lunes, 22 de junio de 2015

TODO MÍO



A veces solo cierro los ojos y me dejo llevar. Da lo mismo si cerca de mí hay un hombre o una mujer, da lo mismo si es real o no. No importa si no puedo tocarlo o puedo romper a mordiscos su deseo.

A veces abro los ojos y observo. Y el aire se deshace diluyéndose en porciones de nada que caen en cuentagotas sobre mi mirada azul o verde o gris. Da lo mismo si lo que veo existe o es un sueño. Da lo mismo con tal de que pueda sentir como resbala sobre mí su magma, su perverso y ondulante movimiento, esa caricia, ese veneno.

A veces miro hacia dentro de mí y siento como mi cuerpo se remueve. Casi puedo oír a mi sangre retorciéndose en remolinos espesos y siento mi carne rizándose en caricias cuando la tocas. El recuerdo de ti me calienta los muslos y asciende en los perfiles de mis labios, tu beso se adhiere a la viscosidad de mi vulva, trepa dentro de mí, me sacude por dentro. ¿Cómo puedo sentir mi hambre tan profundo? ¿Cómo puede llegar a mi cabeza el sonido de tu voz y estremecerme el coño? El calor de tu boca es lo único que mi clítoris necesita, tu calor y el movimiento de tus labios. Te veo sonreír con esa mirada de canalla y preciso de tu polla para llenar mis apetitos. Me llenas el coño, el deseo, el culo, el desenfreno, la boca, me llenas de carne y fantasías, me llenas de azotes y caricias, de sexo.

A veces mi cuerpo se agita, cuando miro dentro de ti. Te miro a los ojos y veo un animal en ellos. Eres mi pantera, mi temor, mi regocijo. Te evoco junto a mí en la bañera, ambas goteamos jabón y ansia; tu memoria enciende algo dentro de mí. No sé quien eres pero tu olor me crece por dentro, multiplica mis ganas, me encharca de babas e impudicia. Tus pezones oscuros resplandecen sobre tu piel blanca. Me sonríes y no puedo dejar de anhelar tu coño. Tu beso se enreda en mi beso, desciende despacio trazando su única trayectoria con la lengua, su destino es encontrarme el grito con que choco contra el éxtasis.

Da lo mismo si soy o no soy. Solo sé en ese momento que todo es mío. Que puedo llenar mi boca o mi ombligo o mi coño de todo lo que hay en el mundo como si fuera la puta caja de Pandora. Y me convierto en un organismo antropofágico de sensaciones, de prodigios, de vida. Siento latir a mi carne, me siento a través de ella y es en ese preciso instante que sé que no estoy muerta.


domingo, 12 de abril de 2015

MUERTE








De aquella noche todo lo recuerdo a oscuras. El modo en que nos despertó el teléfono, sacudiéndonos, la respiración agitada, el gesto circunspecto, esas pausas que se hacen al hablar cuando se recibe una mala noticia… Llegamos a casa de Roberto y parecía que alguien estuviese apretando el aire para hacerlo aún más irrespirable. La luz de aquella casa me pareció irreal y, al mismo tiempo, jodidamente conocida. Ya sabía lo que había pasado, incluso lo que iba a pasar, aunque nunca llegué a saber por qué. Roberto nos contó con sus ojos clavados en el vacío que por la mañana Javier ya le había dicho que se iba a morir. Es cierto. Aquella casa olía a muerte. Incluso antes de lo de Javier. Todos lo sabíamos. Pero todos creíamos que sería Roberto, porque a él le llamaba lo siniestro, siempre fue adicto a la fatalidad...

Roberto había ido a recoger a Javier a la estación aquella misma mañana. Habían estado dando vueltas por el puerto y habían ido a comer a uno de esos restaurantes de marisco para “guiris”. Se hartaron de nécoras y albariño, y luego fueron a echarse la siesta a Cabo Estay. Después anduvieron todo el día de aquí allá sin destino fijo y engancharon con la noche. En el “Darwin” conocieron a unas chicas, se enrollaron y más tarde fueron al apartamento de Roberto en Playa América…

Miré a Roberto e hizo una pausa sin dejar de mirar al suelo “Joder, tío, yo creo que lo ha hecho porque le tocó la fea…” Se echó a reír dándose cuenta de la tontería que acabada de decir. En parte, cualquier cosa que dijéramos a partir de entonces era una tontería. “Joder, ¿como iba a pensar que iba a hacer algo así? Cuando he oído el crack desde la otra habitación he sabido que era él. No sé por qué, pero lo sabía. Sabía que era su cuerpo golpeando contra el asfalto. Sabía que era su sangre chorreando sobre la calle. Lo he sabido. Joder, tío, siete pisos. Era hombre muerto. Joder, tío, me duele la cabeza”

Yo no quería oír más detalles ¿Acaso había más?. Javier tenía veinte años y no quería vivir. Eso era todo. No había más. Se oyó el timbre de la puerta y todos supimos que eran los padres de Javier. Se oyó gritar a alguien y llorar. Ese llanto inconsolable de las madres. Ese dolor tan real y aparatoso, con la mitad de sus gritos enfáticos, con la mitad de sus gritos ahogados. No sé cómo fue pero todo el mundo desapareció. Yo me quedé en el cuarto de Roberto tratando de protegerme de esa afectación que me ha asustado siempre tanto. Sea real o no. He visto muchas veces esa misma afectación fingida, del mismo modo que he contemplado la auténtica, y no podría elegir cual de ambas me resulta más dolorosa. La habitación estaba en penumbra. Casi podía oír el cuerpo de Javier al caer. Maldita sea. Y entonces lo sentí a él. Me abrazó como si se abrazara a la única verdad del mundo, palpando mi cuerpo por debajo de la ropa, no con ansia, si no con auténtica fe en la vida, como asiéndose a la vida propia. Me mordió el cuello y jadeó sobre mis labios. Necesitó mi coño como yo necesitaba de su leche tibia descendiendo por mis muslos. Como si ambos supiéramos que solo nutriéndonos de algo vivo podríamos apartarnos de la muerte. Me folló de pie, desde atrás, penetrándome con auténtica vehemencia. Como queriendo hacerle entender a mi carne que su carne no se andaba con chiquitas. Haciéndome temblar con cada golpe de polla, estremeciendo mi vientre con cada vaivén, consiguiendo que mis tetas se deslizasen sobre el aire dibujando parábolas perfectas. Cuando acabó se sujetó a mí, se quedó mirándome, haciéndome entender:”estoy vivo” y juro que jamás me sentí tan viva y mía como atravesada por aquel falo aterrado por la muerte.




