamente, nos vamos desencajando de ese placer, miro sus ojos y casi puedo verme, el olor de nuestros cuerpos flota sobre el aire, olemos a sexo, a eso que es un hombre y una mujer dándose gusto, nuestra respiración se va ajustando a un ritmo tolerable, hay una ternura blanda entre nosotros, apenas extraños, apenas amigos. Me diluyo en el silencio, me gusta sentir como mi cuerpo se deleita y se va apaciguando y distanciando de esta alegría de gozar. Cierro los ojos, apenas un instante. Me sonrío. Es difícil volver a explicar lo que se ha dicho. Lo que se ha contado tantas veces… Sutilezas, matices…