Crucé el pasillo y vi una chica llorando en la cocina. Entré y le ofrecí un vaso de agua, entre jadeos no paraba de repetir “Yo creo que es que no le ha gustado como se la chupaba…no es justo, jo tía…”  Al marcharme cerré la puerta despacito, sin hacer ruido, respetando el duelo de aquel lugar. Mientras bajaba las escaleras me di cuenta del rumor de mis braguitas, todavía rezumaban mis fluidos, miré la piedra del edificio cubierta de musgo, transpirando, como yo, sus humedades. Me sentía aliviada y a salvo. Y desaparecí entre las calles de piedra.


lunes, 17 de noviembre de 2014

BAÑO




Es algo que sé hace mucho tiempo. Cuando hace frío solo hay una cosa que puedas hacer y es: pasar frío. Claro que esto no es del todo cierto. Se pueden buscar millones de maneras de evitar el frío. Todas son mentira. Y, en cambio, todas sirven. Con unas pasas menos frío, con otras es posible que te olvides de él y con otras, incluso, puede llegar a gustarte.

A veces me parece que mi yo interior esté totalmente conectado con el clima. Estos temporales que se suceden han causado destrozos por todas partes, pero lo peor es la sensación que dejan en la gente de estar todo extraviado, esta impresión de hallarse sin esperanza. Sí, lo peor de las tormentas son este frío y esta tiritona que dejan, removiéndonos y recordándonos que van a volver. Quizá por eso necesito ordenar, hacer limpieza, hallar la manera de recuperar, ya no lo que está perdido, pero sí la ilusión de poder empezar de nuevo.

Cuando perdemos algo en nuestras vidas que ha sido importante, aunque incluso lo odiemos, es una forma de quedarnos desnudos, a la intemperie. Y por eso es tan difícil no sentir ese extraño dolor. La frialdad duele como un cuchillo. Pero del mismo modo, sé que puedo aguantar el mal tiempo, que permanezco en pie, resistiendo, y soy fuerte, y tengo imaginación y tengo unas ganas de vivir inmensas.

Él sabe que no es mi mejor momento y se ha ofrecido a abrigarme. Lógico. No, no creo que haya muchos tíos que dijeran que no a mi invitación pero desde luego no hay muchos capaces de cumplir con mis expectativas en los días del frío. Los hombres tienen una capacidad innata para hacernos polvo cuando menos falta hace. No sé por qué. Seguramente ellos se encogen de hombros porque tampoco lo saben, incluso, es posible que no tengan ni puta idea de qué hablo.

Necesitaba mimos, el calor de una piel, de alguien arropándome, necesitaba calor sexual, actividad, distracción, necesitaba juego y risa, necesitaba agua y aceite, y alguien que pudiera entregarse un rato, solo un rato para llevarme a otro sitio, a otro estado, a otra actitud, a otra forma de sentir.

Le había comentado que hace tiempo tenía ganas de ir a un Hammam* que hay en Madrid por la zona de Atocha. No hay nada mejor para entrar en calor que un baño caliente. Eso lo saben en cualquier país civilizado. Pero me convenció para ir a un hotel en el centro que tenía sus propios baños.

Llegué después que él. Al abrir la puerta me sonrió y a continuación me abrazó. Adoro esa sonrisa abierta que me dice tanto, mitad de canalla y mitad de niño curioso, con sus hoyuelos y su picardía dando saltitos sobre el aire, capturando mi atención, logrando que me tiemblen las piernas. Hay hombres que pueden ganarte con su sonrisa. Otros pueden destruirte. Crují con él en ese abrazo. Es impresionante todo cuanto pueden decirte solo con apretarte fuerte y respirar contigo unos momentos. Hay brazos en los que me siento a salvo.

Me llevó de la mano hasta el fondo de la habitación y me dijo que ya había preparado el baño. Me quedé perpleja. Era la habitación más bonita que había visto nunca, estaba decorada en tonos rojos pero no agobiaba en absoluto, una cama enorme se apoyaba directamente en el suelo, cortinas y lienzos colgaban de aquí y allá, el suelo se encontraba tapizado de alfombras mullidas y tersas enmarcadas por cenefas, y había cojines por todas partes. Desde luego parecía una de esas estancias salidas de Las Mil y una Noches. En un rincón había un jacuzzi lo bastante grande para más de dos personas. No había luces directas, la habitación tan solo estaba iluminada por unas cuantas velas. Olía sutilmente a jazmines y me parecía que la belleza de la melodía de un ney* brotaba de algún lugar pero no podía asegurarlo. Si quien había decorado aquella alcoba tenía la intención de que nos sintiéramos acogidos por una cálida y placentera sensación de bienestar lo había conseguido.

Fui a decir algo pero él me tapó delicadamente los labios con un beso. Sus besos se esparcieron por mi cuello, por mi pecho, por mi vientre como la sal de la tierra, y a medida que besaba me iba desnudando. Nunca me parecieron más ágiles ni oportunas unas manos, grandes pero delicadas y hábiles. Me iba sacando prenda a prenda mientras me besaba, acercaba su nariz a mi piel, aspirando mi olor como una cría haría con su madre, reconociéndome y abrazándome, hundiéndome con él y por él en esa cuarta dimensión del deseo, en ese agujero donde me siento caer, en ese hoyo que cuanto más se llena más agua cabe y más pozo me hago y más me sumerjo de impudicia. Me besó las caderas y me mordió los muslos, su boca me hacía sentir capturada, y me pareció que solo pudiera liberarme a través de sus labios, de sus besos, de su lengua. En sus brazos desperté del frío y se abrieron las puertas a mis sentidos.

Mi respiración comenzó a entorpecerse y estoy segura de que podía sentir los latidos de mi corazón en el coño. Intentaba enroscarme contra él y alargaba las manos para alcanzar su rabo pero no me dejó. Así que no podía hacer otra cosa que dejarle hacer, observarle y mantenerme tan cachonda que comencé a sentir palpitaciones en las sienes y mi vientre se contraía al ritmo de estas.

Me sumergió en el agua y me bañó. Frotó todo mi cuerpo con una esponja muy suave. El jabón hacía espuma y pompas de jabón. Llenaba la esponja de agua caliente y luego la dejaba caer sobre mi piel. El agua estaba aromatizada con algún aceite perfumado. Su cuerpo emanaba calor y ganas, cada vez que se levantaba un poco su polla emergía vertical sobre el agua y yo la ansiaba moviendo mi boca hacia ella. Se colocó detrás de mí y yo me recosté sobre su pecho. Sentir la dureza de su polla casi en mi culo era una delicia-tortura más. Sus manos iban y venían por mi cuerpo, me acunaba, me decía cosas bonitas mientras introducía sus dedos en mi coño, o me rozaba o pellizcaba los labios, como si abrir los poros de mi cuerpo fuera algo que hacía como de pasada mientras me hablaba.

Me preguntaba si me gustaba la habitación, o qué tal había pasado el día, o si había llegado en taxi o me había traído alguien y alternaba estas preguntas inocentes con otras como cuando había sido la última vez que me habían follado el culo, si me daría morbo que me follara otro tío mientras él nos observaba o si me apetecería comerme un coñito jugoso y sonrosado, y, mientras, aprovechaba el momento en que yo contestaba para acariciarme el clítoris, pellizcar mis pezones o hurgar en mi culo. Yo cada vez estaba más fuera de mí, apenas si podía responder a lo que me preguntaba, movía las caderas y mi espalda se arqueaba contra su pecho sin querer. Me tocó a su antojo, me provocó, me ensució los oídos con todas las guarrerías que se le ocurrieron y me agarró fuerte contra él cuando empezó a notar los temblores de mi orgasmo. Yo me sacudía contra él y gemía como nunca. No hay nada en el mundo tan liberador como gemir y gritar cuando te estás corriendo bien a gusto.

Me volví y le bese la boca. Hay besos que deberían tener otro nombre, porque son algo parecido a ser uno. Cada vez que nos enfadáramos, o tuviéramos un frustración muy grande o un dolor muy hondo alguien debería besarnos así para ponernos en contacto con el mundo, con el universo. Quizá llegar a otro aunque sea por un breve instante sea lo más parecido a la felicidad.

Entonces comencé yo a enjabonarle a él. Es una gozada bañar a otro, tener su cuerpo a tu disposición, poder observar cada reacción de su cuerpo. Le embadurné de espuma y le frotaba o le daba masaje. Mis manos se hundían en sus músculos y le pasaba las tetas por la espalda o acercaba mi sexo para frotarme contra él. Le agarré la polla desde atrás y mi mano se deslizaba en su rabo maravillosamente gracias al agua. Le agarré de los huevos y los hacía girar en mis manos. Sus gemidos me estaban volviendo loca. Volví a pajearle, alternado movimientos firmes y rápidos con otros más lentos y amorosos. Sus caderas parecían cobrar vida propia y no dejaba de decir: “ohhh que bueno, mmmm, que bueno”

Me metí entre sus piernas y comencé a comerle la polla. Le dí lamidas largas por todo el tronco hasta el escroto y bajé un poco más hasta su culo. Sus gemidos me pervertían y me llenaban de vicio. Luego volví a su rabo. Lo necesitaba todo en mi boca, llenándomela, llegándome a la garganta, sintiéndome muy sucia y muy zorra. Él me agarró del pelo y me llevó aún más adentro. Mis ojos se clavaron en los suyos. No dejaba de mirarme fíjamente, con el rostro desencajado de placer, la boca abierta, reclinando levemente la cabeza hacia atrás de cuando en cuando. Volví a pelársela y alternaba los movimientos de mis manos con los de mis labios y mi lengua, hasta que llegó un punto que me agarró, me dio la vuelta y metió su polla en mi agujero de una vez.


Con una mano me acariciaba las tetas y el vientre, su pelvis iba y venía contra mi culo, respiraba tan fuerte que sus resuellos me hacían cosquillas en la espalda. Entonces sacó su polla de mi coño, agarró una de mis cachas y la apartó. Sentí su boca en mis nalgas, me parecía una animal vivo llenándome el culo de gozo, su lengua se retorcía y deslizaba en mi agujero y lo dilataba de placer. Mientras tanto jugaba con mi coño haciendo girar mi clítoris, metiéndome los dedos por el coño o por el culo, ablandando cada vez más y más mi ojete. Gemí cuando sentí su capullo tratando de entrar en mi culo, notando como me rascaba con su polla a cada avance, advirtiendo como mis paredes se ensanchaban a su paso como si fueran los caprichos de un dios. Despacio, despacio, despacio.

Alcé un poco la cabeza y me parecía estar envuelta de una bruma de color rojo; había un aroma especial en el ambiente, escuché el extraordinario eco de mis gemidos junto a los suyos mezclados con el ruido que hacíamos en el agua, su polla batiendo en mi culo, mi culo dilatándose de placer. Comenzó a ir un poco más deprisa, yo le pedía más y me decía que se iba a correr en mi culo. Más, más. Mis caderas se movían deprisa y le gritaba que más, que me iba a correr , que me iba a correr ya, y él me suplicaba que sí, que me corriera ya porque no podía más. Su polla me ardía en el culo espoleándome, llegando a un lugar de mí más mío que ninguno, llevándome a un placer tan grande y fecundo que me parecía estar multiplicándome de ganas y de gusto. Grité su nombre mientras me volví a correr, todo mi cuerpo temblaba y lo adoraba, él salió de mi culo y estampó su lefa contra mis nalgas, las embadurnó de gusto y vida, se restregó contra mí, me volvió a abrazar, me apretó con sus manos, con su suavidad, con su vehemencia, y yo sentí salir el frío de mi cuerpo como un espíritu maligno que me hubiera estado emponzoñando el alma de miedo.

Después salimos del baño y nos secamos, descansamos fuera del agua, hablamos de esto y de lo otro, volvimos a follar varias veces, nos dimos masaje, comimos fruta y bebimos vino, nos reímos, nos hicimos el amor, nos hicimos más amigos, más nosotros, volvimos a bañarnos y a abrazarnos y las horas fueron cayendo rápidas con esa violencia del tiempo. En esas horas recuperé el calor que tanta falta me hacía para recuperarme del frío y quizá para no olvidar que antes o después siempre hay algo, alguien que te devuelve el olor de los jazmines, y vuelves a sentir tu vida corriendo por tus venas, y regresas a la templanza e incluso a la alegría, alguien que te recuerda que ha de volver la primavera.






* Hammam: baños turcos.


* Ney: Flauta




domingo, 5 de octubre de 2014

AHORA






Sé que lo ves a través de mis ojos, según impacta tu retina en ese brillo turbado con el que te miro. Mi insaciable mirada, mi lengua de fuego y este animal que llevo dentro. Es todo deseo. Toda.

Es verdad, te estoy mirando pero no te veo, solo voy detrás de tus ganas. O delante de las mías. Millones de átomos están invadiendo nuestro espacio, millones de hormonas están haciendo su trabajo: volvernos locos. Y a mí me arrebata revolverme en ese caldo de lujuria que mantienes caliente para mí. Para cualquiera. Sentir como me golpea por dentro, como me dejo llevar por mi instinto, como me precipito hacia el tuyo.

Lo estoy sintiendo. Aquí y ahora. En la velocidad con que se constriñen mis pezones y mi coño se lubrica de magnífica substancia. En tu polla vertical sudando vicio. En el sonido de nuestros sexos cuando follamos, saltando sobre nuestro propio placer para encontrar algo nuevo, distinto. Lo siento así, flotando sobre nosotros mientras nos hincamos el uno en el otro. Dejándome caer en las vibraciones de mis gemidos, los mismos que me abandonan cuando llenas mi garganta con la rotundidad de tu falo. Repleta de ti. Vaciándonos y llenándonos en este recreo en el que jugamos a pertenecernos. Agotándonos y fortaleciéndonos en esta grandeza de gozarnos.

Tú lo sabes, en este momento hay algo tuyo que se hace mío. Y yo sé que hay algo mío que te pertenece. Solo ahora. Solo en ese mínimo instante del presente. Pero podemos sentirlo y, puede que en el fondo, solo sea ese minúsculo segundo lo que buscamos. En cualquier caso. Con cualquier persona.

Esa es la única puta verdad que tengo. Mi cuerpo abriéndose a un poder certero: otro cuerpo.

Aquí y ahora.

Venga. Ven. Perfórame. Hazme sentir mi cuerpo con tu fuerza, con tu celo continuo de macho, con tus absolutas ganas. Como un koan ideado para no poder descifrarse con ningún otro cuerpo que encuentre. Como un acertijo que se resuelve con cada uno que alcanzo. Házmelo sentir con tus ojos, con tus manos, con tu polla. Golpéame con tu pelvis, más fuerte, hasta que sienta dentro de mi coño toda tu lascivia, toda tu verga empujándome hacia el abismo, con la fuerza de tus espasmos y el ímpetu lascivo de tus cojones.

Venga. Ven. Hazme sentir que hay un momento único. Uno momento en que somos carne en movimiento acuciada por el ansia primitiva de la concupiscencia. Y devuélveme a la diáfana simplicidad de ser. Contigo.

martes, 26 de agosto de 2014

BLANCA


He salido a dar una vuelta por si corría algo de brisa, quizá con la esperanza de aclararme o de sentirme menos perdida. No ha habido suerte; parece que vuelve el calor. He podido oír el zumbido de los motores desde la M30 a pesar del entorno idílico del parque, eso me ha estropeado un poco la abstracción. He estado evocando momentos del viernes y el sábado. Es curioso como se mezcla todo en la vida para conformarnos o deshacernos, para satisfacernos o hacernos desdichados.

La felicidad es demasiado efímera para sentirla con claridad. No hay modo de demostrarla. Siempre hay algo o alguien que distrae tus sentidos para poder ser consciente plenamente de ella, así que solo puedes tener instantes, fogonazos, piel erizada, mínimas dosis de alegría o luz a las que has de volver en los momentos oscuros para recordarte que la vida es también eso y merece la pena ser vivida.

He cerrado los ojos y he podido sentir sus besos cayendo sobre mis labios como una lluvia inesperada de alegría. Ha sido un día espléndido. Hemos llegado al hotel y nos ha sorprendido la habitación. Parecíamos entrar en algún decorado futurista. Absolutamente blanca con formas acogedoramente sinuosas, una bañera enorme y curvilínea, con luces escondidas estratégicamente. Hemos escudriñado el espacio, tan sideral y luminosamente. inmaculado He pensado que era el lugar perfecto para amarnos. Tan distintos, tan insólitos, tan alienígenas.

Todavía no he podido evaluar si sus besos me enternecen o encerdecen. Sí, ya sé que suena contradictorio y poco romántico, pero es la verdad. Comienza a besarme y me siento caer al vacío, a una especie de gran lago, húmedo, viscoso e inmenso de impudicia. Es lo que más me gusta que haga. Es lo que más loca me vuelve. Es una paradoja sexual. Para mí lo es. Es cierto que los besos siempre me han puesto muy loca, pero con él esa forma de ponerme cachonda se eleva a la enésima potencia. No quiero juegos, ni carantoñas, quiero que me folle en plan fó-lla-me. Punto.

En cuanto estamos juntos no hacemos otra cosa. Follar y follar en la medida que podemos, en la medida del tiempo del que disponemos o las energías de nuestros organismos. Porque es lo que nos pide el cuerpo. Nada de tríos, ni exhibicionismos, ni retruécanos. Follar. Así de simple. Nuestra lujuria es sencilla y vasta. Follar.

Siento escalofríos cuando invoco a sus dedos retorciéndome los pezones, mi cuerpo tiembla cuando vuelvo a sentir sus manos colocándome a cuatro patas, o el calor de sus cojones sobre mi vulva, o su sudor cayendo sobre mi espalda, mi cabeza parece dar vueltas y vueltas en torno a su polla clavándose con frenesí en mi coño, haciéndome tiritar de gusto, llevándome a algún sitio que debe ser la felicidad, porque no hay tiempo, ni dolor y sobre todo, no hay miedo. Solo él y yo, follando, amándonos, hablando el único lenguaje que nos hace únicos.

Evoco su voz cuando se corre, sus caderas enloquecen y libera un sonido ronco y definitivo que se clava en algún lugar en el centro de mi cabeza, detrás de los ojos y me hace sentir animal y mujer. La única mujer. Entonces todo desaparece salvo las sensaciones de mi cuerpo mezcladas con el suyo, es la magia de ser una mujer y un hombre acoplados. Su polla todavía palpita y chorrea sobre mi coño su lefa templada y densa. Y sé que es uno de esos instantes que debo guardar para cuando venga la salvaje e implacable pesadumbre de los días, y tenga que sobrevivir a ellos.

¿Y tú, eres feliz?





lunes, 25 de agosto de 2014

TU CUERPO




Abro la boca buscando tu lujuria,
cierro los ojos y sustento
mi impudicia de dedos fantasma,
de lenguas incorpóreas
y falos metafísicos
que abren mi cabeza
llenándola de fantasías, sexo,
tú.

Me rompo en mil pedazos
cuando a través de las sombras
tu voz tronza la mía;
escupo al cielo y enfurezco
a tus demonios.

Nuestra avidez desgarra,
nos retiembla, muerde,
nos rebusca.

Y a cambio obtenemos ilusiones,
trozos de nosotros,
jadeos, semen, convulsiones.

El deseo es un naufragio
para este delirio desmedido,
y tu cuerpo,
tu cuerpo es mi tierra prometida.

miércoles, 20 de agosto de 2014

SUSURRAS





Susurras mi nombre debajo de mis sueños para que no se me olvide, mientras, mi cabeza escapa de la realidad en estallidos de llanto, para poder soltar lastres, para liberarme de mis nudos, cenizas de mí, tal y como hacen los volcanes con su magma. Las lágrimas puede que sean una forma de resistir.


Y con tus manos describes el mundo que en realidad soy: agua.   Me recoges en tus brazos, en la manera que tienes de restregarte contra mí y decirme entre susurros: mi amor, necesito tu coño, necesito hundirme en tu sexo, en lo más oscuro de ti y sentirlo latir por mí. Y mi coño te obedece, se conmueve, te desea como jamás antes te había deseado.    


Me besas desde algo más que tus labios, desde tus ansias por llegar a mí y hacer que te sienta. Me llenas de lengua y saliva y amor, todo mi cuerpo lo llenas de lengua y saliva y amor y ganas, concupiscencia, mordiscos, jadeos, lengua, sudor, placer. Mi cuerpo responde a tu llamada con el vigor de mi naturaleza. Mis caderas se elevan, mi espalda se arquea, mi coño se abre, se expande para recibirte: macho.   Me siento caer contigo en esa trama de besos hasta alcanzar tu polla. Dura, suave, tuya. Hay algo dentro de mí justo antes de tocarla, algo sutil, delicado, aéreo pero tremendamente macizo que me conmueve, me provoca, me excita hasta sentir electricidad detrás de mis párpados, abro la boca, saco la lengua y toda tu suavidad me penetra como un cuchillo. 


Te siento excitado, suplicante, doblándote de gusto mientras mi lengua te alcanza, lame el tronco de tu rabo, te come los huevos, se envicia de lujuria, se introduce en tu agujero, se pervierte contigo, enloquece, traga, besa, lame, acepta y bebe de ti. Siento mi coño tensándose, retorciéndose de ganas en mi interior, hundo mis dedos en mi sexo hinchado, alcanzo mi clítoris y mientras engullo tu polla doy vueltas a mi coño, lo hago girar y el mundo entero gira sobre nosotros.   Me parece estar flotando sobre un aire sin gravedad, dando vueltas mientras te consumo. 


Sí. Me gusta comerte la polla y también me gusta decirte que me-gusta-comerte-la-polla con mi cara de furcia corrompida por la lascivia. Saco la lengua. Quiero tu leche, vamos, cabrón, quiero tu leche ahora, mójame la boca de ti, lléname la boquita de lefa. Y mi mano sube y baja frenética por tu falo, ávida de tu esperma, y mi lengua se revuelve sobre el aire tratando de alcanzar tu gozo. Tu leche se dispara y se pega a mis labios. Te relamo. Te sonrío. Te amo. 


No sé si existe algo mejor que ver tu cuerpo vibrar, mi boca llena de ti y esa parte de nosotros que aún no se ha separado, apretada, compacta, unida por algo invisible y prodigioso a lo que no quiero poner nombre. Me da igual si es amor, sexo, ganas, cerdez, instinto, llámale como te dé la gana. Lo importante es poder sentirlo.  Poder sentirme arrastrada por esa fuerza tuya y este temblor mío.    Me aprieto contra ti, me hundo en tu carne, en tu olor, me acaricias el pelo y en ese único momento no existe nada más. Nada en absoluto. No hay lágrimas, no hay dolor, no hay tiempo, no hay nadie. Solo tu placer y el mío recomponiéndose para volver a nosotros. Me sonrío.



martes, 17 de junio de 2014

MEDITACIÓN





Cierro los ojos. No pienso. Solo siento mi cuerpo. Siento el aire entrando y saliendo de mí, acariciando suavemente mis fosas nasales, siento el aire penetrando en mis pulmones, llegando al fondo de ellos como algo mío. Es extraño que sienta el aire como algo tan mío cuando circula libremente. El aire sobre el aire, posándose en otras personas, en otros orificios, en otras pieles. Me sonrío. No pienses. Siente. Solo siente.


Me gusta esta sensación de consciencia, esta forma de sentir mi cuerpo de una forma tan definitiva. Sigo respirando. Me recreo en mi carne. Aparecen escenas de sexo. Con él, conmigo, con otros, escenas reales, fantasías, escenas de ayer mismo, de hace unos días.

Siento el deseo crecer, lo siento propagándose como un virus, como una ola enorme que cae sobre mí y me revuelca dentro de mi deseo. El deseo inflama mi carne. Mi sexo se hincha de sangre y de ganas. Pero no me muevo. Me mantengo en este estado de semiinconsciencia, me mantengo en esta cachondez lenta y dirigida, en este deseo dúctil y manejable. Mi cuerpo estático, mi mente aquietada y el deseo paseándose en mi cuerpo.

Percibo el cosquilleo del deseo como una mano invisible que me acaricia, observo mis reacciones intentando alejar de mí los pensamientos, las imágenes. Es extraño que pueda sentir el roce de algo que no me toca. Pero lo siento. Una caricia pequeña que recorre mis labios y baja hasta el cuello, se abren mis poros y se eriza mi vello. Aprieto los muslos, se tensan los músculos y se afloja mi culo y mi coño.

Deseo que esa caricia me envuelva por completo. El deseo es más rápido aún que el pensamiento, se hace patente sin pensar. Es raro pero delicioso. Mi caricia se detiene en los pezones. Me parece que alguien los esté sorbiendo. Se endurecen y se ensanchan. Una culebra recorre mi nuca y algo empuja mi vientre. Se desliza por el pecho para balancearse en el ombligo, toca mi pelvis, la elevo instintivamente porque hay un animal dentro de mí que sabe más que yo. Lo sabe todo de mí, de mi cuerpo, de mi deseo.

Contemplo mi cuerpo desde ese estado de semiinconsciencia. Ser y no ser. Sentir, sentir. Noto en la humedad de mis muslos mi coño encharcado. La caricia se resbala entre mis labios y se introduce por mi agujero. Se me escapa un gemido roto. La caricia crece dentro de mi coño y, al tiempo, se posa en mi clítoris y penetra mi ano. Se hace más grande más patente.

Un gran chorro de luz me inunda. Quizá sean los dioses. Mi pelvis se mueve hacia atrás y hacia adelante mecánicamente, impulsada por la fuerza de mi lascivia. La caricia se hace más caricia, gira en mi coño dándome un placer único, roza mi culo, abarca mi clítoris hinchado y acuoso. Creo que me estoy licuando en la caricia. Mi cuerpo tiembla. Soy consciente de todo mi cuerpo, de cada poro abriéndose, de como se tensan mis pies con la caricia, de como sube y baja el deseo por mi espalda y cruje en mi cuello, de como oscila mi cabeza. Vuelvo a alejar los pensamientos para fundirme con mi sentir. Todo mi cuerpo flotando sobre la caricia, dentro de ella, con ella.

Un placer desmesurado y blando me alcanza, hace temblar las paredes de mi culo, me muerdo el labio levemente, se hace más y más grande y quiero gritar de puro vicio, balbuceo a bocanadas ella aire y lo destrozo, mi coño se contrae y pide más. La caricia crece y crece y el placer salta por mi cuerpo zarandeándome como a una marioneta. Todo mi coño contraído y expandido, todo mi coño mío, y mi cuerpo mío y mi cuerpo coño, y placer y más placer. Y la luz inundándome de calma, gozo y vida desde un Universo que me crece dentro: deseo.


jueves, 12 de junio de 2014

ABRE LA BOCA








Los viernes por la noche son contradictorios, prometedores pero cansinos, luminosos pero algo decepcionantes...claro que siempre queda el sábado como último cartucho.

Madrid me miraba con cara de chuloputas desde su calor y su prepotencia. Miré los mensajes del móvil y me sonreí. No tenía ganas de quedar, o mejor dicho, el tío que me apetecía no estaba disponible (quién sabe...quizá seas tú el tío disponible).

Al llegar a casa me descalcé y me quedé con unas bragas y una camiseta. Pensé en escribir algo y acostarme pronto. Me puse un copazo y destapé un tarro de banderillas (sí...me molan las banderillas). Abrí un enlace de vídeos porno. Algunos vídeos me fascinan por su estética, otros por su simplicidad, me gustan mucho los videos de mamadas. Hay pocos videos porno que me pongan por los tíos , no sé si le pasará a alguien más pero si fuera director de porno me lo haría mirar...ah bueno y también me molan los vídeos de bdsm. En general el porno que más me gusta es el amateur, sobre todo cuando es cutre, no por cutre sino cuando por lo cutre se le nota el amateur.. (puede que esto ya lo haya contado alguna vez...he contado tantas cosas...)

Como estaba algo triste me puse a Janis (a Joplin, se sobreentiende) . Me gusta oír a Janis cuando estoy triste, siempre pienso: “ Esta hijadeputa estaba más triste que yo , pero cómo cantaba la jodía” Hay un dolor evidente en la voz de Janis, pero también una alegría oculta, algo que ella disimulaba, o que yo creo que disimulaba o, sencillamente, que quedaba disimulado debajo de su tristeza. A mí me gustan esas cosas escondidas en la evidencia, ese algo que solo yo soy capaz de captar. Puede que la gente especial, como Janis, quede hundida en la tristeza de este mundo, como cuando caes en aguas pantanosas y terminas irremediablemente en el fondo del fango porque no se ve tu verdadera esencia... pero esa alegría sobrevive, o esa forma de hacerse grande, no sé.

Estuve vagando de aquí a allá. No tenía ganas de escribir. Entendí por qué a esto de sentarse delante de un ordenador y no hacer nada le llaman navegar. Me puse otra copa. Visité varios blogs que me gustan. Abrí mi messenger. Lo cerré. Fui a varias webs de fotos. Volví a abrir el messenger.

- Hola
- Coño ¡cuánto tiempo! ¿donde te habías metido?
- Por ahí...
- Pues hacía un montón que no te veía... ¿Sigues con tu blog?
- Así, así... tengo poco tiempo últimamente
- ¿ Y sigues quedando con gente?
- Así, así...tengo poco tiempo últimamente...
- Echo de menos tu risa. ¿Qué haces?
- Nada, pensaba ponerme a escribir pero no tengo muchas ganas, estoy tomándome una copa y viendo videos...
- Buen plan...
- Será para ti...
- ¿Y qué estás viendo?
- Porno
- ¿Te mola el porno?
- Lo que más.
- Jajajaja , que jodía, nunca sé cuando hablas en serio
- Yo tampoco, corazón, yo tampoco, pero sí que me gusta. Anda cuéntame ¿qué es de tu vida?

Estuvimos charlando un rato y riendo, hablamos de amigos comunes, de historias, de viernes aburridos, de libros, de música, de sexo, de hombres, de mujeres, de líos.

- ¿Puedo proponerte algo?
- Claro, hoy puedes proponerme lo que quieras, otra cosa es que te siga el rollo...jajajaja
- Que mala ¿estás en Madrid, no?
- Hoy sí.
- Ya... ¿Quedarías conmigo? Tenemos una cita pendiente, hace muchísimo que no te veo, yo creo que más de dos años. Quiero decir, hoy, ahora...
- ¿Ahora? ¿Ahora mismo? Pero ¿chiquillo tú sabes cuántas copas llevo?
- Venga va, en una hora y poco podría estar en Madrid...no te preocupes por las copas, te paso a buscar.
- Calla, calla, bufff, que ya me estoy poniendo cachonda...
- ¿Sí? ¿Quedamos entonces?
- Vale
- ¿Vale? Mmmmm ¿Has quedado alguna vez con un desconocido en un hotel?
- Jajajajaja, que vaaaa, en mi vida, además, tú no eres un desconocido.
- Que cabrona. Bueno pero podría serlo ¿ entonces paso a recogerte?

Se hizo un silencio largo. Me gustan los silencios. Me gusta disfrutar de ese momento en que siento que está nervioso y duda de si le estoy tomando el pelo o realmente voy a quedar con él, ese instante me pone muy cachonda. Ese trance me pone a mil. ¿Calientapollas? Quizá. Mola.

- No, no hace falta que vengas a buscarme. Mejor quedamos en el hotel 3 Luces a la una. Quiero que me sigas el rollo. ¿Serás bueno conmigo?

Duda un momento. Sé que está cada vez más inquieto, más confuso, más excitado.

- Sí, haré lo que quieras.

Hago otro silencio a propósito. Un silencio extenuantemente largo. Pero él espera. Me satisface su espera.

- Bien. Quiero que llegues tú antes al hotel, quiero que me esperes en la cama, desnudo, con los ojos vendados y la polla bien dura. Como no tendré la llave dejarás la puerta arrimada para que pueda entrar.
- ¿Y qué me harás?
- Lo pensaré por el camino...
- Que hijadeputa eres. Me tienes durísimo. No sé si voy a poder aguantar cuando te vea.
- Sí, claro que aguantarás, aguantarás todo lo que yo quiera, o me iré.
- Zorra.
- Jajajaja

Cerré el messenger. Me di una ducha y me vestí. Le imaginé conduciendo con su rabo tieso y el corazón a mil mientras me pintaba los labios. Me sonreí.

Al llegar al hotel me esperaba tal y como le había pedido. Le saludé con suavidad. Estaba tumbado sobre la cama, su polla brillaba de ansia y se había puesto un foulard alrededor de los ojos. Le besé dulcemente los labios y pasé mi lengua por ellos.

- Abre la boca y saca la lengua...

Se la acaricié levemente con la punta de la mía. Le acaricié el borde de los labios y rocé los míos con los suyos.

- Mmmmm, me gusta tu polla así, bien tiesa – le susurré

Él iba a decir algo pero le cerré la boca con un beso, muy suave, muy cerdo, lamiéndole los labios, metiéndole la lengua, jadeando sobre sus labios

- Shhhhhh, shhhhh no digas nada...aún. Tengo un deseo.
- Cual – respondió él tímidamente
- Quiero que seas mi esclavo, que hagas o te dejes hacer lo que me apetezca.
- Joder me estás asustando, ¿te va eso de la dominación?
- Puede. Desde luego ahora mismo tengo ese deseo, la idea de poder hacerte todo lo que quiera me pone jodidamente cachonda. - Y resalté ese  j o d i d a m e n t e  todo cuanto pude.
- A mí me está poniendo jodidamente cachondo verte así de mandona.

Le agarré la polla con muchísima dulzura, acariciándosela brevemente y pasándole el dorso de mi mano y dejando que mis dedos la enlazaran y le hicieran cosquillas en la polla y en los huevos; contuvo la respiración y, entonces, apreté un poco más su rabo, lo sentía latir en mi mano, caliente, duro, vivo..

- Sí, sí, sí, quiero ser tu esclavo, esta noche jugaremos a tu juego, a lo que tú quieras...

Me separé de él un momento para observarle. Estaba tumbado y visiblemente excitado, sus ojos tapados y su boca ávida de mí. En realidad podría quitarse el pañuelo, agarrarme y follarme contra la pared en cuanto le diera la gana, pero no lo haría. Yo sabía que no lo haría, que lo que en realidad le estaba poniendo como loco era que ambos sabíamos que no haría absolutamente nada que yo no quisiera. Me dio mucha ternura que se entregara a mí de ese modo, me pareció vulnerable y terriblemente fuerte al mismo tiempo. Me mantuve en silencio y esperé.

Me parecía estar delante de un horno mientras sube el bizcocho, hinchándose lentamente, abriendo cada vez más sus esporas, sudando su propia calentura. Su pecho subía y bajaba. Su polla parecía que iba a estallar. El silencio se hizo mi cómplice. Después de un rato susurró:

- ¿Estás ahí?

No contesté y volvió a preguntar

- ¿Estás ahí? Di algo por dios...
- Shhhhhh

Avancé hacia él, me saqué la falda y las bragas y me subía a la cama, me puse en cuclillas sobre su cara.

- Abre la boca y saca la lengua

Volvió a sacar la lengua esperando recibir mi lengua de nuevo, supongo. Acerqué mi coño a su boca. Su lengua me pareció un animal resbaladizo y enérgico apresándome los labios. Él se dio cuenta de que lamía mi coño y gruñó como un cerdo, alargaba la lengua para llegar a mí más profundamente y yo movía las caderas adelante y atrás para darme gusto.


Se la acaricié levemente con la punta de la mía. Le acaricié el borde de los labios y rocé los míos con los suyos.

- Mmmmm, me gusta tu polla así, bien tiesa – le susurré

Él iba a decir algo pero le cerré la boca con un beso, muy suave, muy cerdo, lamiéndole los labios, metiéndole la lengua, jadeando sobre sus labios

- Shhhhhh, shhhhh no digas nada...aún. Tengo un deseo.
- Cual – respondió él tímidamente
- Quiero que seas mi esclavo, que hagas o te dejes hacer lo que me apetezca.
- Joder me estás asustando, ¿te va eso de la dominación?
- Puede. Desde luego ahora mismo tengo ese deseo, la idea de poder hacerte todo lo que quiera me pone jodidamente cachonda. - Y resalté ese  j o d i d a m e n t e  todo cuanto pude.
- A mí me está poniendo jodidamente cachondo verte así de mandona.

Le agarré la polla con muchísima dulzura, acariciándosela brevemente y pasándole el dorso de mi mano y dejando que mis dedos la enlazaran y le hicieran cosquillas en la polla y en los huevos; contuvo la respiración y, entonces, apreté un poco más su rabo, lo sentía latir en mi mano, caliente, duro, vivo..

- Sí, sí, sí, quiero ser tu esclavo, esta noche jugaremos a tu juego, a lo que tú quieras...

Me separé de él un momento para observarle. Estaba tumbado y visiblemente excitado, sus ojos tapados y su boca ávida de mí. En realidad podría quitarse el pañuelo, agarrarme y follarme contra la pared en cuanto le diera la gana, pero no lo haría. Yo sabía que no lo haría, que lo que en realidad le estaba poniendo como loco era que ambos sabíamos que no haría absolutamente nada que yo no quisiera. Me dio mucha ternura que se entregara a mí de ese modo, me pareció vulnerable y terriblemente fuerte al mismo tiempo. Me mantuve en silencio y esperé.

Me parecía estar delante de un horno mientras sube el bizcocho, hinchándose lentamente, abriendo cada vez más sus esporas, sudando su propia calentura. Su pecho subía y bajaba. Su polla parecía que iba a estallar. El silencio se hizo mi cómplice. Después de un rato susurró:

- ¿Estás ahí?

No contesté y volvió a preguntar

- ¿Estás ahí? Di algo por dios...
- Shhhhhh

Avancé hacia él, me saqué la falda y las bragas y me subía a la cama, me puse en cuclillas sobre su cara.

- Abre la boca y saca la lengua

Volvió a sacar la lengua esperando recibir mi lengua de nuevo, supongo. Acerqué mi coño a su boca. Su lengua me pareció un animal resbaladizo y enérgico apresándome los labios. Él se dio cuenta de que lamía mi coño y gruñó como un cerdo, alargaba la lengua para llegar a mí más profundamente y yo movía las caderas adelante y atrás para darme gusto.

Agarré un bote de lubricante con sabor a cereza y le eché unas gotitas sobre el pecho para que advirtiera su frescor. Le lamí los pezones y bajé con mi lengua hasta su pubis. Tenía los huevos encogidos. Apreté el tubo y eché un buen chorro sobre su polla. Esta resbaló con tanta armonía entre mis dedos que parecía que fuera a salir música de ahí. Su polla se deslizaba en mi mano acompasada y delicadamente. Acerqué mis labios a su polla, abrí la boca y saqué la lengua. La dejé pasar por su prepucio. Una vez, otra, otra, daba pequeñas lamidas para ponerle nervioso o dibujaba cuidadosamente con la punta su frenillo. Mi lengua subió y bajó varias veces por el tronco hasta los huevos y, finalmente, abrí la boca y metí su falo. Despacio. Lenta y muy profundamente. Tan profundamente que sentía mi garganta inflada por su polla y algunas lágrimas encharcándome los ojos.

- Dios, me matas, cómo mamas, cabrona, ohhhh, en mi vida...niña...
- No se te ocurra correrte. Aún.
- Para, por favor, que no sé si puedo aguantar.

Por supuesto, no paré. Seguí con mi mamada lenta y profunda, saboreándole como si fuera lo último que fuera a comerme en mi vida y me ponía loquísima con sus súplicas.

- Joder, joder, por favor, te lo suplico, para, por favor, que me voy a correr....

Pero no se corrió. Cuando le sentí que no podía más, paré. Me tumbé entre sus piernas y pasé las mías sobre sus caderas, abrí las piernas y dejé caer el lubricante sobre mi coño. El frío del gel me hizo dar un respingo de gusto, sentía aquella textura inundándome de cerdez, acaricié mi rajita para extender el gel, rocé mi clítoris untuoso y metí un dedo en mi agujero, luego dos, me pajeé delante de él, muy guarra, muy lúbrica, hacía ruido a propósito con mis dedos en el coño para provocarle: chofchofchof...

- Come.

Al incorporarse su polla rebotó contra su vientre. Me agarró los muslos y metió su boca en mi raja. Parecía una garrapata succionándome el coño. Despacio, muy despacio. Suave, muy suave. Como a mí me gusta. Su lengua me hacía caricias y encharcaba mis labios. Daba lamidas sobre mi clítoris, le daba golpecitos o apenas si lo rozaba con la punta de la lengua. No quería correrme. Quería prolongar mi placer cuanto fuera posible. Así que esperé. Aguanté cuanto pude, hasta que le supliqué que me follara. Necesitaba su polla en mi coño.

Me sujetó las piernas y las enlazó sobre su cintura y de una embestida metió todo su rabo en mi sexo. Le sentí tan duro que pensé que podría levantarme con ella. Salía y entraba lastimosamente despacio, podía sentir todo el recorrido de su polla dentro de mí, hasta que sentí que me iba a correr. Volví a parar.

Los dos respiramos levemente. Volví a echar lubricante en su polla, en sus huevos, en su culo, me encantó sentirle sucio y pringoso, saqué la lengua y volví a ponerla sobre su rabo, bajé despacio hasta los huevos, lamí su rafe, alcancé el perineo y él instintivamente abrió las piernas y elevó la pelvis. Introduje mi lengua en su culo. Daba lamidas cortas y rápidas, o más prolongadas y lentas. Le oí jadear fuerte y murmurar cosas que no entendí. Alcancé nuevamente el lubricante, unté mi culo con él y metí parte del dildo malva en mi ojete. Lo dejé ahí mientras seguía comiéndole el culo. A él le sentía fuera de sí, dejándose llevar por la inercia de mi puterío. Estaba cada vez más excitada y sentía como mi culo se dilataba de gusto. Me elevé hacia él.

- Coge el dildo con los dientes y sujétalo.

En cuclillas sobre su cara, el dildo se deslizaba dentro de mi culo acariciándome por dentro. Más que un placer físico era el morbo de esa dominación lo que me producía más gozo. Observar su polla a punto de estallar mientras sus dientes sujetaban el dildo como si fuera mi juguete, me producía un sacudida por dentro más allá del placer. Era más como un ataque de lujuria. Como una furia que me estaba creciendo por dentro. Pero una furia lenta, poderosa, fantástica. Yo sí que no pude aguantar. Me rompí en un maravilloso orgasmo que me hizo temblar y maldecir, una corrida que me hizo jurar y gemir y sentirme flotar sobre el Universo.

Estuvimos jugando hasta caer rendidos. La última vez que abrí los ojos comenzaba a amanecer. Jugamos con el pañuelo y con las perlas, usamos todos mis juguetes, acabamos con el lubricante. Me corrí varias veces por el culo y otras tantas mientras su polla sacudía mi coño rabioso. Él se corrió en mi boca, en mis manos y en mis tetas. Yo me sentía como poseída por mi desenfreno y exhausta. Las corridas por el culo son bestiales, a mí al menos me remueven de una manera única y me dejan agotada y feliz.

Y él...se busca en cada uno de mis cuentos...


lunes, 2 de junio de 2014

MARTA Y LA TEOLOGÍA





Marta siempre me penetra con sus frases contundentes y esa sonrisa de niña puta. A veces me pregunto cuanta realidad puede caber en una sola frase. Porque Marta tiene el don de llenar cada una de sus frases con una rotunda realidad: “Una polla sabe a un jodido culo, tía, y nada más”.  Le digo que eso va en gustos, que las que yo he probado me han sabido a gloria. Cualquiera podría pensar que a Marta le falta un poco de poesía y yo, en cambio, que cabalgo sobre cada una de sus oraciones como una diestra amazona, a la inglesa, tum tun tum tun tum tun, apretando el culo, conteniendo la respiración, enderezando la espalda, creo que hay algo mágico y lleno de poesía en esas frases clarividentes. Desde luego si hay algo que me mola de Marta es su total falta de tacto para decir lo que piensa. Pasa de retórica y de zarandajas.

Y así vamos pasando de un tema a otro mientras yo tropiezo cada dos por tres en su ajustada sonrisa. Hay personas con las que es muy fácil desnudarse. Y hablamos de hombres y sexo, y sexo sin hombres. Y hablamos de cosas muy duras descojonándonos de risa, por que cuanto más duro es un tema más hay que reírse. Eso Marta lo sabe, pero hay muy poca gente que de verdad sepa esto.


Luego me quedo suspendida en mis divagaciones al respecto, como que lo que tú le das a un tío en una mamada siempre es en progresión geométrica (sé que hay muy pocos que sepan que es la jodida progresión geométrica…pero aún menos qué es lo que se da en una mamada, cosas de la teología ) Y lo peor es que las mates se me han dado fatal siempre. Y que sé que esa progresión geométrica seguirá su curso perseculam seculorum, conmigo o sin mí. Pero que detrás de todo eso, y por mucha poesía que le busque, para Marta  hay una sola verdad indisoluble: una polla sabe a un jodido culo.


Pero siempre vuelvo a mí. Lo que yo doy es solo lo que busco. O debe serlo. Que mágico me parece hoy eso de conformar la realidad. Eso lo sé o no podría seguir. Sí que debe ser cierto que somos lo que pensamos. ¿Qué si no?


El caso es que mientras Marta hablaba, a mí me parecía estar observando a una Diosa (paso de religiones pero las Diosas molan) disertando sobre una especie de teología. La mística de Marta. El oráculo del culo. La polla sabe a culo.



Que lo sepas.


(La canción la subo porque a Marta le encanta...)


Este post ya lo había subido, pero es que hoy me he acordado mucho de Marta. Te echo de menos, cabrita, que lo sepas.